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Crónica LAS DAMAS TAMBIÉN PELEAN

Señoras en combate

Las mujeres que actúan en política no cruzan guantes para resolver sus diferencias, pero a veces recurren a un tosco esgrima verbal que las masculiniza

Por Renato Cisneros

En enero del 2006, la filósofa Pepi Patrón (presidenta de la Asociación Civil Transparencia) comentó en una entrevista concedida a El Comercio el rol de las mujeres en la política. En una de sus intervenciones, para explicar el peculiar modo en que las más altas funcionarias públicas suelen encarar las discusiones entre ellas, Patrón hizo una conveniente referencia al comportamiento social infantil.

Según ella, cuando hay una discrepancia en torno a un resultado, los niños lo resuelven con un par de puñetes y patadas, renegocian las reglas y continúan el juego. "Las niñas no. Como no hay el recurso del golpe, ellas hacen alianzas, se agrupan, excluyen a una amiga y ya no quieren jugar con ella. Entonces hablan mal de una, hablan mal de otra. Y no es que seamos chismosas, sino que durante siglos hemos resuelto los conflictos por medio de la negociación verbal", señala.

Hoy, dos años más tarde, mientras observamos atónitos cómo las fiscales Adelaida Bolívar, Gladys Echaíz y Luz Loayza animan un rabioso y desigual pimpón de acusaciones, rectificaciones y maquilladas injurias, la tesis de Patrón suena tremendamente certera.

A diferencia de los políticos, que efectivamente sí intercambian nocauts (basta recordar contiendas memorables como la de Fernando Olivera y Rómulo León; o la de Javier Diez Canseco y Daniel Espichán; o la inacabada escaramuza entre el desbocado Rafael Rey y el provocador Natale Amprimo), las mujeres apelan al violento glamour de las palabras venenosas y a la astucia de las frases de doble sentido: armas que suelen ser mucho más letales que un burdo puñete en la quijada.

El pleito de las fiscales, sin embargo, no es un hito aislado en la joven historia de nuestro pugilato político femenino (si acaso cabe acuñar esa categoría). Ha habido otras refriegas igual de intensas y acaloradas que, vistas colectivamente, vendrían a componer una suerte de 'glow' de la política nacional (en alusión al célebre programa televisivo de lucha libre de mujeres de inicios de los noventa).

LA TÍA MANSON VS. LA ´POLLITO´
Aunque ni Laura Bozzo ni Matilde Pinchi Pinchi son políticas de vocación, la pelea que las enfrentó se desarrolló en un ring de evidentes matices políticos: el juicio a Vladimiro Montesinos en la Base Naval del Callao. En octubre del 2001, Bozzo (cuyo parecido físico con el rockero Marilyn Manson explica su terrífico sobrenombre) fue acusada por Pinchi Pinchi (la cajera de 'Vladi') de haber asistido con frecuencia a la sala del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y recibir cerca de 50 mil dólares de parte del ex asesor presidencial.

La animadora se pasó todo el 2002 negando las imputaciones y la Pinchi Pinchi ratificándolas.

Finalmente, en febrero del 2003 se midieron en una primera confrontación. En el pasaje más tenso, el abogado de la Bozzo le preguntó a la popular 'Pollito' qué papel cumplía en el SIN.

"Ella era la amante de Montesinos", gritó la Bozzo, con su atronador vozarrón. "Que no me diga nada o no respondo más", replicó, corajuda, la Pinchi Pinchi.

En los careos sucesivos las dos se lanzaron nutridas salvas de insultos, sin dar su brazo a torcer.

"Eres una cínica", bufaba Laura. "Yo te he visto entrar al dormitorio de Montesinos", devolvía Pinchi.

Recién en abril del 2005 la Bozzo admitió haber estado perdidamente enamorada del ex asesor, y con esa tierna confesión de parte el álgido 'round' llegaba a su fin.

NIDIA VS. 'CHUQUI'
La pobre Nidia Puelles pasará a la inmortalidad por haber sido ministra de la Mujer por 48 horas. Ella fue elegida como sucesora de Anel Townsend en diciembre del 2003, bajo una lluvia de dardos lanzados por las celosas bases toledistas, que la sindicaron como una funcionaria sin trayectoria.

La infalible legisladora de Perú Posible Enith Chuquival se encargó de poner al descubierto los trapos sucios de doña Nidia (como, por ejemplo, haber recibido hasta tres sueldos mientras se desempeñaba como titular del Inabif).

"Estamos cansados de gente que ha cometido irregularidades y continúa en cargos importantes. Conocemos el pasado ineficiente de Puelles", alertaba doña Enith.

La agraviada no se quedó atrás y pegó con fuerza. "Se me sentencia solo porque no he cedido a intereses personales", dijo llorando, y sugiriendo lo que días después afirmaría sin titubeos: que la Chuquival le recomendó un amigo al que ella no quiso contratar cuando trabajaba en la Beneficencia Pública.

Herida en su orgullo, la Chuquival arreció sus ataques con notable éxito y no cejó hasta tumbar a su oponente. La aporreada ministra no soportó el aluvión de críticas y el 20 de diciembre del 2003 deslizó su carta de renuncia bajo la puerta del despacho del presidente Toledo, y se marchó calladita.

LA ESCUDERA VS. LA HIJA
La riña entre Martha Chávez y Keiko Fujimori se desató tras las elecciones del 2006. La ex congresista postuló sin suerte a la presidencia (obtuvo el 7,4%), mientras la hija del ex presidente fue la congresista con mayor votación en el país: más de medio millón de electores la prefirieron.

Cuando se discutió el futuro del movimiento las aguas se dividieron radicalmente: la mayoría opinó que Keiko debía heredar la batuta, pero un sector minoritario (el de Chávez) reclamaba una elección interna para repartir democráticamente los liderazgos.

En ese vaivén, a doña Martha la traicionó la vehemencia de su espíritu confrontacional. En mayo del 2006 dijo: "Yo nunca he sido una persona sumisa, no lo voy a ser ni ante el presidente Fujimori, ni menos ante Keiko".

En diciembre del 2006, muchos fujimoristas insistieron en que Keiko debía asumir oficialmente la conducción de la nave con miras al 2011. Chávez, en su penúltimo manotazo de ahogado, repuso con indisimulable despecho: "El liderazgo de fujimorismo no debe ser hereditario".

Si bien es cierto que en todo este tiempo la cuidadosa Keiko no contestó directamente las expresiones de Martha, sí habló a través de su íntimo Carlos Raffo: "A Chávez se le ponen los pelos de punta de solo escuchar el nombre de Keiko".

DOS CONTRA MARTHA
Esta bronca fue corta, pero recia. Empezó en agosto del 2006, cuando la congresista cusqueña Hilaria Supa (UPP) protestó en quechua en pleno debate en el Congreso.

Al escucharla, Martha Hildebrandt (GPF) dijo fastidiada que, si bien el quechua es un idioma oficial, debe usarse en aquellos lugares en los que la población lo entiende en forma mayoritaria.

Minutos después María Sumire (UPP) se solidarizó con Supa y también habló en quechua. Hildebrandt se percató de la intención de la dupla e interrumpió a Sumire para señalarle que el idioma oficial peruano es el castellano. Sumire levantó la voz para decir que no aceptaba prohibiciones de nadie.

El fuego cruzado se apaciguó por un tiempo pero se avivó en setiembre del año pasado. Se debatía un proyecto de ley para otorgar el rango de oficial a todas las lenguas aborígenes, y Hildebrandt intervino para decir que el proyecto "no serviría para nada". Sumire contestó con un golpe bajo: "hablar en quechua en el Congreso al menos servirá para despertar a los dormilones". El guiño burlón contra Hildebrandt era clarísimo. Doña Martha la esperó a la salida y delante de la prensa sacó lo más granado de su artillería: "esos ataques son bajos, de gente que no tiene capacidad intelectual ni formación universitaria". Sumire pisó el palito y aclaró que ella era indígena, pero abogada. La fujimorista le sacó lustre a su diploma de lingüista y remató con un soberbio 'jab' de derecha: "perdón, pero cada uno en su sitio, abogados hay montones, y pésimos también".

LA MECHA DE LAS MECHES
Por último, de plato de fondo, tenemos que recapitular el duelo episódico que mantuvieron la congresista Mercedes Cabanillas y la ministra de Comercio Exterior, Mercedes Aráoz. Una disputa suave, pero inolvidable. En diciembre del 2006, en el Congreso se discutía el proyecto de ley que derogaba el impuesto de 12% que pagan los casinos y tragamonedas sobre sus ingresos netos. El proyecto contaba con el respaldo del Mincetur, pero hubo algunos legisladores que se opusieron a la medida. Cuando le preguntaron a la ministra qué opinión tenía de esos parlamentarios, ella --aún inexperta-- dijo: "hay algunos que han presentado observaciones en minoría que pareciera que favorecen a algunos grupos de interés". Al oírla, Cabanillas, entonces titular del Congreso, montó en cólera y calificó las declaraciones de ligeras y agraviantes, y exigió una rectificación inmediata.

"Ella ha insinuado que algunos 'lobbies' influirían en el Congreso. Yo también podría decir que algunos 'lobbies' merodean en su ministerio", se quejó.

Días más tarde, algo arrepentida por generar una tormenta, la ministra acudió al Congreso, aclaró su posición y limó asperezas con su tocaya.

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