Por Maki Miró Quesada
Hace un par de años en un muestreo realizado en los Estados Unidos para saber quién sería el candidato ideal a la presidencia Joshua Barlett ganó sin problemas. Si el nombre Barlett no les dice nada es que no han estado siguiendo "The West Wing", la serie más premiada de la televisión americana en los últimos tiempos, y por lo tanto no han tenido tiempo para encariñarse con el mejor presidente norteamericano de reciente memoria. ¡Qué JFK ni qué JKF! Barlett es el hombre. Estadista, hombre culto, fuerte y sincero, juicioso, ponderado y apasionado a la vez, es un Bill Clinton pero SM, 'sin Mónica'. Tanto gustó la presidencia de Barlett a la teleaudiencia, que semana a semana lo veía resolver crisis de alto contenido político sin jamás renunciar a sus principios morales y a los valores humanistas tan por el suelo en estos tiempos --ya saben a quién me refiero-- que cuando Barlett cumplió su segundo mandato, el publico quería más de lo mismo, o sea otro demócrata en la Casa Blanca.
Allí es donde entra a tallar la realidad. Nunca las primarias americanas, esas minielecciones partidarias que tienen lugar cada cuatro años, una especie de concurso despiadado de popularidad para ganar el corazón de los electores, han sido seguidas por tantos con tanta atención. Los rátings deben andar por las nubes y los diarios están haciendo su agosto. Al principio todo parecía ceñirse al libreto. En el campo demócrata estaba un candidato con amplia experiencia en política y arcas repletas que en el caso del "West Wing" era el vicepresidente Russell, en la vida real la 'front-runner' demócrata casi ungida por la maquinaria del partido era la senadora Hillary Clinton. Su rival republicano en la serie lo encarnaba el veterano actor Alan Alda con el personaje de Arnold Vinnick, un republicano sincero, de trayectoria impecable y compasiva; en la vida real el senador por Arizona John McCain se perfila como lo más parecido a Vinnick que han encontrado los desmoralizados republicanos. En la serie de golpe corriendo por los palos aparece el guapo Jimmy Smits en el rol de Matt Santos el proverbial 'dark horse' no solo por lo inesperado, sino porque el candidato Santos es, como bien lo indica su nombre, un latino. La idea de un latino atreviéndose a desafiar al 'establishment' norteamericano --pero eso sí, un latino casado con la gringa más rubia del reparto-- fue la máxima audacia de los creadores para con el público televidente.
Se nota que no vieron venir a Obama.
Barack Obama no solo es el primer candidato negro con claras posibilidades de llegar a la presidencia de los Estados Unidos, sino que es un candidato negro de padre africano, su mujer Michelle quien gracias a su inteligencia y carisma se está perfilando como la mejor carta de triunfo de su marido, también es de raza negra como él. Al igual que Matt Santos Obama empieza con poca plata y poca fuerza dentro de la maquinaria del partido, casi nadie lo conoce. Al igual que Santos a Obama le va bastante mal en los primeros 'caucauses', esas reuniones extrañas que los americanos realizan en colegios y cafeterías para echar a rodar la pelota de la nominación del candidato, pero a partir del 'caucaus' de Iowa la cosa cambia para Obama, igualito que en la televisión. De allí en más a los candidatos Santos-Obama les llueven los 'endoses' y los dólares y sus candidaturas despegan como cohete con el simple eslogan 'the change', el cambio. El final entre Santos y Vinnick es muy reñido, como puede llegar a serlo para Obama si se enfrenta con McCain, pero claro para eso Barack todavía tiene que ganarle a Hillary, quien no en vano se llama Clinton y aún puede darnos la gran sorpresa y cambiarle el final a la telenovela. Sintonice el próximo capítulo.