Por Luis Jaime Cisneros Hamann. Periodista
¿Planea Estados Unidos agredir a Venezuela? ¿Realmente Washington alienta un nuevo plan para derrocar al gobernante elegido democráticamente hasta el 2013? ¿Otra vez el escenario del golpe del 2002? El presidente Hugo Chávez está convencido de ello y, megáfono en mano, difunde la especie desde hace semanas. La novedad es que esta vez el plan contaría con la supuesta colaboración de Colombia y del gobierno de Álvaro Uribe.
Las sospechas de Chávez podrían provocar hilaridad entre quienes hacen escarnio de él insinuando que padece de problemas de salud mental, y alimentan por ello versiones de toxicomanía e incluso lazos con el narcotráfico, para presentarlo ante un sector de la opinión pública como un insano. De momento, solo en Quito y La Paz le han creído.
No es la primera vez que Caracas denuncia intentos desestabilizadores por parte de su principal adversario ideológico. Lo singular del caso es que Estados Unidos es uno de los mayores clientes de petróleo venezolano: una paradoja en ambas direcciones. Nadie se imagina a la potencia hemisférica haciendo negocios con la comunista Cuba. Pero el oro negro ya demostró en Iraq lo perverso que puede ser a la hora de establecer políticas de seguridad nacionales. Y también que este bien vale una guerra.
En ese sentido, uno puede deducir que conforme se incrementan los precios del crudo en el mercado internacional, el régimen de Chávez puede disponer de mayores recursos para exportar su revolución bolivariana y desarrollar sus controversiales políticas populistas, gracias en parte a los dólares que le generan las ventas a Estados Unidos. Un vicioso círculo virtuoso al que el gobierno de George Walker Bush contribuye de manera ejemplar.
Las versiones difundidas por el presidente venezolano se producen luego de que Chávez sufriera su peor derrota electoral desde que llegó al poder en 1999, cuando a raíz de la derrota en el referéndum de diciembre pasado tuvo que guardar en la congeladora sus planes de reelección indefinida. El revés significó una verdadera cachetada para Chávez, de 54 años, quien nunca ocultó sus aspiraciones de gobernar hasta el 2021, un año en el que más de una vez ha evocado --en declaraciones a periodistas-- podría retirarse de la presidencia. No en vano el locuaz mandatario ya adelantó que volverá a plantear la reelección indefinida en el 2010.
La exitosa mediación en la liberación unilateral de un puñado de rehenes secuestrados por las FARC colombianas le devolvió protagonismo, con una gestión que pese a las críticas de Colombia y al silencio de Estados Unidos, demostró ser eficaz en términos humanitarios a la hora de los resultados.
Las denuncias de Chávez precedieron a la difusión en Washington, esta semana, del informe anual de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que advierte que Venezuela y Cuba son los villanos de América Latina y que, como consecuencia de ello, su influencia puede ser nefasta para las frágiles democracias de la región.
Si las democracias en América Latina son frágiles no es por culpa de La Habana ni de Caracas, que nada tuvieron que ver con las crisis institucionales de Ecuador y Bolivia en la década del noventa, ni con la del Perú de Alberto Fujimori, cuyo gobierno Estados Unidos apoyó hasta el último aliento.
El informe de inteligencia acusa a Chávez y Castro de influir en las decisiones de los gobiernos de Bolivia, Nicaragua y Ecuador. Y señala que Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa se han contagiado de la retórica antiestadounidense del comandante de la boina roja. Según Estados Unidos, los gobernantes aludidos "buscan períodos presidenciales largos, debilitan las libertades civiles y de prensa", y sus políticas internacionales colisionan con las iniciativas de Washington. En pocas palabras, Fidel Castro sería el jefe intelectual del copamiento de las democracias latinoamericanas y Chávez el agente operativo que financia y ejecuta esas acciones.
La cereza en la torta del reporte subraya que Chávez ha puesto en la mira de sus petrodólares bolivarianos las elecciones presidenciales de El Salvador, de marzo del 2009. El objetivo: que la ex guerrilla marxista del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) logre por las urnas lo que no pudo obtener por las armas en la década del ochenta. La potencial ecuación de izquierdistas de viejo cuño convertidos a la democracia ya provoca somnolencias en gobiernos conservadores de América Central, así como ejercicios de gimnasia mental en analistas de Washington. Una victoria de la izquierda significaría el retiro de Iraq de las tropas de El Salvador, único país de América Latina que se sumó a la invasión estadounidense en marzo del 2003.
El Gobierno de El Salvador reaccionó de inmediato al informe y anunció el miércoles una investigación para determinar si Venezuela financia a la oposición. Según los sondeos, si las elecciones fuesen mañana el vencedor sería el candidato del FMLN, el periodista Mauricio Funes.
Por cierto, el informe no dice que mientras Washington se aprovisionaba de reservas de crudo llanero contribuía a fortalecer las ambiciones de Chávez, y por añadidura el poder de los hermanos Castro, que le compran a Caracas petróleo a precio de huevo con subsidios de hasta 1.000 millones de dólares. Una loca historia de negocios.