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SU NOVELA NO ES PAÍS PARA VIEJOS INSPIRÓ UN GALARDONADO FILME

El mundo según Cormac MacCarthy

Por Guillermo Niño de Guzmán

¿Qué ha pasado con Cormac McCarthy?, me pregunté cuando lo vi, en compañía de su hijo menor, entre las estrellas de Hollywood que habían acudido a la última ceremonia de entrega del Oscar. Es verdad que la película de los hermanos Coen basada en su novela No es país para viejos estaba nominada como una de las mejores del año -y, por cierto, se llevaría los máximos galardones-, pero la asistencia del escritor a un evento tan mundano y publicitado superaba todas las expectativas. Meses atrás ya había hecho una concesión insólita: dialogar en televisión con Oprah Winfrey. Por supuesto, una aparición en ese programa significaba un notable incremento en la venta de sus novelas. Sin embargo, McCarthy siempre se había resistido a promocionar sus libros, a tal punto que apenas se había dejado fotografiar y solo había concedido una entrevista importante en toda su vida. ¿No era acaso, por voluntad propia, un escritor secreto en la línea de Salinger o Pynchon? ¿Qué podía haberle impulsado, a sus casi 75 años, a deponer sus convicciones y renunciar a su marginalidad?

Durante mucho tiempo, Cormac McCarthy había constituido un enigma. Lo único que se sabía con certeza era que dedicaba todos sus esfuerzos a escribir, aunque tuviera que sufrir grandes privaciones por falta de recursos económicos. Al parecer, había subsistido gracias a becas literarias y empleos menores y ocasionales. Después, a medida que su fama se extendía, se divulgaron algunos datos biográficos. Había nacido en Rhode Island, en 1933, pero creció en el sur de Estados Unidos. Estudió en un colegio católico y en la Universidad de Tennessee, aunque no concluyó ninguna carrera. En su juventud se enroló en la Fuerza Aérea y fue destacado a Alaska. Luego viajó unos años por Europa y recaló una temporada en Ibiza, hacia mediados de los sesentas. Más tarde, regresó a Tennessee y, en 1976, se fue a vivir a El Paso, en Texas. Por último, a fines de la década del noventa, se estableció en la ciudad de Santa Fe, en Nuevo México, junto con su tercera esposa.

Visto en retrospectiva, el trayecto de Cormac McCarthy es el de un escritor que ha debido luchar palmo a palmo por conquistar un territorio en un ámbito literario tan rico y competitivo como el norteamericano. La suerte le fue adversa hasta que, al filo de sus sesenta años, le otorgaron el National Book Award por su sexta novela, Todos los hermosos caballos (1992). Hasta ese momento, sus libros se habían vendido a cuentagotas, pese a haber suscitado la atención de algunos críticos. Entre estos, el más entusiasta e influyente ha sido Harold Bloom, quien considera Meridiano de sangre (1985) como una obra maestra y a su autor como un digno discípulo de Melville y Faulkner.

Yo no había leído nada de McCarthy, pero me resistía a dejarme guiar por el petulante Bloom. Me fastidiaba el anglocentrismo de su visión y su desmedida pretensión de fijar el canon literario occidental. Además, no me atraía mucho que la novela en cuestión transcurriera en el oeste, con jinetes, bandoleros, indios y toda la parafernalia del género. Después de todo, pensaba, a mí no me gusta leer westerns sino verlos en el cine. De cualquier modo, más pudo la curiosidad y acabé procurándome un ejemplar.

Abrí Meridiano de sangre con cautela, pero, al cabo de unas cuantas páginas, tuve que reconocer que era deslumbrante. Las frases de Cormac McCarthy reverberaban con un fulgor poético y una intensidad épica que me trajeron reminiscencias de Faulkner. Sí, el condenado Bloom había dado en el clavo, y no exageraba cuando comparaba esta novela con Moby Dick y Mientras agonizo. Si había algún escritor contemporáneo capaz de explorar tan profundamente el fenómeno del mal, ese era McCarthy. No obstante, una obra tan ambiciosa y osada exige una actitud intrépida. El propio Bloom ha admitido que fracasó las dos primeras veces que intentó leerla, pues retrocedió ante la carnicería abrumadora que retrata el autor. Y, en efecto, con frecuencia su lectura resulta escalofriante.

McCarthy emplea un lenguaje inflamado de poesía, sumamente original, de un barroquismo inusitado que parece incendiar cada frase. Si bien su estilo es atípico en el contexto de la literatura estadounidense, sus personajes remiten a los indómitos pioneros que doblegaron unas tierras ásperas e ignotas. Meridiano de sangre y la llamada "Trilogía de la frontera", conformada por Todos los hermosos caballos (1992), En la frontera (1994) y Ciudades de la llanura (1998), cuentan historias afines con la temática del western, pero sus resonancias alcanzan una dimensión mítica. Si quisiera equiparar la obra de McCarthy con el cine, diría que se encuentra más cerca de Sam Peckinpah que de John Ford. Es dura y crepuscular, hermosa y violenta a la vez, exalta el espíritu de la aventura y se solaza con el esplendor bronco de la naturaleza, acomete sin cesar las grandes preguntas, mientras nos descubre ritos oscuros y feroces.

Es difícil dar una idea cabal sobre lo que pretende McCarthy. Como él mismo ha señalado, no le interesan autores como Henry James o Proust, sino que prefiere a aquellos que lidian con la vida y la muerte de una manera más franca y descarnada. En ese sentido, bajo su aparente inclinación épica, se advierte una tentativa por ahondar en la problemática existencial y analizar las contradicciones del comportamiento humano. Esta inquietud recorre su primera etapa creativa, desde El guardián del vergel (1965) hasta Suttree (1979), la más sombría y hermética de sus novelas. Y ha vuelto a emerger en sus últimas ficciones, No es país para viejos (2005) y La carretera (2006), con las que ha dado un giro imprevisto a su trayectoria.

Ambas novelas revelan una notoria influencia del cine. No es país para viejos responde a una concepción visual y su desarrollo narrativo se asemeja al de un thriller policial (de ahí la fidelidad de su adaptación a la pantalla). Lo interesante es comprobar cómo el autor trasciende las convenciones del género e impone su mirada nostálgica y desencantada. En realidad, más allá de una trama ingeniosa, la novela encierra una honda meditación sobre un mundo en crisis, el derrumbe de un sistema de valores y la impotencia ante una violencia irracional. Sus personajes son como los héroes de antaño, rezagos de un pasado glorioso que deben ceder el paso ante un nuevo orden, ajeno e incomprensible.

La carretera lleva esta reflexión a extremos insospechados. Su impacto es brutal. Da la impresión de ser una pesadilla de ciencia ficción, una mezcla de los delirios apocalípticos de J. G. Ballard con la saga cinematográfica de Mad Max. Lo curioso es que en su historia también resuenan ecos del pasado. El peregrinaje de sus protagonistas, asolados por el hambre y el frío, nos trae a la memoria episodios de la época de la Depresión, cuando la miseria empujó a miles de hombres a errar sin sosiego por los caminos de Norteamérica. McCarthy ha asimilado plenamente esa tradición y ha elaborado una tragedia moderna, sobre un futuro posible y estremecedor. Sin duda, estamos ante una novela que ha sido concebida bajo el impacto del atentado del 11 de septiembre y que advierte sobre las nefastas consecuencias de una conflagración nuclear. Se trata de una apuesta mayor, en la que un escritor vuelca por entero su experiencia vital y literaria. El resultado es un libro asombroso, pesimista y desolador.

McCarthy imagina un país devastado por una hecatombe y la lucha desesperada de un hombre y su pequeño hijo por sobrevivir. El novelista no explica las causas de la destrucción, sino que se limita a transmitir las sensaciones de sus personajes, con un estilo que recuerda al mejor Hemingway. La capacidad de McCarthy para cambiar de registro es admirable, puesto que la prosa tensa y escueta, las descripciones certeras y los diálogos punzantes contrastan con su barroquismo anterior. A su maestría en la composición de atmósferas, debe sumársele su habilidad para imprimirle a la acción un ritmo acezante que no deja tregua.

Al comenzar este artículo, me preguntaba qué podía haberlo inducido a romper su largo e inflexible ostracismo. McCarthy ha insinuado que la experiencia de la paternidad a una edad tardía -tiene un hijo nueve años, con el que asistió a la ceremonia del Oscar- ha sido el detonante que ha cambiado su percepción de la vida e inspirado su última novela. En cierta forma, ha querido acabar con su enigma. Sin embargo, ahora que hemos pasado revista a su obra, creo que hay preguntas más acuciantes y necesarias. ¿Es posible escribir después de La carretera? ¿Qué se puede esperar de un autor que parece haberlo dicho todo? ¿Cómo entender una visión tan siniestra de la existencia? En esa perspectiva, Cormac McCarthy no ha perdido un ápice de su misterio. En sus páginas sigue vibrando una fuerza extraña, casi hipnótica, que solamente se encuentra en los escritores más exigentes y originales.

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