Por Pedro Ortiz Bisso
En los últimos días, Laura Bozzo ha recibido más golpes que cualquier panelista de su programa. Aunque su credibilidad ya era del tamaño del cerebro de una hormiga, escuchar de boca de sus propios protagonistas la manera en que se arman las historias que luego se quieren vender como lacrimógenos testimonios reales no deja de ser un espectáculo en sí mismo. Un espectáculo del engaño. Y de la ruina moral de su animadora.
Como recuerda "Somos" en su reciente edición, ya una investigación realizada en 1999 descubrió cómo, a cambio de dinero o alimentos, los 'investigadores' de la doctora conseguían panelistas para sus truculentos casos, a quienes aleccionaban para que sus presentaciones televisivas estuvieran acorde a los requerimientos histriónicos del programa.
Por esos años, mientras canales y canalazos vendían su postura editorial a cambio de suculentos millones, la doctora hacía y deshacía con el beneplácito de su adorado Fujimori y su poderoso asesor, con quien intercambiaba mensajitos vía microondas.
Hoy, ya sin el ropaje del poder, doña Laura sigue en lo suyo, embarrada en el escándalo y en el descrédito, usando como defensa una estrategia harto conocida: que la engañaron, que todas las acusaciones son mentira, es decir, casi un calco de lo que repite Fujimori cuando no está dormitando en la sala de la Diroes.
Sería aventurado sentenciar que esta nueva paliza mediática pondrá fin a la vida televisiva de la doctora. No por la capacidad de la gente para reconocer la farsa y aceptarla como tal, sino porque persisten las condiciones para que lo que Bozzo encarna sobreviva.
Cuando las instituciones no funcionan, el público busca o fabrica sus propios héroes para que, en la realidad o la ficción, reciban su merecido quienes infringen sus reglas. Ese papel lo cumplen ciertos personajes mediáticos, cultores del grito fácil, cuya labor diaria suele ser inventar los calificativos más filosos para despotricar de sus blancos de ocasión, sin darse el trabajo de comprobar los cargos que les endilgan. "Hay que ser frontales", braman, y bajo ese escudo, insultan, atacan y hasta pontifican, mancillando honras ajenas. Ellos son los dignos herederos de la doctora.