Una ministra jugó carnavales la semana pasada e inmediatamente nos hizo pensar en otros políticos que también terminaron mojados y embarrados, aunque sin proponérselo
Por Renato Cisneros
En medio del alboroto de toda la chiquillada del Puericultorio Pérez Araníbar, Susana Pinilla era una niña más: una chibola de 10 años atrapada temporalmente en un cuerpo adulto.
Despojada de su elegante sastre de ministra de la Mujer y Desarrollo Social, plantada en medio del patio con un buzo y una camiseta manga cero, Pinilla blandía chisguetes a dos manos, soportaba risueñamente el estallido de los globos de agua y --agitando el pelo mojado, como en un comercial de champú-- se convertía en la reina inobjetable de un entusiasta carnaval. Un carnaval popular que, engalanado con su glamorosa presencia, ya parecía un 'luau' de verano.
Eso ocurrió el martes pasado y las imágenes fueron la delicia de todos los noticieros de la noche. Era la escena divertida, e involuntariamente demagógica, que a cualquier político le hubiera encantado protagonizar.
Lamentablemente, al establecer contacto con la gente, no todos los altos funcionarios del Estado pueden ser tan encantadores ni espontáneos como la ministra Pinilla. De hecho, hay varios políticos que en algún momento de sus carreras, en el intento de atraer simpatizantes, vivieron otro tipo de carnavales, unos menos inocentes y juguetones, aunque igualmente inolvidables.
PINTURA PARA JAVIER
"Fue el único mes de estupidez que he tenido en la vida". Así se defiende Javier Valle Riestra cuando uno le pregunta por qué aceptó ser primer ministro de Alberto Fujimori en 1998. El reconocido aprista duró apenas un mes y medio en el cargo, un tiempo breve que, sin embargo, bastó para que viviera los más impensables episodios. Uno de ellos --el que concierne a esta nota-- ocurrió el 11 de junio de ese año. Cientos de universitarios que protestaban contra el régimen fujimorista llegaron hasta la Plaza Mayor. Luego caminaron hacia el Paseo de los Héroes Navales. Antes, en la esquina con el jirón Miguel Aljovín, ocurrió un incidente. Entonces serían las 4 de la tarde. Valle Riestra, confiando en su carisma, se presentó en el lugar para intentar calmar a la turba de jóvenes y para garantizarles que no sufrirían represiones de parte de la policía. Tremendo chasco se llevó el jurista cuando los feroces estudiantes empezaron a silbarlo, a lanzarle insultos y hasta una piedra que le causó una herida en la frente. En plena batahola, un protestante avezado se acercó a Valle Riestra y le arrojó pintura roja sobre la cabeza, tiñéndole gratuitamente las canas. Don Javier soportó la afrenta con estoicismo, se limpió la cara pintarrajeada con el antebrazo, y se marchó del escenario tratando de no perder la dignidad.
TORTAS 'POPY'
Este tampoco fue un carnaval de febrero, sino de julio. Ocurrió un mediodía de julio de 1999, para ser precisos. El entonces congresista Fernando Olivera salía apurado del Congreso y se encontró, cara a cara, con una mancha de quince mujeres apristas que lo estaban esperando y que habían llegado hasta allí camufladas entre los manifestantes de una marcha estudiantil.
Las señoras --integrantes de un colectivo denominado Alan Vuelve-- habían visto un día antes a Olivera en televisión practicando su deporte favorito: insultar a Alan García durante media hora.
Fue ahí que decidieron sancionar los excesos verbales del líder del FIM con un tortazo público. Pasaron toda la noche preparando el arma-potaje y al día siguiente acudieron al frontis del Parlamento. Cuando Olivera salió, la señora Faría Espinoza pidió la torta, la colocó en sus brazos y, tras un pique de escasos centímetros, --¡plaf!-- la aventó hacia el rostro de 'Popy' con una precisión matemática.
Con el cutis cubierto por una grumosa máscara de crema chantillí, Olivera quedó petrificado como un mimo delante de las cámaras. "No me molestó; además estaba riquísima", diría horas más tarde, chupándose los mismos célebres dedos índices que años después agitaría delante de la prensa.
LAS PIEDRAS DE 'LULÚ'
Este fue un carnaval excesivo, iracundo, violento. Sucedió en marzo del 2006 y la piñata de la fiesta fue doña Lourdes Flores Nano, en ese momento aspirante presidencial por Unidad Nacional.
Arrastrando el pesado cartelito de 'candidata de los ricos' que le endilgaron los apristas, Lourdes dedicó el último tramo de su campaña a visitar las plazas de la sierra central, donde su discurso no había calado. La más dura de todas fue Huancavelica.
Camino a esa ciudad, en la localidad de Izcuchaca, algunos pobladores le hicieron sentir su rechazo, pero de modo pacífico. Pero poco después, entrando a la Plaza de Armas, la multitud la recibió con evidente hostilidad. Parada en la tolva de una camioneta que avanzaba lentamente, y rodeada de unos pocos agentes de seguridad, Lourdes vio venir una lluvia de objetos, en la que destacaban notoriamente piedras y botellas. El estruendoso grito de "Ollanta, presidente" completaba la intimidante atmósfera. Tras sobrevivir al apanado, Flores Nano dirigió un discurso que, como se esperaba, fue permanentemente interrumpido por las pifias.
SOLES SON AMORES
Pintoresco, pero al mismo tiempo penoso. Así podría definirse ese carnaval en el que acabó convertida la juramentación de los congresistas en julio del 2000.
Desde las galerías, las pullas, los gritos de desprecio y abucheos parecían no hacer mella en algunos congresistas, sobre todo los tránsfugas, que ponían su mano derecha sobre la Biblia y juraban con frases y actitudes de lo más estrafalarias. Uno de ellos, Waldo Ríos (FIM), incluso llevó una enorme cruz hasta el Parlamento, en un gesto que pasó por ridículo antes que por estratégico o simbólico.
Pero si esa escena adoptó matices carnavalescos fue por la obscena lluvia de monedas que, a manera de sanción social, cayó sobre algunos padres de la patria. El primero en recibir la metralla de metal fue el ex alcalde de Arequipa Luis Cáceres Velásquez, hijo ortopédico de Perú 2000 y cariñosamente conocido como 'el padrino de los tránsfugas'. Cuando vio venir las monedas, Cáceres se detuvo a recoger un puñado de ellas para lanzarlas de regreso a la tribuna. A su hijo Róger Cáceres también le cayeron monedas, solo que confundidas en un aluvión de pelotitas de papel. El último en soportar tan singular agasajo fue Eduardo Farah, quien pagó así la enorme vergüenza de haber pasado a Perú 2000 luego de integrar la plancha presidencial nada menos que de Solidaridad Nacional.
PROTESTAS A MEDIAS
En junio de 1991 se produjo otro hecho digno de una avanzada juerga carnavalesca. Ricardo Letts Colmenares, por esa fecha revoltoso diputado del PUM, encabezaba una marcha de huelguistas de construcción civil rumbo a Palacio de Gobierno.
Como era natural, la policía les salió al frente con todo su arsenal de cachiporras y gases lacrimógenos. Pero eso no bastó para frenar a las huestes de Letts. Se tuvo que recurrir a los rochabuses, los famosos 'pinochitos', esos camiones que se utilizan para romper manifestaciones a punta de latigazos de agua. Fue precisamente uno de esos que acribilló a Letts con un chorro potentísimo, dejándolo absorto y empapado en medio de la calle.
Mojado hasta los calzoncillos, el diputado se olvidó de la marcha y se fue a sentar en una de las escalinatas de Palacio, donde procedió a quitarse los zapatos y luego las medias, las cuales exprimiría delante de los fotógrafos.
En el último tiempo ha habido decenas de situaciones como estas. (De hecho, también podríamos mencionar el huevo que, convertido en proyectil, reventó en la cara de Alan García durante su visita al Cusco en la contienda electoral 2006).
Hecho el repaso, hay una idea que subyace a este conjunto de momentos tragicómicos: si bien la política aspira a ser el espacio del debate serio y la confrontación alturada, hay políticos a los que muchas veces provoca meterles un certero tomatazo.
Prado y la suspensión de los juegos
Aunque hoy los carnavales son muchas veces un show pandillero, en el pasado --años 30 y 40-- tenían un prestigio ganado y los políticos se sumaban a los festejos con total naturalidad.
En la década de los 50, sin embargo, cuando ya empezaron a convertirse en fiestas callejeras, las autoridades actuaron radicalmente. Antes de 1958, por ejemplo, los alcaldes prohibían los juegos con agua y permitían solo el carnaval seco, para tratar de evitar que los más laberintosos puedan cometer la osadía de bañar a una dama encopetada o a un almidonado señorito delante de todo el mundo.
En el año 58, la violencia del carnaval tuvo su máxima expresión y acabó en tragedia. Los servicios se detuvieron, nadie quería salir de sus casas por miedo a las turbas callejeras que atacaban a los transeúntes con matacholas, piedras o palos.
El 14 de febrero de ese año, el entonces presidente, Manuel Prado, con el Decreto Supremo 348, ordenó que se suprimiera todo juego de carnaval en el territorio de la República a partir del año siguiente, es decir, 1959. El jueves pasado la resolución cumplió 50 años, pero, como es evidente, no se le ha hecho mucho caso.