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CONTRACORRIENTE

Los salvavidas también nadan contra el presupuesto

Guerreros del mar en la playa Arica

Por Gonzalo Galarza Cerf

Esta mañana alguien puede morir ahogado en Arica. En la playa, al sur de Lima, siempre flamea la bandera roja. Es verano y la neblina cubre gran parte de este mar catalogado como altamente peligroso. Los niños corren en la orilla, las chicas reposan en la arena, los chicos inclinan los vasos llenos de cerveza. La bandera roja sigue flameando, pero eso parece no tener importancia. A esta hora, las once de la mañana, ningún bañista parece recordar la muerte de una adolescente que nadaba junto a su hermana. Nadie salvo los hombres de trusas rojas y polos amarillos. Los salvavidas de Arica todavía recuerdan el 2 de enero: corrieron una distancia larga y cuando llegaron solo rescataron a una de las menores. La otra había desaparecido en el mar. Delante de la torre de control, el mayor Alfredo Morante cuenta que cuatro días después el mar varó su cuerpo. Dice que lo siente en el corazón. "Es la impotencia de no estar allí y ayudar a la gente", se lamenta.

Morante es un hombre que transmite pasión a su equipo de rescate. Lleva 4 años como jefe de Operaciones de la Unidad de Salvataje de la Policía, pero lo suyo es estar en el agua. En sus días libres viene a la playa solo para acompañar al equipo. Morante se ha declarado salvavidas a tiempo completo: No tiene hijos, no tiene esposa, está casado con su profesión. "Es una pasión, como el fútbol, no me interesa si pagan más o menos, es el deseo de servir". El mayor Morante tiene un lema que inculca a sus hombres: "Si no vives para servir, no sirves para vivir". En Arica tienen la lección aprendida.

Fue una experiencia de muerte lo que convirtió a Morante en salvavidas. Apenas había cumplido un par de años como policía cuando fue enviado a servir en una dependencia de Bagua Chica, Amazonas. La embarcación con la que surcaba el río Marañón se volteó. Esos minutos bajo el agua, la desesperación por flotar y el temor de ahogarse lo llevaron a convertirse en uno de los bravos del mar. Dice que sabía nadar, pero no conocía ninguna de las técnicas que hoy domina. "Ese trauma ya lo vencí", afirma.

Mirando el mar de un extremo a otro, Morante confiesa que algunos de sus jefes han pensando que está loco por estar arriesgando su vida en olas de cuatro metros. En su gorra roja tiene bordado su sobrenombre: 'Murdock', el personaje de la serie "Los Magníficos" que era rescatado de los sanatorios para cumplir una misión. Él justifica el sobrenombre con su calvicie; no lo dice pero sus historias también bordean la locura. La madrugada del 30 de diciembre del año pasado, por ejemplo, una llamada lo despertó: una mujer se estaba ahogando en una playa del Callao. Cogió su equipo y salió. Al llegar, nadó alumbrado apenas por unas luces hasta dar con ella. Había muerto.

--Me vine nadando 20 minutos, hablándole al cadáver para darme valor --cuenta.

--¿Qué le decías?

--Que por qué no me esperó un momento más, que la podía haber sacado con vida.

Hasta el día de hoy no ha podido borrar la imagen de esa mujer. Ni tampoco la sensación de su primer rescate. Ser salvavidas es estar entre la vida y la muerte.

CUESTIÓN DE HERENCIA
El técnico Miguel Ángel Pino señala a unos jóvenes que disfrutan del mar en la pampa, la zona plana de la playa. Sabe que unos pasos más y pueden caer en los pozos o huecos. También sabe que pueden ser arrastrados por la corriente. Aclaración: la corriente es enemiga de los bañistas, pero amiga de los salvavidas. Ellos las utilizan para sacar a las víctimas.

Un silbido y unos gritos inician la alerta. Pino corre junto a sus muchachos y al mayor Morante. En segundos están en el agua. La gente empieza a acercarse a la orilla. Alguien se ahoga, dice un niño. Al final, dirán que el mar botó al bañista. Ser salvavidas es estar un paso adelante de la tragedia.

Pino es jefe de playa Arica desde hace cinco años, pero lleva más de veinte como salvavidas. Al igual que su hijo Claudio, quien juega en la arena, Pino acompañaba a su padre, que fue salvavidas por tres décadas. Unos metros más allá, su esposa María y su hija descansan en la arena. Ella aún siente temor cada vez que ingresa al mar. "Es una vida bastante sacrificada, expuestos bajo el sol por horas, arriesgando su vida, sin comer ni nada", señala. Hace un mes a Pino le detectaron gastritis crónica. Su esposa a veces le trae comida. Otras, colabora registrando a los rescatados para elaborar las estadísticas. En lo que va del año, en Arica se han dado 94 rescates. El primer puesto lo ocupa la playa San Pedro, con 100. Una sola víctima: la adolescente.

Ya pasaron cinco horas y los salvavidas solo han tomado agua. Pino dice que el entrenamiento diario evita los calambres. Si se presentan, dejan de nadar y empiezan a flotar. "La satisfacción más grande es sacar a la víctima viva para que la familia pueda disfrutar. Es triste que vengan todos y uno termine ahogado".

EL LLAMADO DE LLERENA
"Si se pone picante, entro", amenaza Michael Llerena mirando el mar desde la orilla. El técnico Llerena lleva puesta una bermuda y una tobillera. Se lesionó en los entrenamientos previos a la temporada. La vida de salvavidas dura de diciembre a abril. El horario lo fijan los rayos solares. Llerena está ayudando al mayor Morante a recibir los reportes sobre las ocurrencias en otras playas. Pero "si se pone picante" entrará, aguantará el dolor y arriesgará su vida como otras veces.

Llerena habla de los riesgos y sonríe como las personas que tienen paz en su vida. Llerena es cristiano y dice que trata de imitar a Jesús dando su vida por otros. Su primer rescate lo realizó cuando tenía 12 años. Su hermana mayor cayó a un hueco cuando disfrutaba del mar con un amigo y él se lanzó para sacarla a flote. Luego fue por el amigo. Después de la proeza fueron sus propias hermanas quienes lo animaron a salvar vidas. Hoy, Llerena cuenta que desde que tiene uso de razón viene a la playa, que ya cumplió 31 años y que está un poco sordo. Se alza los lentes oscuros y dice que tiene la vista dañada por el rebote del sol en el mar. El Estado solo les da boyas, nada de aletas y menos cremas para el sol. Los salvavidas no solo enfrentan al mar y a los bañistas inconscientes, también nadan contra el presupuesto.

Veranos atrás, Michael Llerena casi se convierte en el primer salvavidas que muere en acción. Estaba rescatando a una persona en Arica cuando se le resbaló de las manos y todo se puso negro. "Empecé a perder el conocimiento, pensé que era mi hora. De pronto, toqué piso y salí como un gato, arañando el agua, desesperado. Luego me tranquilicé y rescatamos a las víctimas".

Así son los guerreros de Arica, llevan en su memoria imágenes de personas muertas que se cruzan con momentos felices. Llerena recuerda a la anciana que rescató el día de su cumpleaños setenta. La habían llevado a la playa para agasajarla, pero ese día, tras sacarla con vida, murió en la posta médica de Lurín. "Me dolió mucho", susurra.

El sol sigue quemando y los salvavidas continúan atentos. Están extrañados ya que no se ha dado más que un rescate. Más tarde, el mayor Morante dirá que de los 128 rescates del día, solo 2 fueron registrados en Arica. "Parece que la muerte de la niña ha calmado al mar", dice como si estuviera buscando una respuesta.

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