Es el precio que debemos pagar por vivir en esta ciudad de autos del año y de pura chatarra, que nos arrebata horas sagradas
Por Abelardo Sánchez León
"I"/Ishua Love Perú/"Ayacucho" es un lema excesivamente entrecomillado que distinguí en el vidrio de un taxi que hubiese puesto los pelos de punta a la lingüista Martha Hildebrandt o al líder senderista Abimael Guzmán. Definitivamente, aquel taxista no va a tropezar con Jodie Foster. Su destino será dar vueltas sin rumbo por las contaminadas calles de Magdalena del Mar con un sancochado en la cabeza.
A finales de diciembre tomé un taxi que el taller de automóviles me ofrecía como un servicio gratuito. Apenas subí, un chofer encorbatado, de camisa celeste, de unos 50 años, me reconoció al toque. Era socio del Regatas, me dijo, pero sobre todo era una de aquellas personas que hemos visto a lo largo de nuestra vida, sin saber su nombre de verdad y sin haber intercambiado palabra. Hacía dos años que trabajaba como taxista de aquella empresa. Se veía a sí mismo como una res en el matadero, en un trabajo que consideraba de paso, pero que se prolongaba ya por demasiado tiempo. No salía del atolladero y su vida se alborotaba entre vivir con las justas y carecer de futuro. Iba limpio, a la manera de los choferes de los 'bussing' de antaño, a sobrevivir en el infierno de las calles de Lima.
Si vas sentadito en tu auto, como lo haces tú, supongo, me dijo, debes odiar a los microbuseros y a los taxistas porque envenenan con su humo las avenidas por donde pasas, porque se te cruzan intempestivamente, porque van despacio cuando andan detectando pasajeros o muy rápido cuando desean cambiarlos por otros. Ves las carreras que se hacen los micros. Contemplas las destartaladas unidades que hace tres décadas transportaban niñitos de colegio por las praderas de Iowa. Ves unas caras irritadas que hacen 30 soles diarios y, lo peor de todo, intuyes cómo es que te miran a ti, tan bañadito, tan apegadito a las reglas de tránsito, como si vivieras en Suiza, pelotudo, con las ventanas cerradas, con tu correa de seguridad bien colocada, recordándoles con la mirada el letrerito de no tocar la bocina, por favor, que han puesto en Miraflores, porque en estas calles de la ira, me lo recordó, todos nos llamamos Ishua, entiéndelo, y nos insultamos como si fuera una terapia de sobrevivencia, nos la embalamos o nos perseguimos. Es el precio que debemos pagar por vivir en esta ciudad de autos del año y de pura chatarra, que nos arrebata horas sagradas, porque mírame a la cara, pituquito, te va a decir, mira lo que hago: me la paso sentado en este carro alquilado, o de 'palanca' de micro, o gritándole a la gente que suba, tocando la bocina de pura rabia. O sea que muévete, zafa, oeh.