Por Sergio Muñoz Bata. Periodista
En una reunión con la junta editorial del "Reno Journal Gazzette", un periódico de línea conservadora en el estado de Nevada, Barack Obama unió su voz al coro de los candidatos republicanos para ensalzar las glorias de la presidencia de Ronald Reagan.
Según dijo Obama, "Ronald Reagan cambió la trayectoria de Estados Unidos, de una manera que ni Richard Nixon ni Bill Clinton pudieron hacer". Decir esto, en un momento en el que los republicanos buscan cobijo a la sombra de Ronald Reagan porque la popularidad del republicano que actualmente ocupa la presidencia anda muy a la baja (el último índice de aprobación de George W. Bush ronda los 30 puntos), no solo es síntoma de tendencias suicidas sino que denota confusión o un desaforado oportunismo.
Cómo se puede entender que en plena campaña por la nominación del Partido Demócrata a la presidencia, Obama se esfuerce por reinventar a Reagan como el presidente que cambió la trayectoria del país al inyectarle "la claridad, el optimismo, el dinamismo y el espíritu empresarial perdidos" ¡durante la administración de un presidente demócrata, Jimmy Carter!
Y como si juzgara insuficiente la ofrenda a sus anfitriones, Obama remató afirmando que "sería justo admitir que el republicano ha sido el partido de las ideas en los últimos diez o quince años porque lograron desafiar el pensamiento convencional".
Por más esfuerzo que se haga para contextualizar sus declaraciones, aclarando que su propósito era trazar un paralelismo entre el ambiente electoral actual y el que había en 1980, lo evidente es que el objetivo principal de su visita era conseguir el apoyo del periódico y, de paso, darle un golpe bajo a Bill Clinton.
Lo obvio, desde cualquier perspectiva, es que Obama cometió un error político. Peor aun, también incurrió en un error de apreciación histórica al glorificar y universalizar el legado de Ronald Reagan.
Si bien es cierto que en sus ocho años de gobierno Reagan restauró el poderío militar estadounidense, el crédito que se le da por haber ganado la Guerra Fría es inexacto o por lo menos desproporcionado, pues no toma en cuenta el proceso de descomposición interna del corrupto e ineficiente socialismo soviético.
Con sus grandes dotes de comunicador, Reagan logró radicalizar el conservadurismo del Partido Republicano y convencer a un sector de la población de una muy cuestionable superioridad moral de los estadounidenses.
Para los líderes de la lucha por los derechos civiles, la defensa que Reagan hiciera de "los derechos de los estados" sirvió de apoyo a la causa de la segregación racial en el sur. Así mismo, su crítica de los dictámenes de los tribunales ordenando el transporte en ómnibus a niños de raza negra a escuelas de niños blancos fue interpretado como un repudio del mandato del Tribunal Supremo. No en balde, para el magistrado de la Suprema Corte de Justicia Thurgood Marshall, Reagan fue un racista.
Sus políticas de desregulación permitieron la destrucción y la contaminación del medio ambiente. Sus recortes a los impuestos beneficiaron a los ricos, al tiempo que destruyeron las redes de asistencia a los más necesitados y durante toda su carrera política Reagan fue enemigo acérrimo de los sindicatos.
Cuando Reagan tomó el poder en 1981, el déficit presupuestal del país rondaba los US$74.000 millones, y la deuda federal era de US$930.000 millones. En dos años, el déficit llegó a US$208.000 millones y para 1988 la deuda totalizaba US$2'600.000 billones. En ocho años de 'Reaganomics', el país pasó de ser el mayor acreedor del mundo a ser el mayor deudor. Mención aparte merecen sus mentiras para ocultar los pactos siniestros que le permitieron a su administración financiar la conexión Irán-Contra nicaragüense. Una encuesta realizada por la cadena de televisión ABC y el periódico "The Washington Post" en el momento cumbre del escándalo reveló que el 62% de los norteamericanos estaba convencido de que Reagan les había mentido, mientras que otra encuesta de CBS y "The New York Times" reportaba que a un año de terminar su período presidencial la popularidad de Reagan había caído de 67% a 46% en el transcurso de un mes.
Finalmente, en lo que respecta al monopolio republicano sobre las ideas que Obama proclama, habría que dejar constancia de la aversión que Reagan sentía por los intelectuales y de su mínima afición a la lectura que en los dos últimos años de su presidencia, según reportes publicados en "The Wall Street Journal" y en "Los Angeles Times", llegó a niveles preocupantes porque, según sus propios asistentes, "el presidente no leía ni los breviarios que le preparaban y se ausentaba de su oficina para ver viejas películas de Hollywood".
*Desde Los Ángeles