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A PROPÓSITO DE SU ÚLTIMA NOVELA

Encuentro con Enrique Congrains

Aunque publicó solamente tres libros entre 1954 y 1957, sus cuentos (Lima, hora cero) y su novela (No una, sino muchas muertes) se han seguido leyendo hasta hoy y figuran en casi todas las antologías. Instalado en Bolivia y alejado mucho tiempo del Perú, Enrique Congrains vuelve a la literatura con una ambiciosa novela, El narrador de historias (PetroPerú), una apasionante intriga futurista.

Por Enrique Sánchez Hernani

 -¿Tuvo usted vínculos con sus compañeros de la generación del cincuenta?
 -Nunca conocí a Julio Ramón Ribeyro, quien ya estaba instalado en Francia. Fui el primero que editó un libro suyo "Los gallinazos sin plumas", pero todo se hizo a través de su hermano Antonio, quien de hecho era su representante. Con Mario Vargas Llosa no estuvimos juntos más de cuatro o cinco veces. De todos, creo que los menos "bohemios" éramos Mario y yo. Pero el que tenía más calor humano, y una sensibilidad como a flor de piel, era Eleodoro Vargas Vicuña. Pero no se nos debe ver como un grupo de "narradores". Los poetas eran tantos o más que los "cuentistas".

-¿A quién recuerda de los poetas?
-A Washington Delgado, quien vivía en La Victoria y que me enseñó a no abusar del "que"; a Pablo Guevara, tanto o más emotivo que Vargas Vicuña; y a Alejandro Romualdo, desde entonces muy "ideologizante". De Carlos Eduardo Zavaleta rememoro que, ante todos nosotros, aparecía como el más erudito. En este grupo de jóvenes cercanos a la literatura, también debo mencionar a Luis Loayza, a Abelardo Oquendo, y a nuestro gran mentor: el librero Juan Mejía Baca, obviamente unos veinte o treinta años mayor que todos nosotros. Y ahora voy a decir algo interesante: creo que ninguno de nosotros nos imaginábamos que a la vuelta de unas décadas íbamos a tener nuestro "cierto grado de importancia".

-¿Usted tuvo entonces alguna actividad política, no es cierto?
-Mi inserción en la política se debió a que trabé amistad con Ismael Frías. Y a través de él empecé a militar en uno de los tantos micro partidos trotskistas del Perú. Ismael era un joven tremendamente culto, literariamente culto, aparte de ser un gran organizador, y estoy hablando del Ismael Frías de 1960. Su gran tema era Proust, el sumum para él. Después rompimos políticamente, y poco a poco Ismael fue derivando hacia posiciones que a él mismo le hubieran causado horror cuando tenía menos de treinta años.

-¿A qué se debió su silencio literario durante 50 años?
-A que me dediqué a ganarme la vida como editor. Pero en esos cincuenta años habré escrito más de cien libros (muy pocos de ellos firmados por mí) y que eran libros de "interés general", mercadería impresa hecha para vender, aunque siempre procuré (dentro de ese género) ofrecer la mejor redacción, el mejor diseño.

-¿Por qué lo rompe hoy?
-Lo he roto exactamente como lo confiesa mi personaje, Cayetano Cómpanis, el "narrador de historias", en un amanecer de cuitas profundas que le hace a su compañera, Nanda. Es decir, durante estos cincuenta años he vivido con el dolor de haber dejado mi verdadera vocación, y con la tentación de volver a esta "patria" que estoy tratando de rescatar para mí mismo (uno escribe para sí) y para unos pocos pero cada vez mejores lectores.

-Como lector, ¿siguió el proceso de la narrativa peruana? ¿Qué autores le interesan?
-Por supuesto que he seguido el proceso literario peruano, pero con muchas lagunas, que cada vez estoy tratando de llenar. El autor peruano que me parece que está más "sumergido" es Gregorio Martínez, por el simple hecho de que su editor no reedita Canto de sirena, libro que sólo se consigue en bibliotecas públicas y en algunos huariques de Quilca y Camaná.

-¿Qué autores cree están sobrevalorados?
-No me parece elegante mencionar ningún nombre, que de eso se ocupen los críticos literarios. Pero creo que todos los escritores peruanos, y muy al margen de la posición política que sea, estamos en deuda impagable con Mario Vargas Llosa, porque tal vez sin querer Mario implantó valor a la marca "escritor peruano". Además, Mario le pone a todos los escritores peruanos una "varilla" muy alta, pero esa misma "varilla" nos sirve, porque ahí tenemos un referente a tratar de igualar. Políticamente Mario Vargas Llosa y yo estamos en mundos distintos, pero eso no tiene nada que ver con el mutuo aprecio.

-¿Por qué se fue del país y decidió vivir fuera?
-Me fui del Perú y recorrí Latinoamérica de arriba abajo para ganarme la vida, y también por inquietud, por "hormigas en los pies", aunque mis permanencias han sido muy prolongadas: sólo entre Venezuela, Colombia y Bolivia, sumando, puedo haber vivido cerca de cuarenta años. Entre mis veinte años y mis actuales setenta y cinco, en el Perú, y acumulando diversas estadías cortas, no he vivido más de siete u ocho años. Por eso es que me siento tan irrevocablemente peruano como legítimamente latinoamericano.

-¿En Bolivia, donde vive, hace vida literaria?
-En Bolivia mi vida literaria o pública se reduce a menos cero. Soy un perfecto desconocido y así me siento muy bien.

-¿Qué extraña del Perú?
-Viviendo fuera, lo que más extraño es perderme el proceso de cambio permanente que vive mi país. En un plano muy personal, mis hijos y nietos, y en un plano absolutamente sensual no disfrutar todos los santos días de la comida peruana.

-Usted aún se considera un hombre de izquierda. Muchos piensan que eso, hoy, es un anacronismo.
-Yo no me considero un hombre de izquierda. Yo soy un hombre de izquierda. Me siento plenamente orgulloso de ser un peruano de izquierda. Para mí ser de derecha, entre muchas otras posturas, es aceptar las consecuencias de la guerra que España libró, circa 1530, contra nuestro país. Guerra que mi país, desgraciadamente, perdió. Y mi país sufrió una derrota tan aplastante (gracias a la pólvora, gracias a los perros carniceros, gracias al hierro y al caballo, gracias a miles de indígenas centroamericanos que trajeron como carne de cañón, y gracias también a la religión), de modo que los vencidos de entonces, a través de sus actuales descendientes, siguen siendo, como me hubiera aceptado José María Arguedas, "los peruanos de abajo".

-¿Se subleva contra algo?
-Si los lectores prefieren que hable con un lenguaje muy actual, diré: el grueso de la clase A está conformado por descendientes de europeos; y el grueso de la clase C y D está conformado por los que llegaron a estas tierras hace diez o quince mil años. Los descendientes de los peruanos que inventaron los andenes y los puquios, de los que domesticaron los camélidos, y la papa, ellos, absurdamente, son los "perdedores" desde hace cinco siglos. Contra esa aberrante injusticia me sublevo, aunque sea una sublevación personal, y hasta puramente retórica.

-¿Usted ha mantenido vínculos con la política activa?
-No mantengo vínculo alguno con ninguna organización de izquierda. Simpatías sí, que es algo totalmente diferente. Pero quienes llevarán al Perú por caminos más igualitarios, es decir, más humanos, son personas que en este momento están aprendiendo a gatear o que están cursando los primeros años de la educación básica.

-¿Cómo surgió la idea de escribir El narrador de historias?
-Como he empollado El narrador de historias durante cerca de diez años, ya ni me acuerdo cuál fue la punta del ovillo. En cambio, de lo que sí me acuerdo es que quería escribir una novela latinoamericana. Pero para poder hacerlo, en 1997, me despedí de la temática limeña, a través de una obra menor, Gallinita portahuevos, una historia de brevísima extensión, casi un libro objeto, para mí un "juguete literario", y que aun se encuentra inédito. Saldrá para la Feria del Libro de julio de este año, y saldrá como lo que es: una obra menor.

-¿Usted le da a leer sus manuscritos a alguna persona?
-Se los doy a leer a mi esposa, a mi hija, a algunos pocos amigos, pero en última instancia, lo que escribo lo dejo madurar o reposar, y luego lo leo como si lo hubiese escrito otro autor. Soy obsesivo corrigiendo. Corregir cuesta diez veces más trabajo que escribir.

-¿Se sigue considerando parte de la tradición literaria peruana?
-Gracias a que en todas las antologías aparece El niño de junto al cielo, sí, a las buenas o a las malas soy leído por ese cuento. Luego, la versión cinematográfica que hizo Francisco Lombardi de No una, sino muchas muertes, fue, lo que se dice, un espaldarazo. Y ahora he vuelto a reingresar a la literatura peruana, pero no como referente, sino como actor que reaparece con tres libros, y ojalá que el cuero me dé para otros más.

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