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MUCHO OJO

No es mi monstruo

Por Fernando Vivas

O monstruito porque a este chico hay que seguirlo conjugando con indulgencia y en diminutivo. Reimondcito, el 'jotita' de ayer es una joyita de hoy.

No lo ampayó Magaly con sus manitas en alguna masa voluptuosa, que eso hubiera sido divertido; lo registró el programa "Planeta deporte" de Canal 7 en un trance sincero, pero prohibidísimo para el nacionalismo pelotero: "Ya quiero irme. No estoy dando el 100%. Tengo miedo de lesionarme", dijo el 'jotita' y se jodió, porque la hinchada le está dando tremenda paliza.

¡Tengo miedo de lesionarme! ¡Qué fuerte! Es la más rotunda frase sobre la inseguridad nacional --me refiero a la existencial y más profunda, no al pánico ante los cacos-- que he oído en los últimos tiempos de aparente recuperación de la confianza colectiva. El confesado miedo de Reimond por lo que el Perú pueda hacerle a sus canillas es el mismo que cualquiera de nosotros puede sentir ante la posibilidad de que la adversidad de vivir en esta tierra del señor nos patee en, mmmm, ustedes escojan el órgano que simbolice su autoestima.

¡Reimond Manco, retrato de un país adolescente!, esa debiera

ser la reflexión de la TV y no la insufrible miniserie "Los jotitas". Veo un solo minuto de su cursilería y puedo estar seguro de que lo que siga en la vida de Manco no lo va a improvisar Michelle Alexander ni va a contar, necesariamente, con la venia de mamá jota ni de J.J. Oré.

Quiero creer que será la superación de esta mala onda con el Perú que lo ha cogido en medios y partidos. Porque Reimond no es mi monstruo ni mucho menos. Al oírlo no me provoca sumarme al callejón oscuro, sino acompañarlo al aeropuerto, decirle que se lo tome con calma, que se vacile en el PSV y regrese tranquilo. Constantino Carvallo, que sabe de fútbol y de educación, recomienda ese viaje de destete a los jóvenes promisorios, según lo oí en "Reporte semanal".

En todo esto, el muchacho tiene sus propias culpas que deberá procesar y pagar, pero hay una culpa grande que corresponde a esa hinchada que idealiza los triunfos y sataniza las derrotas. Con ese desequilibrio valorativo, espantan a cualquiera.

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