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CALLE ROCK

Entre arañas y serpientes

Por Rafael Valdizán

Qué hubiera sido de Kiss, Marilyn Manson, Rob Zombie, Lizzy Borden, Motley Crue o la gente de Gwar, Twisted Sister o Lordi si antes no hubiera existido Alice Cooper... Ello define, sin dudas, a un pionero: en este caso a un tipo que, más allá de grabar canciones, elaboró un circo negro como escenario sobre el cual él mismo pudiera liberar sus demonios y convertirlos en una retorcida y recurrente exhibición histriónica para plateas sedientas de sangre, magia y placeres sadomasoquistas. Rodeado por serpientes constrictoras, sillas eléctricas y guillotinas, Alice fue de los primeros en darnos la bienvenida a sus pesadillas. Corrían los años 70 y el tipo plantaba las estructuras del horror glam.

Mañana, 4 de febrero, como en un abrir y cerrar de ojos, el personaje de esta página cumple 60 años...

No crea que los méritos de Alice Cooper se reducen a la traslación de una imaginería teatral-gore a las arenas del rock and roll, aspecto visual de suma importancia dentro de su propuesta global, mas no lo único por destacar: lo más importante, su oferta musical, tuvo momentos particularmente efectivos (y, por qué no, efectistas), para lo cual debemos retroceder, principalmente, hasta su obra durante los años 70, cuando alumbró álbumes tan importantes como "School's Out" (1972), "Billion Dollar Babies" (1973) o "Welcome to My Nightmare" (1975). Rock and roll guitarrero, patrones blueseros, sonidos semidistorsionados, cadencias de paso ligero; sin duda, los tintes básicos del glam rock. Incluso cedió espacio para baladas letales.

Luego de la segunda mitad de los años 70, Alice Cooper ingresa en un período de encogimiento creativo y apenas logra afirmarse en una escena cambiante que daba paso, por un lado, al movimiento punk y, por otro, al hormonal universo de la música disco.

No es hasta fines de los años 80 cuando la figura de Cooper vuelve a generar resonancia: para ello se sujetó del heavy metal, por entonces en alta gracias a la aparición de un sinnúmero de bandas que combinaban los sonidos fuertes propios del género con la complacencia de melodías pop. Además, con un correlato visual que encontraba notorias similitudes con la corriente glam setentera. Los detractores de esta corriente suelen referirse a esta, despectivamente, como 'hair metal', en honor a la estrambótica pelambrera de sus componentes.

Alice encajó de plano en este gueto, ciertamente plástico, pero no necesariamente degradante. Tuvo fuerte impacto con sus placas "Trash" (1989) y "Hey Stoopid" (1991) hasta que nuevamente se vio forzado a replantearse: la aparición del rock alternativo (grunge) hizo que el hombre de las ojeras negras se adhiriera a los rugosos y graves sonidos guitarreros, a las cadencias pesadas, a las estructuras pétreas. No le fue bien. Y lo peor fueron las sospechas generadas de que Cooper estuviera jugando sus fichas al mejor postor, a cambiar de la mano con los dictados de la corriente principal.

Desde entonces, la figura no ha cambiado mucho, a no ser porque en su más reciente trabajo -"Dirty Diamonds" (2005)-ha experimentado una suerte de retorno a las raíces del hard rock de los años 70, tal vez agotado de ir por ahí cambiando de pelaje y entendiendo que lo suyo siempre tuvo el nombre de rock and roll.

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