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LIBROS DEL CAPITÁN

Empiezan las clases

Por Jorge Eslava

Muchos profesores, imaginarios o reales, han dado vida a ficciones y memorias de escritores. De nuestra literatura es conocido el perfil que hace Ciro Alegría de César Vallejo, quien fue su profesor en primero de primaria. El propio Vallejo, durante su estadía en Europa, escribió dos cuentos de ambiente escolar; en "Paco Yunque", el más difundido, la presencia del profesor es irritante. En algunos cuentos de Diez Canseco, Izquierdo Ríos, Ribeyro y Bryce reconocemos buenos y no tan buenos maestros de escuela. Una parte significativa de la obra de Vargas Llosa está referida al colegio -Los jefes, Los cachorros y La ciudad y los perros- y en ella rondan maestros de variado jaez. Un libro ejemplar es Cinco para las nueve (Alfaguara, 1996), de Alonso Cueto, en cuyos relatos encontramos una amable galería de docentes. En la literatura universal, el escritor italiano Edmondo D'Amicis encarna un caso particular por su didactismo moral. Su novela Corazón (1886) es el diario de un niño que aún conmueve a sus lectores: "Para el dictado, (el maestro) bajó del estrado e iba pasando por entre los bancos. Viendo que un chico tenía la cara enrojecida y llena de granitos paró de dictar, se le acercó, le empinó un poco la cara y lo observó atentamente; después le preguntó qué le ocurría y le puso la mano en la frente para saber si la tenía caliente. Mientras tanto, un chico se puso de pie por detrás en su banco y empezó a hacer muecas y tonterías con las manos.

El maestro se volvió de repente y el chiquillo se sentó instantáneamente permaneciendo con la cabeza gacha en espera de la merecida reprimenda. Pero el señor Perboni sólo le puso una mano en la cabeza y le dijo: -No lo vuelvas a hacer. Y nada más. Volvió a la mesa y acabó de dictar."

No son los casos del profesor Terríbilis o de la señorita Trunchbull, personajes creados respectivamente por Gianni Rodari y Roald Dahl. En Cuentos escritos a máquina (1973) leemos la primera descripción: "Hoy el profesor Terríbilis es más alto de lo normal. Le sucede siempre eso los días de interrogatorio. Los estudiantes miden con miradas de precisión su estatura: ha crecido por lo menos veinticinco centímetros. Ha crecido tanto que se le ven los calcetines violetas al final de los pantalones." Mientras que Dahl describe en Matilda (1986) a la encantadora señorita Trunchbull: "Se trataba de un gigantesco ser terrorífico, un feroz monstruo tiránico que atemorizaba la vida de los alumnos y también de los profesores. Despedía un aire amenazador, aun a distancia, y cuando se acercaba a uno, casi podía notarse el peligroso calor que irradiaba, como si fuera una barra metálica al rojo vivo".

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