LA VOLCÁNICA RELACIÓN DE LA ESCRITORA ANAÏS NIN Y EL NOVELISTA HENRY MILLER
Anaïs Nin, Henry Miller y su esposa June Mansfield sacudieron París por los años treinta con una pasión de turbulentos confines. Trataban de demostrar que el amor bien podía caber en tres esquinas. Miller y Nin alimentaron sus libros con esa tórrida aventura, pero la Mansfield se perdió en la nada. Su intoxicación pasional invita a meditar en tales escarceos amorosos.
Por Enrique Sánchez-Hernani
Hasta 1931 Anaïs Nin era tan sólo una muchachita de discretos modales franceses, pupilas ávidas y un aroma de extrema fragilidad. Sus primeras audacias apenas merecían un rubor: había tenido una incursión tan moderada como fugaz en un álbum con ilustraciones sicalípticas y en sus manos cuidadas por un diario manicure se habían posado algunas novelillas de un erotismo burdo, que circulaban con alegre profusión en las desordenadas calles de París, colmadas de refugiados de la gran guerra, clochards, marginales, artistas visitados por el hambre y la demencia, toda una sombría comunidad de desesperados que se arrastraba de día por los Champs Elysses y de noche giraba en torno a los hoteluchos y los cafés de mala muerte de Montparnasse.
Tenía unos senos menudos, una cabellera lacia, los huesos fuertes, las piernas graciosas y macizas, un cierto desorden en la mirada y un marido sensato que dispendiaba su tiempo entre las piernas de Anaïs y los negocios de la banca. Por las noches, en vez de aletargarse con los inofensivos placeres del sueño, con sigilo escribía un diario donde anotaba sus primeras experiencias eróticas, traspapeladas con fantasías lascivas y, hasta entonces, más amantes imaginarios que reales. No sabía aún que sus diarios, publicados muchos años luego, incendiarían la imaginación de varias generaciones.
Anaïs, entonces, vivía con una comodidad casi campesina. Con su marido habitaba una casa espaciosa en Louveciennes, una tranquila aldea de guijarros situada sobre una colina, desde donde se podía ver el Sena por las mañanas, cuando la luz era suficiente, y París por las noches, cuando brillaban las luces adulteradas y provocativas de los candiles eléctricos.
Su vida había transcurrido entre anomalías mínimas. Seguía con afiebrada vocación la obra de D.H. Lawrence y en especial su novela El amante de Lady Chatterley. Su esforzada entrega a la erudición de la voluptuosidad le provocaba escozores en la conciencia. Para hacer más tolerable su vida, se hizo una lectora inveterada, y con un entusiasmo agotador comenzó a leer los libros de la abrumadora biblioteca pública, por orden alfabético. Su imaginación, una pequeña potranca salvaje que se negaba a perder su libertad, la acicateó para iniciar la escritura de sus celebérrimos diarios.
LOS PRIMEROS DOS LADOS
Fue en la Ciudad Luz donde conoció a Henry Miller. El fauno mayor de la literatura norteamericana era por entonces un atribulado y hambriento desconocido. Había llegado a París en 1930 y estaba atravesando, como lo escribiera después, la "segunda ordalía de su vida". Cuando al año próximo conoció a Anaïs, se preparaba a celebrar su cuadragésimo cumpleaños y arrastraba como una bufanda sumergida en el barro un pasado infausto que le estrujaba los sentidos. Estaba casado por segunda vez con June Edith Mansfield, una corista de cruda belleza a la que conoció trabajando en un cabaret. Ella, entre otras oscuras virtudes, tenía la de ser bisexual. Cuando Henry la vio, en 1924, decidió casarse inmediatamente con ella, seducido por una pasión borrascosa.
Después de padecer una vida precaria en departamentos que daban la idea de pocilgas antes que habitaciones para seres humanos, en Brooklyn y Greenwich Village, la sensual June, que había alentado a su marido para que abandone su puesto en la Cosmodemonic Telegraph Company y se dedique íntegramente a su carrera de escritor, se consiguió un amigo, que confusamente toleró Henry, y le compró un boleto a Francia.
Miller, en el año de su encuentro con Anaïs, no tenía un centavo. Había llegado a París aunque prefería España, pero a causa de su absoluta torpeza para manejar dinero, terminó anclándose en la ciudad luz. Recordando esa época, más tarde escribiría que se hallaba "desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación".
Por entonces estaba pergueñando las primeras páginas de su Trópico de cáncer, donde había anotado con sinceridad: "No tengo dinero, ni recursos, ni esperanza. Soy el hombre más feliz del mundo". No tenía casa fija y raramente comía algo caliente.
Un abogado que atendía algunos asuntos de Anaïs fue el que los presentó, de manera fortuita, al seleccionar Henry su tarjeta con el fin de hacerse de una comida gratuita.
Cuando el vagabundo Miller ingresó a la residencia de Louveciennes, su rústico corazón, acerado por el dolor y la violencia de la calle, se conmovió. Las paredes del hall estaban cubiertas de libros y cuadros de exóticos estilos.
Cuando vio a Anaïs, se le produjo un vacío en el estómago: aquella muchacha frágil era la que había leído todos aquellos libros, y contaba además con una sensibilidad abierta que la llevaba a admirar las impresiones más crudas del ser humano. En la sobremesa hablaron de D.H. Lawrence.
Desde ese encuentro no habrían de separarse más, espiritualmente al menos, aunque sus amigos no les auguraron una amistad trascendente. Anaïs, a pesar de su vocación por sofocarse de sensualidad, en el fondo era una "niña-mujer" de vagos modales aristocráticos, que requería siempre tener a su lado a su marido, Hugh Guiler, un banquero próspero y sobreprotector, y tenía una verdadera debilidad por rodearse de un entorno armonioso, amigos elegantes, objetos caros, al punto de que con facilidad se le podía atribuir la superficialidad. Miller, en cambio, era un gangster calvo, cuarentón, con aspecto de sepulturero y una sonrisa crápula que usaba para sobrevivir en la asquerosidad de los barrios miserables donde se veía obligado a vivir. Sin embargo, por insistencia del espíritu libertino de Anaïs y la tenue perversidad de Henry, se convirtieron en amantes.
EL TRIÁNGULO COMPLETO
En el otoño de 1931, June, la mujer de Miller, llegó a París. Se unió a la comparsa de amigos que había recaudado su marido y, condescendiente con la arruinada moral en la que todos deambulaban, sumidos en una acre felicidad, sedujo a Anaïs. La relación lesbiana sacudió a la muchachita de Louveciennes. En una página de su diario llegó a anotar: "Estoy atrapada entre la belleza de June y el talento de Henry. Henry me da vida, June me da muerte. Debo escoger pero no puedo... ¿Somos tres inmensos egos luchando por dominar o amar? ¿Están estas tres cosas mezcladas?". No pudo decidirlo pronto. Para eludir la confusión de su alma, se dedicó a acumular amantes, sin dejar a Henry ni a June.
Como era de esperar, tampoco abandonó al marido. Justificaba tal poliedro amoroso con una excusa de escandalosa sencillez, que también anotó en su diario: "Mi lealtad a Hugh se define fácilmente: se basa en no herirlo. Entre todos nosotros, él es quien más sabe cómo amar. Es un hombre generoso, cariñoso, que me ha rescatado de la miseria, el suicidio y la locura".
Cuando todo se iba convirtiendo en una ceremonia tediosa, June decidió regresar a los Estados Unidos. Miller, deshecho, pues en realidad estaba enamorado de su esposa, se alejó de Anaïs, pero no pudo evitar ponerla como destinataria de una nutrida correspondencia epistolar que, a menudo, garabateaba con prisa sobre trozos de papel, en los envés de viejos menúes, en sobres desglosados, y que prosiguió hasta 1946. Anaïs correspondió a su amigo siendo su ángel protector: le enviaba periódicamente libros, una lámpara, una bicicleta, un tocadiscos, hizo que le imprimieran Trópico de cáncer y lo alentó para que continúe escribiendo. Ella hizo lo propio y además de sus diarios, se dedicó a escribir novelas, entre ellas Casa de incesto y Delta de Venus. Su comparecencia espiritual con el descomunal Henry Miller y la despistada June la habían acercado a la vida y la literatura.
Su escandaloso y triangular romance la entregarían a la historia de los chismes de la literatura universal. Ninguno se quejó en vida. Después de que murieron no lo sabemos.