Por Francisco Miró Quesada Rada. Politólogo
Hasta mediados del siglo XVIII, se creía en el poder divino de los reyes, pero dicha creencia fue sometida a prueba por diversos críticos denominados "los ideólogos". Al final la gente dejó de creer en la ideología del poder divino y el sistema se derrumbó por diversas revoluciones que dieron nacimiento a un nuevo orden, a un nuevo sistema y a una nueva cultura.
Se partió de la idea de que los seres humanos son libres y dueños de su destino, por ello elegirán a sus gobiernos y competirán libremente en el mercado. Así nacen la democracia y el capitalismo, que, aunque de origen distinto, se empezaron a vincular desde mediados del siglo XIX.
Ahora en el siglo XXI, ha resurgido la tesis del fin de las ideologías. De acuerdo con esta tesis las ideologías no son necesarias porque constituyen un estorbo a la libre competencia, del mercado, a la inversión de grandes capitales nacionales y transnacionales. De esta manera el capitalismo queda libre de la crítica ideológica y se presenta como una verdad absoluta, como la creencia dominante de la modernidad y el fundamento de la globalización. Este planteamiento parece decirnos "todo dentro del mercado y nada fuera de él", el capitalismo está llamado a salvar el mundo.
Entonces si el capitalismo, en su versión neocapitalista, es el camino que nos llevará al nuevo reino de la justicia y de la libertad ¿para qué cuestionarlo? Las verdades absolutas no necesitan ser cuestionadas.
A partir de esta idea se ha instalado un nuevo orden mundial y de esta manera las sociedades deben enrumbarse hacia un destino inexorable determinado por el libre mercado. Se ha llegado al fin de las ideologías. Sin embargo , este planteamiento es tan ideológico, como cualquier ideología, es la ideología de la desideologización, o de la ausencia de ideología.
Esta creencia tiene sus raíces en las corrientes mecanicistas y organicistas del siglo XIX que desembocaron luego en un pragmatismo burdo, carente de una visión humanista de las relaciones sociales y de fundamento científico. Tendencia que ahora está predominando en el pensamiento y la acción tanto política como económica.
No podemos negar la importancia que tienen la ciencia y la filosofía para comprender y transformar el mundo, pero tampoco se puede descartar el valor que posee el pensamiento crítico de las denominadas verdades absolutas, que en el fondo esconden intereses de quienes tienen en el mundo el control del poder político y de la riqueza.
Esta visión del mundo se manifiesta a través de mecanismos complejos y se expresa como "pensamiento único". Es la vigencia predominante de nuestra época y en cuanto tal no debe ser cuestionada. Es la ideología que justifica el orden existente. Esta "ideología sin ideología" resalta la cosificación de las relaciones humanas y produce un efecto enajenador, donde el ser humano se convierte en un medio al servicio del mercado, queda alienado de ese mercado, que incluso puede poner en peligro los valores democráticos. Ha nacido un nuevo paradigma, una nueva escolástica, como señala Theotonio Dos Santos en su reciente obra "Del terror a la esperanza, auge y decadencia del neoliberalismo".