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CRÍTICA DE ARTE

En la Casona (1): Herbert Rodríguez

Por Élida Román

"De la guerra a la Casona (Vestigios, desechos y despojos)" ha llamado Herbert Rodríguez al magnífico despliegue antológico que puede verse en el Museo de Arte de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la Casona.

Quizás no tan acertado, pues lo que encontramos es una obra contundente, clara, coherente a pesar de su apariencia caótica, consecuente en el propósito y sobreviviendo, con toda felicidad, el paso del tiempo.

Analizar esta obra, que abarca desde los años 70 hasta hoy, necesita de un espacio mucho mayor que el permitido a esta columna. Rodríguez es no solo un artista importante, sino también un lúcido pensador, testigo y cuestionador de una realidad que vive y soporta con pasión pero que relata y describe con racionalidad disciplinada, un pedagogo inquieto y creativo que se conmueve y estalla con el stato-quo y trata de confrontarlo y atacarlo pidiendo unión de fuerzas y propósitos, rol que lo lleva a una constante actividad como gestor y promotor cultural protagonista de muchas batallas.

Como, con mucho acierto, afirma Germán Carnero Roqué, "...hace más de treinta años, Rodríguez viene desarrollando un infatigable activismo, ligado al movimiento de 'Contracultura', promoviendo la labor colectiva y la reflexión alrededor de temas cruciales, como son las políticas culturales, la reformulación de la educación y sus contenidos, el rol de la crítica y el arte, así como la generación de espacios de creación participativos y auténticamente democráticos...".

Pero ¿qué se expone aquí? La curaduría de Juan Peralta y la museografía de Edwin Choquehuanca y Kate Cabezas son ejemplares. No solo han conseguido una aproximación cabal a la obra, sino que en despliegue y orden logran provocar esa reacción de sobredimensionamiento, ese exceso visual que parece ahogar y rápidamente se vuelve respirable y familiar. Fiesta de color, orgía de formas, audacias de 'contragusto', acompañadas por un ejercicio estupendo de diseño y ritmo.

Herbert Rodríguez no muestra una búsqueda de 'peruanidad', en el sentido tradicional, sino ahonda en signos y formas que bucean en orígenes. Su marcada vocación expresionista, exigida al máximo, y planteada desde lo eminentemente gestual a lo perfectamente elaborado, está alimentada por un conocimiento profundo no solo de la academia, sino también de la historia del arte occidental, y más allá de una evidente asimilación de las formas llamadas primitivas. Ferocidad y control, vehemencia y exactitud, gestualidad desbordada y diseño preciso, construcción pensada y anarquismo cromático, denuncia y juego, expresiones de horror y humor. De estas contradicciones surgen imágenes poderosas a través de las técnicas y los elementos más disímiles. Allí están los personajes ensamblados, los grandes carteles, y también los objetos utilitarios. Y junto a esto, el comentario político agrio, la descripción del sistema que no sirve, el rol de la cultura. Notable el despliegue didáctico de su visión del desarrollo de la forma a la idea, preciso y decantado.

Herbert Rodríguez rechaza el sistema del arte (comentario coprolálico para críticos, museos y galerías). Sin embargo, el sistema ha permitido que tengamos esta clara visión de su talento. Quizás ocurra que los individuos puedan usar el sistema para lograr encuentros con voces como la suya.

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