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LO QUE SIENTE UN CUSQUEÑO

Las consecuencias del caos

Por Eduardo Farah Hayn. Presidente de la Sociedad Nacional de Industrias

Hace unos meses atrás, un sábado por la tarde, todos los peruanos --en especial los cusqueños como yo-- vivimos momentos de gran expectativa esperando el resultado final en la elección de las nuevas maravillas del mundo.

Y es que Machu Picchu, nuestro patrimonio cultural, ese legado de nuestros antepasados, era un candidato de fuerza para este reconocimiento. Y lo logramos. La celebración no se hizo esperar. Todos los peruanos, sin distinción de raza, religión, edad o sexo, fuimos un solo corazón, porque sabíamos lo que representaba Machu Picchu para el Perú, y ahora para el mundo.

Obviamente este reconocimiento se producía en momentos en que nuestro país se preparaba para ser la sede de dos acontecimientos mundiales: la cita cumbre de América Latina, El Caribe y la Unión Europea y del APEC. Es decir, teníamos la pasarela lista para que nuestra maravilla pudiera ser mirada y admirada por los miles de visitantes que nos aprestamos a recibir. Más no se podía pedir para nuestro país, pero sobre todo para los cusqueños que --en la mayoría de casos-- tienen como medio de vida el turismo.

Sin embargo, ahora debemos observar con lástima, y a la vez con indignación, cómo los propios cusqueños han obligado a que el Gobierno tome la decisión de que el Cusco --la cuna de Machu Picchu-- no sea sede para las reuniones del APEC, medida que busca proteger a los turistas de cualquier acto vandálico (bloqueo de carreteras, toma de aeropuertos, toma del tren) que podrían poner en riesgo la vida de los visitantes.

Para algunas autoridades, se buscaba una solución a sus reclamos. Me pregunto ¿consiguieron algo? Yo diría que sí: primero, ya no será la sede para las reuniones del APEC; segundo, el turismo ha decaído considerablemente, lo cual debe estar afectando la economía familiar de más de un cusqueño; y por último, para aquellos que querían conocer Machu Picchu ya saben que no pueden ir porque se asume que los pobladores son violentos y, lo que es peor, que cuenta con el respaldo de sus autoridades. ¿Y sus problemas? Esos siguen igual y así permanecerán en tanto insistan en generar el caos.

A la luz de esta penosa experiencia, creo que, de una vez por todas, en el Perú se debe comprender que el diálogo es la única vía que nos puede sacar de los problemas y, por qué no decirlo, de la ignorancia en la que muchas veces insistimos en vivir, sin pensar en construir un futuro mejor.

La decisión del Gobierno es acertada, en aplicación del principio de autoridad propio de cualquier Estado democrático, sistema bajo el cual aun no aprendemos a vivir. Democracia no es hacer lo que quiero cuando quiero para presentar mis reclamos. Como industriales también tenemos problemas --muchos, diría yo--, pero no por eso vamos a tomar las calles, violando la ley y el derecho de terceros para ser escuchados.

Sería bueno que todos, incluyendo las autoridades de cada región, revisen de vez en cuando toda nuestra legislación, no solo por un tema de educación (y conocer qué normas violan), sino para aprender a vivir en orden, como lo hacen las grandes naciones. ¿Será por eso que han logrado su desarrollo? Ahí les dejo la tarea.

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