Fatalidad en Chorrillos. El 8 de enero, una hija y su madre fueron halladas desangrándose en un auto en Chorrillos. Tras la muerte de la última de estas, se supo que la primera intentó asesinarla y suicidarse
Por Alberto Villar Campos
El mundo de Yvonne Dirlewanger empezó a desmoronarse un día cualquiera de abril del 2007. Antes de eso, su vida había sido una misma fotografía multiplicada: había ganado cierta notoriedad por su trabajo de traductora en el país y había ocupado el cargo de vicecónsul honoraria durante ocho años en la embajada de Austria, donde nació hace 58 años. Yvonne es una mujer sociable, muy respetuosa y amable con sus conocidos. Se había casado con Carlos Mould Saravia, un abogado de la capital con quien compartió no solo el amor sino también su floreciente negocio de traducciones que se mantuvo incluso luego de los 37 años que duró su matrimonio.
Algo pareció ocurrir dentro de Yvonne Dirlewanger al enterarse de que su marido había decidido concluir su alianza. Marcelo Allemant, un amigo de la familia cuyo estudio de abogados ha asumido la defensa de la mujer, refiere que la separación se produjo debido a que ella se había convertido en una persona nerviosa e irascible. Antes de separarse, quizá con la intención de salvar lo que quedaba de su enlace, Mould decidió reservar a Yvonne una cita en una clínica para un tratamiento psicológico. Nada de eso, sin embargo, ayudó. Fue por aquellas épocas que ella empezó a tomar tranquilizantes.
DESVARÍOS Y DESBORDES
En abril del año pasado, al separarse de su esposo, la traductora se mudó a casa de su madre, Elfriede Buchner Bruckner, también austríaca, quien por entonces tenía 82 años. La anciana había sufrido dos derrames cerebrales y pasaba sus días en una silla de ruedas bajo el cuidado de una mucama diligente. Al igual que su hija, era sumamente respetada por la comunidad austríaca y había ejercido el cargo de cónsul honoraria en la embajada de su país (1952-2000).
Al poco tiempo, Yvonne Dirlewanger instaló su oficina de traducciones en la casa de su madre, en Santiago de Surco, y en mayo decidió acudir a un psiquiatra. No obstante la relación marital había llegado a su fin, Mould y su ex mujer siguieron trabajando juntos y mantuvieron una cordial amistad. Poco a poco, sin embargo, aquella vocación intensa por los idiomas fue trasladándose a un frío segundo lugar en su vida.
En su manifestación policial, realizada en presencia de la policía y un fiscal, el martes último, en la clínica Maison de Santé, en Chorrillos, la traductora afirmó tomar nueve calmantes al día y, además, haber gastado alrededor de 85 mil dólares en cosas que ahora asegura no recordar. Pese a ello, Allemant señala que una de ellas fueron las diversas y costosas operaciones estéticas --al rostro y a otras partes de su cuerpo-- a las que la mujer se sometió en los últimos meses.
UNIÓN DE MADRE E HIJA
A falta de hijos y esposo, con el padre y un único hermano muertos desde hacía tiempo, Yvonne Dirlewanger dirigió su atenciones y afectos a su anciana madre. Día y noche se dedicaba con todas sus fuerzas a cumplir los deseos de la mujer con quien compartía, además, la soledad y la distancia de su país.
Pero había algo que la obligaba a sentirse extraña. Una suerte de vacío emocional sobre el que había construido un enorme castillo de deudas que ahora no podía saldar. "Dijo que se mataba porque no tenía cómo pagar las cuentas y también porque su madre estaba mal de salud y no tenía trabajo", refiere Allemant, y añade: "Todo se le hizo un mundo".
Era cierto. El mundo que hasta ese entonces ella había concebido como tal se había convertido en una suerte de ciénaga inmensa: un espacio oscuro, espeso y hostil, lleno de lodo y, al mismo tiempo, de nada.
El 7 de enero, Yvonne Dirlewanger salió a comprar cuatro cuchillas de afeitar a una tienda cercana a la casa que compartía con su madre y la mucama. Había decidido matarse.
EL LARGO CAMINO AL FIN
El martes 8 de enero, a las 6 a.m., Yvonne Dirlewanger encendió el motor de su vehículo. Le dijo a la empleada que llevaría a su madre a la clínica Maison de Santé para unos chequeos de rutina. Había tomado calmantes al despertar pero aún no hacían efecto. Antes de partir, arrancó una hoja de su agenda personal, escribió en ella unas cuantas frases y, finalmente, la colocó en medio de unos libros que había en su oficina. Se leía: "Ya no puedo más, no quiero tener más problemas, prefiero morirme antes de comprometer a Carlos".
En el asiento trasero del vehículo, rodeada de pastillas tranquilizantes y gaseosas, la anciana lucía aún más frágil de lo que realmente era. "¿Quién verá por mi madre? --se interrogaba a sí misma Yvonne Dirlewanger, mientras atravesaba calles y más calles sin saber realmente cuál sería su destino--. Ella no tiene a nadie".
Los minutos pasaban. El auto color negro iba por zonas desconocidas. Las pastillas empezaban a construir una realidad alternativa: era el efecto de siempre. Lentamente, su respiración se normalizó. Aun así, supo que no habría marcha atrás. Cuando llegó a una pista que parecía no tener fin, la mujer se detuvo. A un lado del vehículo había pared semidestruida y, al otro, el frontis de la antigua fábrica de Lucchetti. Son los pantanos de Villa, en Chorrillos, pero ella no lo sabía, ni llegaría a hacerlo.
No pensó en nada cuando empezó a cortarse los brazos y las piernas con las cuchillas que compró el día anterior. Ni tampoco cuando cruzó su cuello dibujando con el filo frío, imperturbable. Ya para entonces lo tenía claro: su madre estaba allí para irse con ella. Empezó a herirla de la misma forma que se hirió a sí misma. Minutos después perdió la conciencia.
Elfriede Buchner Bruckner murió de un paro cardiorrespiratorio el 16 de enero, en la clínica donde su hija dijo que la llevaría. Tenía 83 años. Yvonne Dirlewanger, sobrevivió y, tras limpiarse de la dosis de tranquilizantes y con las heridas aún cicatrizando, le dijo a la policía: "Mi mamá no ha muerto... yo no la he matado... ella murió por un paro, no por mí".
El viernes último le dieron de alta en la clínica y fue trasladada al edificio de la Dirincri, en la avenida España, para continuar con los interrogatorios. Horas después ingresaría al penal de mujeres de Santa Mónica, donde hoy iniciará su proceso.
El largo camino que le espera, al parecer, luego de que --según Allemant-- se le diagnosticara esquizofrenia y depresión grave, parece ser ese. Solo en un mundo amparado por la locura, donde las soluciones se asemejan a inconcebibles tragedias, algo como esto sería posible. La madre ha muerto, pero ella sigue con vida. Y el resto de sus días estará allí para recordárselo.
Será juzgada por intento de parricidioSin embargo, aclaró que el juez encargado del proceso deberá solicitar peritajes psicológicos y psiquiátricos que acrediten que, en efecto, la mujer puede darse cuenta de sus actos. De encontrársele algún desorden mental, podría ser declarada inimputable y ordenarse su traslado a un centro de salud mental, el tratamiento ambulatorio de su enfermedad en la cárcel o la disminución del tiempo de condena.