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ENSAYO

La insoportable choledad del ser (peruano)

Nos habíamos choleado tanto, de Jorge Bruce

Por Joel Calero

El psicoanalista Jorge Bruce ha llamado la atención, en repetidas ocasiones, sobre la ausencia de algún tipo de sanción, de parte de nuestra sociedad, frente a los agravios racistas que profirieron, hace algunos meses, un presidente del congreso -y ahora ministro- y un conocido entrevistador dominical contra conciudadanos nuestros de origen andino. Para Bruce, esa impunidad demuestra lo que él denomina la "carencia de antídotos sociales contra la peste racista". La peste racista peruana, agregaríamos, pues, como el autor se encarga de esclarecer a lo largo de los cuatro capítulos que conforman este estudio, el racismo peruano es uno muy sui generis, debido a múltiples razones donde se enhebran los avatares de nuestra historia. En ese contexto, este libro se aboca a la labor de desmontaje y explicitación de los mecanismos psíquicos y sociales que subyacen a nuestro acto racista por antonomasia, el choleo.

Su primera virtud es su deliberada claridad expositiva que, alejándose de esa usual opacidad de algunos escritos psicoanalíticos, lo acerca a un público amplio. Esa transparencia es, además, la metáfora de otra: hablar claro y directo sobre un tema que los peruanos -incluidos sus psicoanalistas, al decir del autor- han venido esquivando como gato panza arriba. Ese silencio, en sus vertientes de pudorosa discreción o hipocresía, deviene síntoma, pozo de sentido. Y, sobre eso, el psicoanálisis tiene mucho que decir.

El término resentido social forma parte de nuestro lenguaje cotidiano. Hace referencia a la sensación de injusticia, agravio y envidia que sienten quienes padecen discriminación. Por su parte, quienes ejercen esta discriminación experimentan, aunque inconfesadamente, un cierto nivel de remordimiento. En ese arco que forman estos dos sentimientos -resentimiento y remordimiento-, queda entrampada, según el autor, toda posibilidad de elaboración de ese bolo indigesto que es la discriminación racial. A ese entrampamiento pertenecen términos tan aparentemente bien intencionados como mestizaje, que desde su coartada ideológica -o su espejismo-, pretenden invisibilizar las agonías -en el sentido de conflictos dolorosos- que se producen en este laberinto de pigmentos y afectos. Por eso, Bruce sugiere que el concepto "racialización" da mejor cuenta de eso que llamamos racismo, pues pone el énfasis en ese activo proceso mediante el cual los peruanos vivimos mapeando racialmente a nuestro entorno y a nosotros mismos. Y lo hacemos con un dinamismo y un desasosiego de aguas movedizas en los que, a cada tanto, nuestras seguridades están a punto de zozobrar en esta incesante cartografía de la exclusión.

El capítulo 3, "La racialización de la cuestión estética", debería ser de lectura obligatoria para todo estudiante de Publicidad, porque evidencia su responsabilidad ética en la construcción de imaginarios y representaciones nacionales. Acaso porque estamos familiarizados (o contaminados) con la atmósfera de psicopatología social que implica el hecho de que, en un país como el nuestro, la publicidad nos represente como si fuéramos un país nórdico, es que no reparamos, como se debería, en ese rasgo esquizofrenógeno que ello implica. El endeble argumento de que responde a una publicidad "aspiracional" no resiste el menor análisis y se estrella contra la composición racial del país. Gustavo Rodríguez, el reconocido publicista (citado en el texto) lo dice así: "¿Qué tipo de resentimiento se irá acumulando día a día, a nivel inconsciente, en una chiquilla de Canto Grande que en toda avenida, esquina y centro comercial nunca ve de sí un pelo en aquello que los anunciantes dictan como deseable?". En tiempos en los que la ecología nos incentiva a tomar conciencia del impacto negativo que la irresponsabilidad empresarial puede producir en vegetales y animales, resulta revelador que no se discuta (y combata) con mayor energía, desde una plausible "Ecología del espíritu", el efecto dañino y el sufrimiento que cierta publicidad inflige sobre la autoestima de un país y sus habitantes. Por ello no resulta exagerado afirmar que proseguir en esa ideología publicitaria "aspiracional", a estas alturas, puede devenir en perverso o irresponsable que, para el caso, es lo mismo.

Pero eso que ocurre en el espacio compartido de nuestras calles y avenidas discurre también en los pasadizos interiores de los peruanos. Para ilustrarlo, el autor comparte con sus lectores algunas viñetas clínicas que revelan el alto voltaje de nuestros afectos raciales en nuestra (in)felicidad cotidiana, y la dificultad -y resistencia- de los propios terapeutas para abordar esos temas. Sin embargo, ese tránsito es ineludible pues "para poder llegar al fondo de las cosas, no pueden darse el lujo de ahorrarse el paso por esa encrucijada de todas las identidades, de todos los vínculos sociales, que es el racismo en el Perú".

Por todo lo descrito, el reto mayor de este texto es convertirse en uno de esos antídotos que ayuden a desbaratar esta enfermedad racista que es, a todas luces, la dolencia mayor de la nación peruana, su herida infecta, su queloide.

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