Por Pedro Ortiz Bisso
Aunque no suene políticamente correcto, la historia de nuestro Perú nos ha enseñado a ser pesimistas. Por eso no ha sido una sorpresa comprobar que seis meses después del terremoto que asoló Pisco y otras localidades del país, sea poco lo que se haya avanzado en la reconstrucción.
Aún quedan miles de toneladas de escombros por recoger, muy pocas viviendas han vuelto a levantarse, las quejas por falta de apoyo estatal no disminuyen, amén de las denuncias de corrupción por el tráfico con las donaciones. Lo poco que se ha avanzado ha sido posible gracias al esfuerzo de los propios damnificados y la acción de diversas organizaciones sociales y la empresa privada.
Levantar de la nada una ciudad demanda tiempo, las soluciones integrales no son rápidas. Sin embargo, se hubiera podido avanzar más si el Gobierno hubiera tenido la voluntad política de tomar una serie de medidas para hacer vulnerable la burocracia inmovilista, si ciertas autoridades locales hubiesen olvidado sus intereses particulares y si el Forsur, en lugar de enfrascarse en inútiles disputas verbales con sus críticos, hubiese comunicado mejor el papel que desempeña y adoptado una real posición proactiva.
Dentro de todo, iqueños, limeños, huancavelicanos y los demás afectados tienen la fortuna de que el desastre del pasado 15 de agosto aún no se haya olvidado y que la presión de la opinión pública para hacer realidad la reconstrucción no haya decrecido. Distinta suerte han tenido, por ejemplo, los camanejos, cuya situación no ha variado sustantivamente luego del sismo y el maretazo que hace casi siete años estuvo a punto de borrarlos del mapa.
Aquella vez también se organizaron campañas de solidaridad y el Gobierno de entonces nombró una entidad encargada de canalizar las medidas a favor de su recuperación. Pero conforme la tragedia dejó de aparecer en las primeras planas, el interés estatal se diluyó y hoy los camanejos intentan continuar con sus vidas desgarrados por el olvido.
No es justo que Pisco sufra por la incompetencia de unos cuantos burócratas y políticos de medio pelo que a pesar de la emergencia buscan llevar agua para su molino. No es justo que las conmovedoras demostraciones de solidaridad que surgieron en el país y en el exterior, a través de colectas de dinero, donaciones de alimentos y carpas, así como multitudinarios espectáculos, no tengan su correlato en acciones efectivas, que le muestren a las víctimas que existe un derrotero preciso y que a pesar del dolor que aún los invade, podrán mirar el futuro con algo más que una simple esperanza.