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LOS SHAPIS CELEBRAN OTRO ANIVERSARIO

La chicha no pierde su sabor

La popular banda peruana celebró sus primeros 27 años de vida con un magistral concierto en el complejo Santa Rosa de Santa Anita. Ahora se preparan para viajar a Estados Unidos y grabar dos nuevos discos. En buena hora.`

Por Francisco Melgar

La inspiración
de los Shapis parece no agotarse nunca. 27 años después de su fundación, la banda liderada por Jaime Moreyra y Julio Simeón Salguerán (más conocido en el mundo de la música como 'Chapulín, el dulce') ha anunciado la inminente grabación de dos nuevos discos: en primer lugar, una colección de temas inéditos con el estilo carácterístico de la banda y, poco despupés, un proyecto de música folclórica que Moreyra y 'Chapulín' preparan desde hace varios meses.

Protagonistas de una historia que incluye giras por Estados Unidos y Europa, homenajes dentro y fuera del Perú, una película de culto ("Los Shapis en el mundo de los pobres, estrenada en 1986) y multitudinarios conciertos (entre los que sobresalen los realizados en los estadios Alianza Lima y Nacional), los Shapis son, quién se atrevería a dudarlo, una institución de la música peruana; o, para decirlo con todas sus letras, una verdadera leyenda de nuestro tiempo.

ENCUENTRO EN LA SIERRA
El grupo, que se convertiría en el nexo estilístico entre la cumbia peruana de los años 70 y la explosiva chicha de la década del 80, tuvo su origen en la provincia de Chupaca, departamento de Junín. "La música tropical se originó en Lima, pero Huancayo fue una de las ciudades donde tuvo mayor impacto", recuerda Jaime Moreyra, guitarrista del conjunto. "En esa época yo estudiaba Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional de Ingeniería, pero viajaba constantemente a Huancayo con mi grupo, los Helios, que después cambiaría su nombre a Melodía, Victoria y finalmente a Karicia."

A solo 15 kilómetros de Huancayo, en la provincia de Chupaca, 'Chapulín, el dulce' también había caído bajo el influjo de la música de los Destellos, los Ecos, los Mirlos y los Ilusionistas, animándose a formar su propia banda, los Ovnis. Gracias a este gusto común, Moreyra y Simeón solían coincidir en los conciertos y los festivales que se organizaban en la zona.

Por motivos que ya nadie puede recordar, en 1980 Jaime y Chapulín no eran parte de ninguna banda. "Estabamos disponibles", rememora el guitarrista. "Era un lindo aterdecer lluvioso del año 80 y yo estaba en Chupaca porque quería organizar una fiesta en la escuelita 513, cuando, de pronto, llega Julio cabalgando en un burrito. Conversamos, nos dimos cuenta que queríamos hacer música y empezamos a organizar los Shapis".

UN NOMBRE DISTINTO
Una de las primeras cosas en que Moreyra y 'Chapulín' estuvieron de acuerdo fue el nombre de la banda. Para diferenciarse de los grupos asentados en Lima, cuyos nombres se inspiraban en fenómenos naturales, piedras preciosas o animales exóticos, el proyecto nacido en Chupaca tenía que hacer referencia a la provincia donde se había originado. La inspiración llegó gracias a una danza ancestral que los habitantes de la zona han preservado por cientos de años: los Shapis, o la danza guerrera de los huanca Chupacos.

"La palabra 'shapis' quiere decir 'Hombre guerrero elegantemente vestido'", anota 'Chapulín'. "Desde el nombre nosotros queríamos diferenciarnos de todo lo que había existido antes y darle un sentido diferente al grupo".

Otro ingrediente distintivo de la banda, el vestuario, no tendría su origen en las raíces serranas del grupo, sino más bien en los diseños modernos que se exhibáin en los mercados de la capital y que Moreyra al salir de la universidad. "Empezamos con chalecos, como era costumbre en la época, pero después nos pusimos blue jeans, y más adelante unos polos ceñidos que vimos en Lima, que tenían los colores del arco iris", recuerda Moreyra. "Con ese vestuario tocamos en el festival de la cumbia peruana, en el año 83", añade Chapulín. "Nuestra intención era lucir modernos".

Esta mezcla de lo andino y lo urbano, que la música de la banda refleja en las melodías serranas y ahuainadas, amplificadas a través de modernos instrumentos eléctricos, fue el factor determinante para que los Shapis calasen hondo en el sentir de los migrantes serranos que llegaban a tarbajar a la capital.

CAMBIO DE GUARDIA
El primer disco de los Shapis apareció en 1981, bajo el sello Horóscopo. Solo bastaba ver la portada del vinilo para intuir la distancia que crecía entre ellos y los viejos exponentes del género tropical.

Imitando la funda de un disco de los Ramones ("Road to Ruin"), Chapulín, Moreyra y los demás integrantes de la banda aparecían dibujados como personajes de una historieta, con zapatillas, jeans, casacas de cuero negro, guitarras eléctricas y amplificadores gigantescos.

La palabra 'cumbia' no bastaba para expresar lo que había detrás de la propuesta de esta nueva banda. Había que buscar una nueva terminología, una que redifiniera la sensibilidad pop, pero en torno a una nueva forma de sentir lo peruano. "La palabra 'Chicha' la instituimos nosotros", advierte Moreyra, "cuando titulamos un disco 'Rica chicha'. Allí, en la contratapa, decía que el ritmo de los temas era 'chicha'". Pero, más allá de lo estrictamente rítmico, Moreyra tiene una idea clara de lo que la palabra significa. "Los grupos costeños, que fueron los pioneros de esta música, hablaban de la 'cumbia peruana', y yo pensaba que la palabra 'cumbia' se referería a un género musical colombiano. No me parecía justo tener que ir a tocar a Colombia y decir que mi música era la 'cumbia peruana', por eso decidimos usar un término diferente para identificarnos. Y qué mejor que el nombre de una bebida ancestral de nuestro país".

UNA NUEVA IDENTIDAD
Para Moreyra, la gran diferencia de los Shapis con los grupos que los precedieron tiene que ver con la identidad que la banda pretendía transmitir y contagiar a su público. "Muchos grupos de la llamada 'cumbia peruana', venían de provincia, pero querían romper el nexo con su lugar de origen. Los shapis, en cambio, proclamaban a los cuatro vientos el lugar del que venían, Chupaca, Juliaca, Ayacucho. Por eso, el migrante andino instalado en la capital nos escuchaba y se daba cuenta de que teníamos éxito sin necesidad de ocultar nuestro lugar origen. Por eso, para mí, el aporte más grande de los Shapis es haber invitado al migrante a proclamar con orgullo su identidad y tener fuerza para instalarse en Lima y salir adelante. Ahora puedes ver los resultados. Lima está llena de los colores y los sabores de esa sensibilidad.

Te imaginarás el orgullo que sentimos de haber ayudado al proceso de integración que actualmente vive nuestro país".

"Los shapis somos la representación del pueblo migrante que toma la capital, de la gente triunfadora", añade Chapulín. "Hay que dejar en claro que ser chichero no es sinónimo de delincuente o de vago, sino más bien de todo lo contrario, ser chichero es sinónimo de triunfador, de luchador y de emprendedor. Ese es el verdadero chichero".

Al ver a Chapulín y a Moreyra preparar con alegría sus instrumentos para partir a Estados Unidos, donde probablemtne serán ovacionados no solo por peruanos, sino por gente de distintas razas y nacionalidades, no nos queda duda de que la tarea emprendida hace más de 27 años sigue adelante. Que siga la música.

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