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Huérfano de mujer, de Carlos Eduardo Zavaleta

Narrar contra la muerte.

En los primeros días de marzo el escritor Carlos Eduardo Zavaleta presentará Huérfano de mujer, una novela breve e intensa en la que recrea una dolorosa experiencia: la viudez. En exclusiva para nuestros lectores, ofrecemos este fragmento.

Por unas semanas, apenas cae la noche en nuestro dormitorio, cruzo el sector de sombra que todavía siento ajeno, y enciendo la luz de su velador, tal como hacía ella para leer o escribir en su pequeño escritorio. Bajaba la tapa y escribía la hoja, encima de la superficie tapizada de verde. O si no, oía largamente sus casetes clásicos, o asimismo sintonizaba en la radio programas que defendían a mujeres de sus maridos.

Otras veces cosía primorosamente, reformando los vestidos que más quería. Era una muchacha que no había entrado del todo en el siglo XXI, pese a que en su oficina de la Biblioteca laboraba de modo muy moderno.

Ahora, por supuesto, no está ella, pero conservo su luz encendida hasta la hora en que, vacío, hueco, abrumado por su ausencia, entro a acostarme en la mitad exacta de nuestra cama. Alguien me ha dicho, a través de Angélica, que lo mejor, luego de una muerte, es cambiar muebles, o el departamento, o marcharse de viaje por unos meses. Quienes puedan, que lo hagan. Yo sólo puedo conservar su sombra, y en algunos recuerdos, cuando esa otra realidad parece volver, la veo, la siento vivamente, pero sé muy bien el abismo que nos separa, aunque deba comportarme con normalidad, sin excesos ridículos.

De algún modo penoso y difícil, nuestra vida parece proseguir, como si ella continuase enferma, o estuviera de viaje, como si ahora le hubiese tocado a ella. Sé que en las primeras noches no pude apagar su luz; le puse una toalla encima y quedé en la penumbra, esperando el sueño que sólo llegaba como un desmayo al amanecer; otra vez encendí la luz del baño, y así una larga espada blanca cruzaba la cama, sin tocarme los ojos, y entonces pude dormir a medias. Hasta que decidí envolverme con ella y con la noche negra, total, y desperté en la madrugada, recordando aquel mi "resentimiento", al retrasar la boda civil: quizá por una vez grité de miedo, pero ella fue siempre demasiado buena para hacerme daño.

Por fin, ha llegado una época sin nervios desbocados, sin penas ni insomnios, sino sólo con el aprendizaje de una resignación absolutamente difícil, terrible, agobiante, pero que nos ha tocado vivir sin elección alguna.

El amor sigue ahí, como el sol, pero la cabeza, por algún milagro, no ha estallado aún, quizá iba a hacerlo una tarde inútil frente a la tele, cuando vi una película de esa Susan parecida a ella, pero, menos mal, los avisos la cortaron y yo dejé la habitación.

Sí, estoy reviviendo. Por el camino hay que soportar nuevas y extrañas escenas. De pronto, el correo clásico trae una carta para la ausente, con su nombre completo y luminoso, y está enviada por el Colegio de Bibliotecarios al cual ella perteneció, y ese Colegio la está convocando para el siguiente día. Cosa extraña, pues ese Colegio envió a su funeral una cruz de flores muy grande. O si no, llama una entusiasta voz de mujer, yo levanto el fono en silencio y ella me gana y rompe a decir: "¡Rosita, oh, qué bien que me respondas tú, te llamo desde Sidney! ¿Te acuerdas que hace un año dije que vendría a trabajar en una firma? Pues aquí estoy, y me acordé de ti. Hoy es tu cumpleaños, ¿verdad?". Y hay otra voz gruesa y maligna de la Telefónica, que desea hablar con la titular. "¿Es la señora Rosa? No. Pues llámela, por favor". O si no, la voz del intercomunicador dice: "¿Es usted el esposo de la señora Rosa? Soy Tadeo, el que le trae miel de abejas. ¿Cuántas latitas le dejo, señor? Pregúntele a ella".

La novedad es salir a pasear por los parques, medio desiertos desde los años del terrorismo. Los jardines han vuelto a crecer, son otra vez bellos, como los del malecón Cisneros, por ejemplo. Y menos mal que ahora hay bancas, sí, bancas, las que desaparecieron por años. Han vuelto, y se han ordenado ahí, curiosamente muy sentadas y con los brazos en actitud de hablar. Y junto a la primera banca hay una fuente espléndida, digo, creada, imaginada por el agua, pues no hay pozo, ni pretil, ni canales visibles, sólo hay planchas de hierro en el suelo, y por ahí salen los espléndidos chorros que dibujan figuras en el aire, según la fuerza con que brotan. Por ahí das vueltas, te sientas a jugar con los chorros, y acabas mojado pero fresco, y de algún modo aliviado, jamás feliz, la única palabra boca abajo. El centro de la ciudad puede seguir enfermo e inhóspito para muchos, pero aquí vamos alzando la cabeza.

Hay que salir, moverse, sentirse caminando incluso por dentro del taxi, mirando con atención el brazo libre de la ciudad. El día de mañana, el trabajo, el honor, todo está delante, no detrás. Todavía hay momentos en que uno se queda en vilo, en silencio, a . n de soportar los ojos abiertos y no verla, hay y no hay un ruido adentro, en el dormitorio, quizá resuene su campanilla de enferma; hay que respirar mejor, andar como hacen los muchachos, con una botella de agua mineral en la mano. Tú bebes, la otra botella no existe, pero ya en casa pides el vino y las aceitunas verdes a Angélica, y brindas con ella en la cocina tibia. ¿Por qué no? Rosa y yo fuimos y somos grandes amigos de nuestra ama de llaves.

En fin, un domingo, antes de ir a la pequeña capilla adosada al gran templo de Fátima, debo hacer lo más difícil, irrumpir deliberadamente en su territorio, ver en detalle lo que Rosa ha dejado por hacer, si bien las cuentas las llevo yo. Mi curiosidad, teñida de nostalgia, es otra. Ver en detalle su tocador, una foto de muy apegaditos en nuestra boda juvenil; una zapatilla de plata, propiciadora de los viajes; una fuentencilla con los plumones del maquillaje; un San Martín puesto de cabeza; otra foto únicamente de sus ojos verdipardos, y de muy muchacha; la efigie del Papa, y libros de Leonardo, Botticelli, y de aventuras y peligros en el Vaticano, y unas tarjetas postales con pinturas impresionistas. Y ahora me empieza el miedo, quizá ella me mire, estoy violando alguna ley natural, abro el primer cajón, lo que jamás tocaste, por un momento siguen las infinitas chucherías del peinado y del maquillaje, pero son de ella, quizá me mire. Están ahí sus cejas finas, su mirada de bondad y alegría, sus pómulos suaves, sus labios que quizá dicen algo. Pero hay asimismo otra carpeta delgada, transparente. Oh, Dios mío, quizá un documento previo a la muerte, oh, no, son simples retazos de papel, esquelas, saludos, notas que yo le dejé en su oficina, o si no, en casa, cuando ya no había necesidad de despedirse por una hora o por una mañana, y todas esas notas en que yo la mimaba están ahí, por fechas, guardadas como documentos importantes.

Sigo temblando, ya es demasiado, el amor también puede llenar de vergüenza al que quizá no lo devolvió en igual magnitud, y veo otra nota, oh no, es un borrador en papel simple, y parece el comienzo de una carta extraña para mí: "¡Oh, Claudio, ya estarás en Londres; te felicito, seguro que te irá bien! ¡Perdóname, te lo ruego, por haber seguido las órdenes y costumbres de mi madre, que son de su época, no de la nuestra, dice que me ha hecho cortar contigo para mi bien, que no debo "atarme" a ti, que no es digno de una señorita independiente, pero Angélica me cuenta que quizá mamá piense en endilgarme a un joven que alguna vez me enamoró y yo rechacé! ¡Oh, Dios, lo siento mucho, no soy libre aún, pero mi corazón es y será tuyo, si tú lo deseas, para siem.", y el papel no seguía, tal vez fue cortado o, si no, la dueña lo rompió, pero sin deseos de destruirlo. Y debajo, otra sorpresa, estaba mi primera y única carta cuando yo "me declaré" y no sabía mucho qué decir.

Y siguen las notas y papeles sueltos, las postales de las ciudades que juntos visitamos. No leí más, mareaban su olor y su mirada. Me senté en el taburete que ella usaba para peinarse. Un hombre apenas puede entender lo que es una presencia femenina, y todavía a deshora, a destiempo. ¡Y sólo pudimos gozar unos cuantos años, antes de que la enfermedad la atrapara como en un bosque fiero, la desollara y despedazara, oh, qué ofensa a la perfección de un cuerpo esas dentelladas de animal, oh, la crueldad del desgarro interior, de vísceras y venas sangrientas, y qué poco oxígeno hay en el mundo para tantas bocas abiertas! La muerte le chupó las carnes, la llenó de ojeras, le cambió aún la raza, la piel, y yo tuve que cremarla por el horror a los gusanos. ¡Cuantos cementerios profanados habré visto en el país! Las calaveras y demás huesos dignos siguen rodeados de hormigas y bichos que los remueven y los pasean en desfiles macabros. Sin gusanos, ahora sólo me queda la urna, el polvo, su voz en algún momento por la casa, o si no, yo doy un portazo, finalmente animado, traigo flores y es como si ella las revisara antes de ponerlas en un vaso: "primero las amarillas", me parece oír.

El escritor en breve
Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928) es uno de los principales representantes de la Generación del 50. Fue introductor en el medio local de autores anglosajones como Joyce, Faulkner y Dos Passos, a través de penetrantes lecturas y estudios. Entre su cuantiosa producción narrativa destacan su novela Los aprendices (1974) y el libro de relatos El Cristo Villenas (1956).

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