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Punto de vista

Crónica de pedaleos y pataleos

Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador *

Cuando era chico, los videojuegos nos retaban a rebotar una pelota contra ladrillos o a dispararle a asteroides lentos como medusas. No se acercaban ni por asomo a las vertiginosas aventuras de hoy y, quizá por ello, salir en bicicleta era todavía una de nuestras actividades favoritas. En mi barrio, nuestro circuito favorito era un polvoriento proyecto de parque en el que los urbanistas habían dejado unos montículos de tierra. Tomábamos impulso para llegar a las cimas y, ya en el aire, nos imaginábamos motocrosistas rumbo a las nubes.

Hace unos años, un amigo me comentó que él y sus amigos habían descubierto cerca de sus casas un recurso parecido, solo que más espectacular: tanto como para creerse Evel Knievel. Tenía tierra y senderos ascendentes. "Pucha --pensé-- ¿qué cerro tan cerca de su barrio podría ser aquel paraíso del riesgo en bicicleta?". Se refería a la huaca Pucllana, en Miraflores.

¿Qué ocurrió con ese lugar en estos últimos 30 años? Sin duda, un viraje a un criterio más moderno de conservación. Una concepción que la población de Cusco no termina de entender, según la marcha de la que fui testigo cuando estuve en dicha ciudad hace unos días. Un mar de gente había tomado las calles principales maldiciendo la Ley 29164 que permite la inversión privada alrededor de los monumentos históricos. "¡Cusco es para los cusqueños! ¡Fuera limeños de aquí! ¡No vendamos Machu Picchu!". Fue en ese momento que recordé el relato de mi amigo y me dije: los cusqueños están protestando, sin saberlo, contra aquel modelo que convirtió al cerrito de mi amigo en la celebrada huaca Pucllana de hoy.

Este enfoque, que empezó en 1981 como un convenio de cooperación entre el Instituto Nacional de Cultura y la Municipalidad de Miraflores, fue coronado hace seis años con la inauguración del restaurante que funciona dentro del complejo arqueológico. El 6% de sus ventas se entrega a la municipalidad para la recuperación del monumento. ¿Pero bastaría con enseñarle a los habitantes del Cusco las bondades de este ejemplo para que cambien de parecer?

Debo confesar algo: mientras veía vociferar a los marchantes cusqueños, el cliché de que la ignorancia es atrevida rondó mi cabeza. Pero pronto me di cuenta de que el problema de esta marcha, más que la ignorancia, era la desconfianza. Probablemente, Cusco sea el lugar donde más campea este sentimiento. Desde que nacen, a sus habitantes les machacan de qué forma su oro y grandeza fueron arrasados por el extranjero invasor hace cinco siglos, y para cualquier autoridad astuta no es difícil aprovechar, a favor de su poder, esa concepción instalada en las mentes de sus paisanos.

Viendo las cosas así, me queda claro que toda reforma que implique rozar el patrimonio cusqueño implicará una estrategia fina de comunicación selectiva con acuerdos políticos anticipados. Pero más claro aún es lo siguiente: mientras que a los niños del Cusco se les siga enseñando la historia desde el ángulo del resentimiento, esa región tan hermosa jamás tendrá una mentalidad acorde con el mundo moderno.

* www.toronja.com.pe

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