VÍSPERAS DE SAN VALENTÍN.Etología es la ciencia que estudia la psicología animal. A través de ella conocemos manifestaciones de amor y cariño que el hombre pudo haber heredado en la escala evolutiva. Sus historias de pasión, ternura y tormentos enseñan demasiado
Por Miguel Ángel Cárdenas
El corazón es un animal delator. El exceso de energía, la atención concentrada en una pareja, la obstinada persecución y todos los dulces lametones y mordisqueos que los zorros se dedican entre sí, recuerdan sin duda al amor romántico de los humanos. Y los zorros son solo una de las muchas especies que muestran aspectos románticos... "Por eso, creo que los animales aman". Escribió en su libro "¿Por qué amamos?" la prestigiosa antropóloga estadounidense Helen Fisher, quien para entender esa locura, bendición, enfermedad, iluminación química o fuego instintivo que sienten los humanos por una pareja rastreó en la etología: la psicología experimental que estudia el comportamiento de los animales. Y los prejuicios cientificistas no la domesticaron.
Estos habían caído desde siempre hasta contra el mismísimo Charles Darwin, el autor de la teoría de la evolución, por defender la idea 'irracional' de que los animales sienten cariño. En un artículo, Darwin escribió una vez sobre una hembra de pato real: Se trataba evidentemente de un caso de amor a primera vista porque ella nadó hacia el recién llegado dulcemente... con insinuaciones de afecto. Charles sostenía que las aves se enamoran unas de otras y que animales de especies superiores comparten pasiones, afectos y emociones similares, incluso las más complejas, tales como los celos, la sospecha, la emulación, la gratitud y la magnanimidad.
Los estudios más apreciables sobre el tema los ha publicado el etólogo alemán Vitus Dröscher. En su libro "La vida amorosa de los animales" sacó de cuadro y triángulo a los más racionalistas: ¡Qué desconocimiento de la diferencia auténtica entre hombre y animal! La diferencia reside en el dominio mental, en el nivel más elevado de su capacidad lingüística y en su capacidad de transmitir a la descendencia sus conocimientos. Los sentimientos son de dominio común de los animales superiores y del hombre. De hecho, en el universo de los sentimientos estamos, más bien, por debajo de muchos animales, incluyendo en esto --por desgracia-- el apartado del amor.
Drösher fue más allá del bien, el instinto y el mal: El universo sentimental de los animales tiene una fuerza mucho más arrolladora. Las mediciones de las curvas de las corrientes cardíacas y cerebrales demuestran que sus sentimientos estallan de modo más abrupto, alcanzan valores superiores y también desaparecen con mayor rapidez y sin reminiscencia.
CORAZÓN DE COCODRILO
En realidad uno de los estudios pioneros en este tema surgió de la incredulidad académica. En 1970, el profesor Frank Beach, del Instituto Zoológico de la Universidad de California, estaba molesto con su esposa porque le contaba las aptitudes afectivas de su perrita Jacku, de raza beagle: cómo rechazaba a los que en el lenguaje común diríamos 'más perros', promiscuos y fáciles, y prefería al perro 'más brillante' y especial. A Beach le parecían estupideces siguiendo la máxima de que los animales solo se mueven por el celo. Pero decidió hacer experimentos rigurosamente científicos que dejaran en ridículo a su mujer. Los resultados lo dejaron irrisorio a él. (En su libro "La vida oculta de los perros", Elizabeth M. Thomas sustenta con múltiples casos que "estos dan muestras de una gran pasión romántica").
A partir de estos avances. Drösher ahondó en el mayor descubrimiento de la etología moderna: "El impulso de simpatía recíproca", que interactúa con el instinto sexual y el de agresividad.
El naturalista Hope Ryden escribió sus observaciones de castores en su libro "El estanque de Lily": El emparejamiento se basa en una atracción tan misteriosa como poderosa, que no está relacionada con la necesidad inmediata de copular. En estos animalitos se ha podido analizar la ternura instintiva. El biólogo Lars Wilson amplió: Durante el día duermen acurrucados uno junto al otro y por la noche se buscan para cepillarse mutuamente, o se sientan muy juntos y 'hablan' un rato usando sonidos de contacto especiales, cuyos tonos y matices solo pueden ser expresión, desde un punto de vista humano, de intimidad y afecto.
Se sabe que las marsopas nadan en tándem, una encima de la otra, acariciándose y moviendo los labios en la boca entregada de la pareja. Y que el oso pardo arrima su hocico y resopla en la oreja de la hembra, implorando su pláceme. Helen Fisher ha mostrado síntomas de ilusión amorosa en los elefantes, que pierden el apetito y se obsesionan.
EL LADO OSCURO ANIMAL
Ningún ser humano no iluminado ha dejado de experimentar que junto con la ternura divina llegan también los impulsos de posesividad infernal. Sobre un oso pardo del Parque Nacional de Yellowstone, el naturalista Thomas McNamee escribió: Se tendía en el nido de hojas y ramas que era su cama diurna, pasando una garra protectora y posesiva por el hombro de ella. Cuando otros osos pardos se acercaban... un solo gruñido solía bastar para que el competidor se alejara.
Los celos también ciegan y ensordecen a los animales. Por ejemplo, el tigre macho nunca le quita la vista a su hembra: "incluso el más ligero movimiento de su cola capta su atención". Fisher dice: La tendencia humana a perseguir, e incluso asesinar, a un amante descarriado procede probablemente de esta tendencia animal a vigilar a la pareja.
Konrad Lorenz, el fundador de la etología, es quien mejor ha estudiado el instinto de agresión. Pero el de la agresión integrada al afecto --típica de los amantes humanos descarriados-- la encontró Drösher en los tigres: La luna de miel de los grandes felinos depredadores empieza con las hembras comportándose como niños. De este modo atrae al tigre. Al principio, este está a la expectativa y observa sus movimientos a una distancia segura. Luego ella lo ronda varias veces, expande sus flancos a su vista, lo engatusa con sus juegos, le muestra todos sus encantos femeninos, le ronronea y, al final, acaricia la cara del novio con los pelos de su bigote. Si el tigre macho cree que ha llegado ya al objeto de sus anhelos, se equivoca. Cuando intenta expresarse también con ternura, la hembra cambia repentinamente de humor y deja de ser una gatita amorosa para transformarse en una bestia que resopla, enseña los dientes y saca las garras.
Pero si la conquista es persistente, el apareamiento se torna casi homicida: el macho coge con los dientes la nuca de la hembra y en la frontera de un mordisco mortal la estimula salvajemente. Drösher concluyó: Es la mezcla curiosa de instintos contrapuestos. Cuando una persona enamorada dice a su pareja: "Te comería a besos", expresa la situación sentimental con mucha justeza.
Pero la historia pasional de los tigres continúa, con reminiscencias a los amantes dementes y tanáticos. Después de la entrega, a la hembra le entran los demonios: se sacude del novio y lo ataca con intenciones auténticamente asesinas... el macho es incapaz de rechazarla por motivos puramente psíquicos, aunque la hembra esté a punto de matarlo. El tigre, si no ha podido antes emprender la fuga, se somete indefenso a este sino cruel... luego, la animal actúa con una 'frescura' que parece increíble: al cabo de poco rato, lo atrae de nuevo con tiernos maullidos...
Aquí cabe una reflexión más: los tigres son animales solitarios. El ritual de amor es casi el mismo para el león, por ejemplo, pero este tiene un espíritu gregario y, parece que por esto, jamás correría el peligro del ensimismado tigre de morir tras una satisfecha, sola y autodestructiva hembra. La manada los hace brutalmente solidarios. El naturalista George Schaller describe a la leona incitada: Parece ser que un macho en período de cortejo se encontró a una gacela junto a una charca. Así que interrumpió el cortejo para conseguir el trofeo. Luego llevó el delicioso regalo a la hembra y se sentó cerca de ella a contemplar cómo ella se lo comía todo. Un detalle conmovedor y sorprendente si tenemos en cuenta que estaba hambriento.
Quizá el mayor argumento contra los hippies y su amor libérrimo hubiera podido venir del profesor Otto Koening, director del Instituto Biológico del Wilhelminenberg, en Viena, quien se había propuesto crear un paraíso sobre la tierra, para una colonia de treinta garcillas bueyeras, con provisiones inagotables de comida. El resultado fue un infierno para estas aves que normalmente viven en severa monogamia... una ilimitada vida sexual no creó en absoluto un mundo de bondadoso amor al prójimo, sino violación, un miedo constante y sangrientas peleas.
LO SINGULAR DEL OTRO
El afán por regalar chocolates, flores o invitar a comer puede tener un antecedente nada sofisticado en el macho de codorniz, que parecería llevar a su hembra un regalo de bodas alimenticio, que hace que ella acceda plena. La gaviota argéntea hace lo mismo, pero es más fina, tanto que si uno va al mar y ve a dos de estas detallistas aves puede estar seguro de que son pareja. La hembra puede coger del pico del macho incluso el gusano más delicioso con más delicadeza que dos adolescentes que intercambian chicles.
El zoopsicólogo Matt Ridley ha ensayado con el pavo real y su estrategia de seducción con sus plumas de colores una teoría impresionante: El hechizo de los ojos (que está presente en nuestro imaginario popular en poesías, cuadros, películas y canciones). El pavo real aprovecha para sí mismo, multiplicado por cien, ese efecto emocional. Porque los puntos más destacados de su soberbio abanico son reproducciones 'artísticamente aumentadas' de enormes ojos: en el centro, una 'pupila' de color violeta oscuro, rodeada de un 'iris' de tono esmeralda en medio de un 'globo ocular' de color bronce, a su vez rodeado de una contrastante franja amarilla y, encima, 'cejas' liláceas... ¡Una de las más complicadas decoraciones de la naturaleza!. Son 130 ojos iridiscentes que la hembra no resistirá.
Las diferencias entre edades tampoco son óbice. Dice Dröscher: No es cierto que en el mundo animal solo posea más atractivo erótico la 'sangre joven'. Los canarios nos demuestran que también la edad madura puede encerrar su interés. Para ellos, el atractivo sexual no consiste en los magníficos bríos juveniles del macho, sino únicamente en la belleza de sus cantos... en su sociedad son siempre los de más edad y todavía desparejados, los que primero encuentran compañera.
Hay hasta una particularidad similar a la de Florentino Ariza, el personaje de "El amor en los tiempos del cólera" que tenía un arrastre sexual insondable con las mujeres, pero no porque fuera el más fuerte, el más zalamero o aprovechado en las fiestas sociales, sino por su aspecto vulnerable, que suscitaba sentimientos maternales de protección, "ellas saben que nunca les haría daño". En el ritual de conquista de casi todos los animales, solo encontramos elementos conductuales que reducen la pulsión agresiva, el robusto macho finge ser, ante la asustada hembra, una cría indefensa y hambrienta, explica Dröscher. O como Konrad Lorenz sustentó: El mensaje de los machos de ave para suscitar la atracción en las hembras es: soy terrible, pero solo de cara a los extraños. ¡No contigo! Animales teníamos que ser y parecer.