Por Ernesto de la Jara. Jurista
Hay una primera conclusión a la que se puede llegar objetivamente sobre los juicios a Fujimori, luego de casi tres meses de iniciados: la actuación del sistema de justicia viene siendo esta vez impecable.
De un lado, es visible el pleno respeto del debido proceso. Por otro, la implementación de una sala de audiencias de lujo, permite a todos cumplir bien con el papel que les toca de acuerdo a ley. Y Fujimori no podría tener mejor defensa. Su abogado es nada menos que César Nakazaki.
Los familiares de Fujimori se quejan de las condiciones carcelarias, pero lo cierto es que se ha creado un establecimiento penal solo para él bajo condiciones que son adecuadas. Y era imposible que los jueces permitieran que siguiera los juicios en libertad, pues ya había dado pruebas de su disposición a fugarse y a alterar pruebas.
Los magistrados también han cumplido con poner a Fujimori en su sitio, sobre todo al comienzo, cuando se negaba a asumir su nueva condición de acusado. Un equilibrio importante, porque no estamos ante el débil ciudadano que enfrenta al poder. Cuenta con 13 congresistas muy cercanos al oficialismo; sigue teniendo respaldo político y el apoyo incondicional de varios medios de comunicación refleja el poder económico y mediático que mantiene.
La total transparencia es otra inequívoca señal de esta buena actuación. En la sala de juzgamiento hay lugar para las víctimas y los organismos de derechos humanos, para los hijos de Fujimori y los fujimoristas, para periodistas, observadores nacionales e internacionales y público en general.
La segunda conclusión es igualmente importante: ya están claras las estrategias en disputa. Fujimori ha optado por una defensa basada en dos elementos absolutamente inverosímiles. El primero es el de no me acuerdo; no sabía nada: me reservo el derecho de guardar silencio. Y el segundo consiste en que él no daba órdenes sino establecía políticas.
Y los testigos que intentan ayudarlo siguen la misma coartada. Dos ejemplos. Martin Rivas ha dicho que él solo era un inocuo analista y niega hasta la entrevista que concedió a Jara, donde admite su responsabilidad y la de Fujimori. El ex general Cubas reconoce que fue él quien asignó el local y las armas a los integrantes del grupo Colina, pero niega que supiera a qué se dedicaban; como nunca supo --según él-- por qué Fujimori lo felicitó junto a los colinas.
Distinto hubiera sido si Fujimori asumía las consecuencias de sus actos, sosteniendo que él hizo lo que creyó se tenía que hacer para derrotar al terrorismo; con el apoyo además de la mayoría de la población.
En cambio, la fiscalía y la defensa de las víctimas van avanzando en demostrar que Fujimori fue el que tenía "el dominio de los hechos". La famosa "responsabilidad mediata", sustentada en los hechos como: 1) El grupo Colina fue un destacamento creado desde arriba y que actuó dentro de la estructura del Estado, como parte de una estrategia antisubversiva. 2) No se puede alegar desconocimiento, dada la concentración del poder que existía. 3) No se hizo nada para evitarlo y benefició a los perpetradores (Ley de Amnistía).
La trampa de la defensa de Fujimori es hacernos creer que todo debe de focalizarse en si hay o no un documento o un video en el que él aparezca dando órdenes de matar. Algo absurdo, porque con ese criterio ni Abimael Guzmán podría haber sido condenado. Depende de nosotros no volver a los tiempos de la yuca o del bacalao.