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Rincón del autor

Solo decencia

Mujer de fe, coraje y paz, siempre respetuosa de los demás. No acumuló poder, ni fama ni dinero y no conocía la envidia ni la competencia

Por Beatriz Boza

¿No siente, a veces, que vivimos en un mundo que anda acelerado y, con frecuencia, angustiado? La velocidad de los cambios en todos los aspectos de la vida hoy es impresionante. Lo vemos a diario en las noticias, la moda, la tecnología, la competencia empresarial, los conocimientos, la cantidad de información de fácil acceso, la política internacional, las telecomunicaciones, la situación del país y el desarrollo de los jóvenes. Parecería que ya no solo al que se duerme se lo lleva la corriente, sino al que parpadea. Por eso, nos estamos acostumbrando a querer todo al toque, a querer siempre más y que todo siempre sea mejor. ¡Qué efecto tiene esto en nosotros? ¿Qué estamos perdiendo de vista con ello? ¿Es posible que estemos perdiendo algo valioso en el proceso?

Hortensia Tola lo tenía muy claro y me hizo entenderlo. Una gran mujer. Nunca manejó, no usaba celular, ni computadora o DVD porque ella era de comienzos del siglo pasado. No vestía productos de marca y, sin embargo, se la veía bien vestida, siempre limpia, sobria, ordenada, clásica. Era una mujer muy culta y cultivada. Nunca se casó ni tuvo hijos y no la tuvo fácil en la vida. Le tocó cuidar a sus padres y se ganó la vida tejiendo unas chompas muy lindas, hasta que la competencia china y los grandes almacenes abarataron tanto los precios que ya no le era rentable producir con sus manos.

Mujer de fe, coraje y paz, siempre respetuosa de los demás. No acumuló poder, ni fama ni dinero y no conocía la envidia ni la competencia. Llevaba una vida poco notoria y, quizás para algunos, incluso intrascendente. Se alegraba con los éxitos de los demás, y regalaba siempre sonrisas y parabienes. Se consideraba muy afortunada porque había cultivado verdaderas amistades. Era tía de cariño y hacía gala del término. Recién a la vejez descubrió los donuts, porque no le hacían doler la dentadura postiza. Era feliz y agradecía a Dios la vida que le había tocado vivir. Su repentina muerte, la semana pasada, me ha hecho poner en perspectiva el legado tan valioso que nos deja a quienes la conocimos: su decencia. Murió en paz, sin molestar a nadie y supo vivir feliz. Hortensia me recuerda lo fácil que es ser feliz y lo difícil que nos resulta lograrlo. Esta semana he visto con claridad cómo la vorágine del día a día muchas veces me hace perder eso que para Hortensia era obvio, inocencia y perspectiva.

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