Por Franklin Briceño Huamán
Andrés Bayona se vanagloria de haber retratado --junto con los 17 fotógrafos que alguna vez dirigió-- a más de un millón y medio de personas en clásicas fotografías para el recuerdo. Primero en blanco y negro, después en color. De esas imágenes, no queda huella. Se inició en 1970, en la plaza Miguel Grau del Callao.
"Era verano, tenía 18 años y estaba sin trabajo", recuerda. Compró El Comercio y encontró un aviso de empleo donde necesitaban repartidores de fotos. Así se introdujo en el negocio de retratar personas. Al inicio, distribuyó imágenes a domicilio con una intensidad que solo se detuvo cuando sus zapatos servían solamente para ser arrojados a la basura. Con sus ahorros adquirió una vieja cámara analógica marca Olympus. Han pasado 38 años sin dejar de disparar el clic. Como veterano de la fotografía ambulante, ha conocido la gloria y la agonía en el negocio de los recuerdos impresos. Llegó a tener varias motos y un agresivo ejército de 17 fotógrafos en distintas plazas de Lima. En el verano invadían las playas y durante las noches del resto del año los locales de baile. Su récord propio: 500 fotos en hora y media durante un concierto de la Pastorita Huaracina. Al comienzo de la década de los ochenta, su ejército de fotógrafos fue diezmado por la crisis económica y "cada uno se abrió por su lado". La competencia se puso dura y él se instaló de forma permanente en la plaza Grau del Callao. Allí fotografiaba a bebes, novios, familias, viudas y ancianos. Luego tenía que tocar muchas puertas para cobrar. Una vez le abrieron y lo asaltaron pistola en mano. Otra vez descubrió a un par de mendigos dueños de una casa inmensa. "Me pagaron con una montaña de moneditas", recuerda. En ocasiones los clientes se habían mudado o, en el peor de los casos, habían muerto. Esto fue lo que le sucedió con un par de mellizos menores de un año. La madre se echó a llorar cuando él le entregó las fotos con los bebes sonrientes y en pantalones rojos. Por un día se convirtió en reportero, cuando fotografió a una mujer que se arrojó al mar. Ella no murió esa fecha, pero las fotos del clavado suicida salieron publicadas en la prensa del Callao.
En los años noventa, la tecnología alteró su negocio. Cambió la Olympus por una Polaroid y esta por una Kodak digital. Ahora entrega las fotos al instante y por cinco soles. Ya no toca puertas y sus zapatos le duran más. Los últimos veranos retrata a los que se pasean en las lanchas frente al mar del Callao. Tiene 56 años y dice que "una fotografía con el mar chalaco de fondo es el mejor recuerdo que una persona puede tener".