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Petróleo sangriento

Por Alberto Servat

Solamente Paul Thomas Anderson era capaz de revitalizar el espíritu de aquella inclasificable saga sobre la génesis del poder del petróleo en Estados Unidos que Upton Sinclair publicó en 1927 con el título de "Oil!".

Sin alterar el sentido del relato, las dimensiones de la tragedia y la dureza en la ilustración de la formación del espíritu estadounidense, Anderson nos ofrece "Petróleo sangriento" ("There Will Be Blood") y le devuelve actualidad imprimiendo su propia huella. Lo que no es fácil, considerando el tremendo peso del autor literario.

Upton Sinclair (1868-1978) gozó de tremenda popularidad en la primera mitad del siglo XX. Sabía perfectamente que sus lectores celebraban las dimensiones épicas de sus novelas y no precisamente la conciencia o el sentido crítico de sus puntos de vista. En camino inverso, Paul Thomas Anderson hace suyas esas ideas, las arranca del relato y las convierte en imágenes capaces de hablarnos por sí solas como sucede en los prodigiosos primeros 15 minutos del filme, totalmente visuales y sin una palabra más allá del llanto de un niño.

Comienza así el realizador a explorar en sus propias condiciones de narrador de cuentos, trasciende un material ajeno y aporta su propia técnica, sensibilidad y estilo. De allí que el filme sea enteramente suyo.

Esta es la quinta película de Paul Thomas Anderson y me atrevería a decir que posiblemente es, pese a tratarse de la más lineal en términos narrativos, la más audaz. Y lo es porque aparentemente se apoya en una estructura convencional --la temática de la historia, su desarrollo cronológico, la ausencia de situaciones fantásticas, etc.-- para luego experimentar con la duración de los planos, el punto de vista de las escenas, la ubicación de la cámara e incluso con el significado de las palabras.

En la secuencia del incendio del pozo petrolero, por ejemplo, grafica, perfectamente, su capacidad no solo en el plano de la narración de una historia, sino también en la creación de la atmósfera y los niveles de expresión artística que van más allá de su propio medio.

Se vale de la extraordinaria fotografía de Robert Elswit, que nunca pretende ser "artística" o "bella", para enfatizar las sensaciones de terror y peligro, pero también de grandeza y glorificación. Pero la imagen va de la mano con el sonido, y acude en su ayuda la partitura musical de Jonny Greenwod para crear tensión. Una banda sonora que me trae a la mente la música de Aaron Copland, capaz de contarnos con notas musicales la creación de América.

Otro aspecto valioso en la apuesta de Anderson es que, pese a su visión crítica del momento histórico que ilustra, no ofrece juicios de valor sobre sus personajes y sus actos. Si bien uno puede sentir rechazo por lo que ellos hacen o dejan de hacer en la pantalla, el realizador es más bien frío y no enfatiza con tonos melodramá-ticos o melodías musicales recurrentes. Toma la posición más bien de un ordenador del caos y desciende a crear un universo aparentemente ordenado. Solo aparentemente.

Para entonces ya sabemos que el peso entero de la historia está sobre los hombros de un ser despiadado e infatigable, Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis). Un hombre capaz de sobreponerse a las situaciones más extremas de resistencia física y emocional en la búsqueda de sus metas, lo que acarrea la destrucción de su alma.

Anderson y Day-Lewis diseñan el personaje sabiendo que no serán los matices o las dudas morales lo que lo caractericen porque, simplemente, no los tiene. En vez, optan por enfatizar esa destrucción espiritual a través de su relación con quienes lo rodean: su hijo, el falso hermano y, sobre todo, con el predicador Sunday (excelente actuación de Paul Dano).

A través de los sentimientos que desarrolla por ellos es que vamos conociendo a este extraordinario personaje, en cuya vida las mujeres parecen no jugar ningún papel. "Petróleo sangriento" es su historia. De comienzo a fin. Por ello, parte del inexpresivo minero totalmente aislado del mundo en su búsqueda y sumergido en las grietas más profundas de la tierra. Y finaliza con al magnate alcoholizado totalmente aislado en la consolidación de su fortuna y sumergido en otro tipo de grietas, tal vez más profundas e inhóspitas.

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