Por Martín Paredes Oporto
Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) ha escrito una nouvelle política ambiciosa en su concisión, con un lenguaje digresivo y un ritmo intenso. La historia se abre cuando el timbre del departamento suena y el protagonista, un niño argentino de cuatro años disfrazado de Superman, hijo de unos pioneros del divorcio, destroza la puerta-ventana del balcón, y empieza el testimonio del antihéroe hipersensible, dedicado a la lectura, al silencio y al descubrimiento del dolor: "el dolor es lo excepcional, y por eso es lo que no se soporta".
Como en un juego de espejos la historia personal del protagonista y su contexto político -los años 70 en la Argentina, el ascenso de Allende en Chile- se superponen y se confunden. Todo parece ocurrir simultáneamente, la infancia y la adolescencia, la ilusión y el desencanto. "Es un libro totalmente sobre el presente y está escrito en presente. De hecho, es el único tiempo verbal que hay en el libro. Todo pasa al mismo tiempo. Y, en ese sentido, la novela es muy psicodélica. Es el grado cero de la autobiografía", ha dicho Pauls en una entrevista. Y ha añadido que se trata de un testimonio que conocemos desde una tercera persona, transcrito por otro, en una narración a veces interrumpida por corchetes y puntos suspensivos, como zonas enigmáticas "que marcan el lugar de un texto que no está porque no se consideró pertinente".
A los trece años, el fallido Superman ya ha leído, comprendido y hasta objetado a los clásicos dei marxismo, ahorra para comprarse la nueva edición anotada de los Grundrisse de Marx y se estremece al esperar un nuevo número de La causa peronista, órgano oficial de la guerrilla montonera, su revista favorita. Es un marxista precoz, pero sensible. Lee antes de saber leer, escribe sin conocer el alfabeto, dibuja sin saber manejar el lápiz, ve y admira toda la obra de Kurosawa, menos Bondad humana, y llora con una capacidad extraordinaria ante el menor estímulo, siempre que su padre esté cerca. Con el llorar, compra la admiración de su padre. Es un pequeño monstruo, conciente de ser una especie de niño prodigio, y su padre, orgulloso, lo pasea como un trofeo lacrimógeno.
Pero el niño decide no llorar más y romper el lazo sentimental con el padre. Va a un pub a escuchar a un cantautor de protesta muy popular, al que él llama "Bondad humana", y descubre algo que lo llena de un terror maravillado: la náusea. Algo se derrumba dentro de él, en sus convicciones, como se derrumba el mito de Superman después de sus lecturas de Mattelart y Dorfman. "Entiende todo. Es quizás el gran acontecimiento político de su vida: eso que le revela la verdad de la causa por la que siempre ha militado es al mismo tiempo y para siempre lo que más le revuelve el estómago".
Su aversión a los uniformes ("en todo uniformado no ve una persona sino dos, al menos dos y que se oponen, una que promete seguridad y otra que roba y viola a punta de pistola, una que vigila las fronteras de la patria y otra que saquea y extermina con la escarapela en el pecho, una que bendice y reconforta y otra que se hace pajear por monaguillos en el confesionario") se hace visible cuando, el 11 de setiembre de 1973, ve con un amigo por televisión el bombardeo al Palacio de la Moneda de Santiago. Su amigo llora sin consuelo, pero él no puede llorar, quisiera llorar y no puede, envidia la convicción del llanto del otro, pero envidia más lo cerca que está de las imágenes y la distancia que lo separa a él del mismo hecho.
Es el momento en que debería llorar y es ahí donde se siente un impostor, el farsante que repite lo que de los labios de su amigo parece brotar en lengua natural. Termina con su novia chilena de derecha, la hace llorar. Algo se muere dentro de él en esas imágenes de Palacio de la Moneda "que de sede de gobierno pasa a tumba de la vía chilena al socialismo".
Una congoja lo asedia, algo entre lo íntimo y lo político: "no ha sabido lo que había que saber. No ha sido contemporáneo. No es contemporáneo, no lo será nunca". Lo único que queda, entonces, es tratar de llorar en la oscuridad.