Por Martín Tagle A. Médico
El diccionario de la Real Academia Española define el término 'negligencia' como "descuido, omisión o falta de aplicación". Asimismo, 'impericia' es definida como carencia de pericia ("sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en una ciencia o arte"). En los últimos años y en forma creciente hemos sido testigos de desgarradores reportajes periodísticos en los que se muestran casos de desgracias humanas derivadas de algún acto médico, siendo automáticamente catalogadas como negligencia médica por algunos periodistas. En dichos reportajes el médico es invariablemente el verdugo, un ser indiferente ante el dolor humano, un cuasicriminal con una buena dosis de incompetencia, falta de entrenamiento e irresponsabilidad. Es decir, un ser negligente o imperito. En ocasiones, pese a las buenas intenciones, moral, capacidad y entrenamiento del médico, los resultados del acto médico pueden no estar a la altura de las expectativas del paciente.
Algunos de los casos que se difunden tienen una buena dosis de negligencia o impericia. Pero aún en condiciones ideales de infraestructura, competencia y solvencia profesional por parte del médico, pueden ocurrir resultados adversos no deseados definidos como complicaciones. Un medicamento o vacuna administrado con buena indicación y en las dosis recomendadas puede causar un sinnúmero de efectos colaterales llegando en casos extremos a la muerte. Para realizar un diagnóstico o tratar una lesión hay que someter al paciente ocasionalmente a procedimientos invasivos de diferente naturaleza para los cuales hay complicaciones descritas en la literatura médica mundial aún en centros de reconocida reputación en países desarrollados.
Estos son solo algunos ejemplos de la complejidad que conlleva el acto médico en cuanto a sus posibles resultados, por lo cual hacer un paralelismo con un conductor que atropella a un peatón y que deriva en una indemnización obligatoria y regida por una tabla de tarifas, es una sobresimplificación que linda con lo absurdo. ¿Se puede acaso establecer fácilmente cuándo un médico actuó con negligencia o impericia, o cuándo se dieron una serie de factores ajenos a su responsabilidad que devinieron en una complicación?
El seguro de mala praxis médica existe desde hace muchos años en Estados Unidos, y es el culpable del envilecimiento del ejercicio profesional de muchos médicos, algunos de los cuales han abandonado la profesión. Los aseguradores pagan sumas cuantiosas a los pacientes perjudicados o realizan transacciones extrajudiciales. Así las cosas, las condiciones para juicios superfluos y aprovechamiento del sistema están dadas. Esto deviene en el encarecimiento de los servicios de salud y un clima de litigios sin fin, con el cual hay un descontento generalizado. Aún así, en Estados Unidos dicho seguro no es tampoco obligatorio.
Las consecuencias de adoptar un seguro de mala práctica universal en nuestro país tendrían la potencialidad de que padezcamos de los vicios mencionados. ¿Quién pagaría en el Perú dicho seguro para los médicos que trabajan exclusivamente para el Estado? Un mal desenlace no depende solamente de la capacidad del médico sino de servicios auxiliares deficientes o inexistentes, teniendo el médico que trabajar con frecuencia en condiciones subóptimas. La idea de la creación de un fondo común solidario donde todos los médicos contribuyan y sea administrado por peritos con idoneidad comprobada es una salida que viene siendo evaluada por técnicos y legisladores, y podría ser una solución viable al problema. En la elaboración del sistema se debe escuchar la opinión de expertos médicos y aseguradores para que no se repita la mala experiencia estadounidense.