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Crónica EL SUEÑO DEL PARTIDO PROPIO

El partido soy yo

Desde muy temprano --y cada vez con mayor regularidad-- la política peruana ha visto nacer y morir partidos de inspiración frágil que no han sobrevivido al hombre que los creó

Por Renato Cisneros

Un señor se despierta, se levanta y se arrastra hasta el baño. Se lava los dientes y, mientras se mira en el espejo, pensativo, todavía despeinado, se dice a sí mismo en voz alta, con firmeza, dándole un leve golpe al lavatorio: ¡hoy voy a fundar un partido!

Tal vez así, con la ligera resolución doméstica de quien decide iniciar una dieta o cambiar de 'look', muchos peruanos asumen el desafío de aventurarse en política. Como si se tratara de organizar un campamento o de armar un equipo de fulbito. La idea se le ocurre a uno, ese uno llama a dos o tres más, y listo.

La noticia difundida por la Oficina Nacional de Procesos Electorales hace unos días --acerca de que ya son 133 los grupos que han adquirido el 'kit' electoral, en la esperanza de convertirse en partido político y participar de los comicios del 2011-- invita a pensar que en el Perú cualquier persona que amanezca con algo de inspiración (y nada de ideología) puede constituir su propio movimiento.

Ahí tenemos, por ejemplo, a Isaac Humala (Partido Etnonacionalista), a Ciro Gálvez (Renacimiento Andino), a Carlos Torres Caro (Partido Demócrata Patriótico), a Carlos Enrique Cruz Garay (Bloque Patriótico), al artista folclórico Ambrosio Olórtegui (Perú 2011), o a Orlando Izquierdo (Partido Laboralista), por mencionar solo a seis.

Más allá de lo 'espontáneo' de sus propuestas, llama la atención que la gran mayoría de los movimientos que han tocado la puerta de la ONPE están centrados, no en proyectos, sino en personas, individuos sin los cuales la armazón partidaria se vendría abajo.

CASI UNA TRADICIÓN
Contra lo que pudiera pensarse, la costumbre de promover agrupaciones personalizadas no es reciente, sino más bien antigua. Para el analista Fernando Tuesta y el historiador Nelson Manrique hay cuatro claros antecedentes: los ex presidentes Leguía, Manuel Prado, Manuel Odría y Sánchez Cerro. El primero formó el Partido Democrático Reformista Peruano, que fue desarticulado a su muerte. Prado fundó el Movimiento Democrático Pradista y luego el Movimiento Democrático Peruano, pero sin él el pradismo quedó trunco. La misma suerte tuvo la Unión Nacional Odriísta, que expiró al morir Odría. Igual fue con Sánchez Cerro: su partido Unión Revolucionaria no supo sobrevivirlo.

"Los partidos tradicionales han trascendido a sus fundadores (Acción Popular, Apra, el mismo PPC), pero los partidos personalistas no, pues se unen por el carisma de una figura, no necesariamente por su pensamiento", dice Fernando Tuesta.

La política reciente está atiborrada de modelos igualmente frágiles. Los dos expertos consultados coinciden al recordar a dos líderes con éxito aunque sin mayor proyecto: Ricardo Belmont (Movimiento Obras) y el primer Alberto Fujimori (Cambio 90).

"El partido de Belmont era tan personalista que empezó llevando sus iniciales, RBC, antes de convertirse en Obras, y desapareció cuando Belmont se marchó de la política", apunta Tuesta.

Lo que muchos peruanos olvidamos es que si estos partidos personalizados tuvieron capacidad de convocatoria fue por la desastrosa gestión de los tradicionales. Al respecto, Nelson Manrique subraya un dato clave.

"En 1995, los partidos oficialmente habían desaparecido. En esas elecciones se dispuso que los partidos, para mantener su personería, debían obtener por lo menos el 4% del respaldo electoral. Eso no lo alcanzó ni el Apra, que quedó con el 2%".

Ese inmenso vacío permitió la aparición de las más diversas y esporádicas fórmulas, casi todas muy dependientes de un personaje central: Somos Lima y Somos Perú (Alberto Andrade), Perú Posible (Alejandro Toledo), el FIM (Fernando Olivera), Chim Pum Callao (Alex Kouri), Alianza para el Progreso (César Acuña), Solidaridad Nacional (Luis Castañeda) o Restauración Nacional (de Humberto Lay Sun, cuyo grupo siguió la misma naturaleza mística que el Frepap de Ezequiel Ataucusi).

"Si Toledo hubiera anunciado su retiro de la política, no habría más seguidores de Perú Posible", opina Tuesta.

También habría que mencionar a Unión por el Perú (UPP), que nació de la mano de Javier Pérez de Cuéllar antes de convertirse en el enorme signo de interrogación en que se ha convertido. Para el analista Álvaro Rojas, UPP es "una especie de gran combi abandonada a la cual se han subido personas que nunca estuvieron en el plan original".

Dos bichos raros dentro de todo este escenario son Izquierda Unida (cuyo accidentado devenir merecería una crónica aparte) y el Frenatraca. Mientras que el recuerdo de IU se puede asociar a muchos rostros, el movimiento arequipeño fue más bien producto de la gestión de un cónclave familiar: la dinastía de los Cáceres Velásquez, también llamados los 'Kennedy de Juliaca'.

FENÓMENOS CON PEGADA
Aunque el fujimorismo nació con Fujimori, la presencia de Keiko y hasta la de Kenyi disuaden a cualquier analista de afirmar tajantemente que el movimiento no sobrevivirá al líder.

"Lo que ocurre con el fujimorismo es que, debiendo ser un apestado de la política, sobrevive porque su alianza con el Apra lo ha blanqueado", asegura Manrique. "Si su discurso incluyera una tesis de gestión de gobierno, podría subsistir", acota Tuesta.

En el caso del humalismo, es difícil pronosticar su futuro divorciado del líder. ¿Cómo saber si la olla se mantendrá caliente cuando Ollanta ya no esté? Fernando Tuesta ve que el humalismo se ha colocado estratégicamente en el lado del pensamiento izquierdista, pero con un fraseo tan amplio, genérico y estandarizado que es fácil que tenga gran convocatoria. "A pesar de eso, todavía no hay elementos que nos lleven a pensar que esta es una agrupación que podría ir más allá de Humala", dice.

¿Por qué hay, pues, tantos llaneros solitarios que sueñan con un partido personal? Manrique lo explica así: "El débil desarrollo de la estructura de las sociedades latinoamericanas, con clases que no están bien definidas, no permite la constitución de partidos que sean expresión de intereses de grupos sociales definidos". Para él, en otros grupos sociales, donde las organizaciones son fuertes, existen varios movimientos programáticos.

A eso, Tuesta añade la idea de que en el Perú las leyes pretenden ser exigentes y rígidas, pero su aplicación es completamente laxa. "La ley de partidos del 2003 --que es la que creó más vallas-- hizo que en el 2006 haya 36 partidos. Eso es absurdo".

Quizá esta tendencia cambie cuando la ciudadanía comprenda que, para adecentar el Estado, no es necesario crear múltiples grupos nuevos e independientes, sino aprender a interactuar con los partidos organizados, enriqueciendo sus programas y fiscalizando a sus actores.

DEL CONSULTOR
ÁLVARO ROJAS SAMANEZ. Analista político

La historia sin fin
Teniendo como escenario la ONPE, empieza otra presentación del viejo melodrama político peruano : la compra de "kits" para inscripción de "nuevos" partidos. Se habla de 120 solicitudes, una cifra con tendencia a incrementarse próximamente.

El empeño por perpetuarse en un registro electoral no es hecho novedoso ni reciente. En la política peruana subsiste una vieja tradición : "caudillos" de insoportable levedad, enorme vanidad y sentido mesiánico (fundadores de organizaciones que nunca los sobreviven) coexisten con una realidad inconmensurable: la escasez de filtros para calificar la representación ciudadana. Los requisitos son formales, nada realistas y existentes únicamente en papel. Es un mundo poblado de firmas ( que pueden ser falsas), fantasmales idearios, relación de adherentes que suelen provenir de hostales al paso, con locales en provincia que en verdad son talleres automotrices o terrenos baldíos.

Gracias a esa inexistente formalidad, proliferan los "partidos combi" ( que llevan gente hacia un destino electivo --el Congreso, la región, el municipio-- desde donde es posible migrar, vía el todavía no reprimido 'transfugismo'. Esa no es una mala palabra sino un hecho vigente. Sus recientes protagonistas salieron del grupo congresal del 2006 . Lo paradójico es que existen propuestas para modificar la legislación y producir las normas que la ley de partidos prefirió evadir, desoyendo el excelente trabajo de una comisión parlamentaria lúcida, reemplazándolo con un dispositivo mediatizado que favorece a pocos y permite ese triste espectáculo en el que decenas de solicitantes de inscripciones buscan "por Dios y por la plata" ingresar a la historia sin fin de la política peruana.

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