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"¡Una soberanía a la carta por favor!"

Por: Juan Paredes Castro |

Lo que, con suerte, acabó en abrazos y promesas de llevar mutuamente la fiesta en paz no logró quitar del escenario latinoamericano el telón de fondo de la crisis entre Ecuador, Colombia y Venezuela, y que finalmente involucró a Nicaragua.

Ese telón de fondo no es otro que la compra de voluntades políticas a la carta y en menú popular que el presidente venezolano, Hugo Chávez, busca introducir en la región, muy al estilo cubano-soviético de los años sesenta, para asegurar, en su caso, adhesiones incondicionales a un caricaturesco "proyecto bolivariano" que solo sirve a su perpetuación en el poder.

Pero la compra de voluntades políticas a la carta y en menú popular (desde, por ejemplo, la lealtad ciega de Daniel Ortega y Evo Morales hasta el trabajo de hormiga de las casas del ALBA, pasando por el padrinazgo al terrorismo de las FARC) no funcionaría bien sin el secuestro del voto popular nacional y de la soberanía institucional venezolana, a través de los mecanismos formales de una "democracia" que enmascara, en su forma clientelista, las peores amenazas a las libertades y a la tolerancia política.

Tan inaceptable y condenable es, en este contexto, una incursión militar en territorio extranjero, como lo es el secuestro de una soberanía nacional por el poder político de turno, cuando el voto popular mayoritario, que había apostado por el ejercicio de un régimen democrático, finalmente es reorientado hacia objetivos absolutamente contrarios.

Chávez ha hecho precisamente eso con la "democracia" venezolana. Ha usado y usa sus reglas de juego institucionales para convertirla en un remedo de la asamblea popular cubana. Y cuando muchos se rasgan las vestiduras, con razón, por una violación territorial, ¿quiénes lo hacen por tantos secuestros de soberanías a manos de tiranos bananeros y africanos que pretenden imponernos nuevos modelos de vida y de gobierno desde actitudes que recuerdan a los primeros hombres que se echaron a andar sobre el planeta?

La solemne carta democrática de la OEA y los respetables observadores electorales de este organismo interamericano nunca servirán de nada mientras los fraudes sean manejados desde antes de las votaciones y los resultados manipulados según los intereses de los gobiernos autocráticos. Lamentablemente, la OEA no ha podido evitar perder credibilidad y prestigio a causa de estos, porque se ha sentido impotente de controlar el antes y el después de cada elección.

A la hora en que Chávez pida "¡Una soberanía a la carta, por favor!", hay quienes estarán siempre dispuestos a negársela, como otros a concedérsela.

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