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TESTIMONIO. EL COMERCIO ENTREVISTÓ AL LÍDER SEDICIOSO

Los difíciles encuentros con la mano derecha de Manuel Marulanda

BOGOTÁ. La primera impresión que tuve de 'Raúl Reyes', cuando a lo lejos se dirigía hacia mí, es que así debería verse Papá Noel vestido de uniforme militar camuflado. Pero al verlo más de cerca, su bonachona gordura, su 1,60 m de estatura, así como su pelo y barba entrecana se contradecían con la dureza de su mirada y su arisco carácter.

Era mediados de setiembre del 2001 y el secretariado de las FARC en pleno se podía pasear orondo por la llamada zona de despeje, unos 42.000 kilómetros cuadrados que el entonces presidente Andrés Pastrana les había otorgado en la localidad de San Vicente del Caguán para "negociar la paz".

A pesar de que era un área otorgada a los subversivos y rodeada por las fuerzas militares, acceder a ella no era fácil. En Bogotá se percibía como zona de peligro y los amigos le echaban a uno las bendiciones, y un "se cuida mija" era la despedida generalizada para quien se dirigiera a lo que simplemente llamaban El Caguán.

Veintidós horas de viaje, diez de ellas por carretera pavimentada y las otras por trocha nos permitían llegar a las puertas de la zona de despeje, donde los periodistas éramos registrados y requisados exhaustivamente por algunos de las mujeres y hombres de los 15.000 militantes armados que vivían dentro de la zona de distensión.

Dos días tuve que esperar hasta que 'Reyes' pudiera atenderme y darme una entrevista. Me dijeron que fui afortunada porque había otros que esperaban semanas. Durante casi 60 minutos de diálogo tuve que interrumpirlo en varias ocasiones porque se extendía en explicaciones dogmáticas, para retomar sobre lo que me interesaba: su injerencia en el Perú. Lo negó todo: "Las FARC no utilizan territorio de países vecinos para su retaguardia", dijo. "No mantenemos campamentos en los países vecinos" fue la frase con la que contestó.

En febrero del 2002, cansado de los abusos y tomaduras de pelo de las FARC, Pastrana rompió las inconsistentes negociaciones de paz y las FARC pasaron a la clandestinidad.

Un año después, y tras seis meses de intensa solicitud, 'Reyes' accedió a volver a conversar con El Comercio en algún lugar de la selva de Colombia. Esa vez la misión fue más complicada. El ejército copaba todo el país y había cercado milimétricamente cada zona donde se creía estaban escondidos los líderes subversivos. Debí memorizar una serie de pasos y señas por ejecutar, no debía llevar nada que mostrara que era periodista y no pude decirle a nadie a dónde iba.

Tomé un avión y al arribar a la ciudad que me indicaron salí inmediatamente a la calle donde un taxista me abordó con la contraseña acordada. Me llevó a un pequeño muelle donde un lanchero (alto y de barriga enorme, y que nunca dijo palabra alguna) me señaló una lancha rápida donde obedientemente me monté. Por dos horas el paisaje fue el mismo: al frente la espalda desnuda del lanchero mudo y a los lados la vegetación exuberante. En ese momento tuve la certeza de que si moría ahí nadie encontrará mi cadáver.

Luego, llegué al muelle de un pueblo y di el santo y seña a otro lanchero, que esta vez me llevó en una panga (bote pequeño) hasta un campamento en el primer cordón de seguridad de 'Reyes'. Tras una noche fatal volví otra vez a la panga hasta atravesar el segundo cordón. Llegamos a otro campamento donde una jovencita vestida de camuflado me guio durante dos horas, por verdes cultivos de coca, hasta la morada de 'Reyes' en la clandestinidad. Así llegué a dar con la mano derecha de Manuel Marulanda.

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