Por Raúl Cachay A.
En cada pausa de la transmisión del Grammy se anunciaba la presentación de Amy Winehouse como el momento más esperado de la noche. Y esa expectativa previa no se justificaba tanto por la destreza escénica de la cantante (que, sobria o al borde del colapso alcohólico, es prácticamente nula), sino por los consecutivos escándalos en los que se ha visto involucrada en los últimos meses.
Pero lo cierto es que la cantante de 24 años se mostró bastante ecuánime en la transmisión vía satélite de su participación y la emoción que expresaba su rostro cuando triunfó en la categoría de grabación del año fue ciertamente contagiosa. Winehouse superó con creces la prueba que le impuso esta emblemática entrega del Grammy: obtuvo cinco estatuillas, le robó el show a todos sus colegas de ultramar --con lo cual se consagró como la artista pop del momento-- y se alejó aunque sea por un momento de la imagen de artista problemática y viciosa que la ha acompañado desde el lanzamiento de "Back to Black".
"Esto es para mi Blake y para Londres", fue lo que Winehouse alcanzó a balbucear cuando Tony Bennett y Natalie Cole anunciaron que "Rehab" era la mejor canción del 2007. Lo hizo, entonces, a su manera: recordando sus orígenes y desafiando a los censores que culpan a su marido Blake Fielder (que se encuentra tras las rejas) de sus continuos descalabros. Fue, en resumen, la gran noche de la incomparable Amy Winehouse. Que no sea la última.
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