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Derechomanía

Rincón del autor. Un peligro que esconde esta derechomanía es que se esté abriendo una caja de Pandora. La creación masiva de derechos tiende a devaluar su valor

Por Richard Webb

Nunca la humanidad se ha encontrado tan defendida por la ley. Entre los derechos creados por la legislación nacional o por los tratados internacionales, algunos son casi universales, como los derechos humanos, cívicos y políticos, mientras que otros tienen un objetivo especial, por ejemplo para proteger a trabajadores, mujeres, niños, adultos mayores, discapacitados, indígenas, homosexuales, fetos y animales, así como para los que desean practicar religiones o preservar culturas propias. Hoy, los derechos se reparten como títulos o vasos de leche y si se descubre que alguien se queda fuera, en un abrir y cerrar de los ojos aparecen los congresistas y las ONG para resolver su problema.

Esta abundante y floreciente defensa legal del hombre es reciente. Ciertamente, no faltaron las expresiones humanistas a lo largo de la historia antigua, como las del rey persa Ciro Segundo, quien conquistó Babilonia y luego dejó constancia escrita (en un cilindro cerámico) de su bondadosa abolición de la esclavitud y reapertura de la libertad de culto. Pero la gran masa de la humanidad no conoció la seguridad legal hasta que logró el poder político. Se marcó un hito en 1689, cuando la población británica presionó a los comonarcas Guillermo y María para aprobar una ley de derechos ciudadanos. Un siglo más tarde, en 1789, las convulsiones revolucionarias de Francia y Estados Unidos fueron motivo de las dos más famosas declaraciones de los derechos del hombre. Sin embargo, pasó otro siglo antes de que esas naciones extendieran su definición del hombre para incluir a los esclavos y siglo y medio para incluir a la mujer.

Según un libro reciente de Alan Dershowitz, profesor de leyes en la Universidad de Harvard, el origen de los derechos se encuentra en los agravios, no en la religión ni en la naturaleza humana. Los derechos -- dice-- surgen como reacciones políticas a la injusticia y buscan proteger a los que han sido víctimas. La atribución de un origen divino o esencia metafísica para justificar un derecho particular viene a ser un efectivo recurso psicológico y retórico para convencer, pero no una explicación de su origen. Es más bien la creciente democratización mundial la que explica el afloramiento de los derechos, al punto que algunos de los grupos humanos históricamente más débiles, como las tribus selváticas o los pueblos más alejados y pobres, hoy terminan doblándoles el brazo a los gobiernos nacionales.

Un peligro que esconde esta derechomanía es que se esté abriendo una caja de Pandora. Igual que la emisión de billetes por parte de un banco central, la creación masiva de derechos tiende a devaluar su valor. Y resulta aun más grave el creciente conflicto entre derechos, como cuando los reclamos de una comunidad terminan vulnerando el derecho de otros al libre tránsito por las carreteras. Muchos de estos nuevos derechos favorecen la capacidad de decisión local, comunal, y hasta de individuos, que aunque se trate de reclamos justos, terminan socavando la creación de una nación integrada.

El derecho al canon, por ejemplo, favorece a las localidades con una porción importante de la renta generada por los recursos naturales ubicados en su zona, reparto que reivindica la injusticia ancestral del centralismo, pero que lo hace sacralizando el accidente geográfico y sin respetar la mayor pobreza de otras localidades y el mayor provecho que para la nación en conjunto pudiera obtenerse al invertir esos recursos en otros lugares. Al final, se termina consagrando como principio de gobierno el oportunismo representado por la frase, "a quien Dios se lo dé, San Pedro se lo bendiga".

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