Por Richard Webb
Una de las paradojas de la vida son los santos que crean un monstruo. Tal fue el caso de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden religiosa de los dominicos, encargada de ejecutar la barbarie de la Inquisición. Ellos cumplieron su misión durante cinco siglos. Me pregunto si un caso más cercano es el docente Horacio Zeballos Gámez, fundador y primer secretario general del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación (Sutep). Por su obra y personalidad límpida, la adoración que hoy recibe del magisterio supera la que reciben muchos santos oficiales.
Nacido en Moquegua en 1943, Horacio fue dotado de carisma, oratoria y visión estratégica, talentos que aplicó en 1972 para liderar la unificación de varios sindicatos docentes para formar el sindicato único. Un año después fue encarcelado en El Sepa por el general Velasco, donde permaneció hasta 1979. Finalmente liberado, optó por la participación democrática, siendo elegido diputado en 1980. Sin embargo, la cárcel había agravado su diabetes y falleció en 1984.
Descubrí el Sutep en Ayacucho en 1978, donde hacía turismo con mis hijos cuando se daba una larga huelga de maestros. Al pasar por el local del sindicato, nos llamaron la atención los afiches y aceptamos la invitación para entrar y conversar. Conmovidos, mis hijos reunieron ropas que enviaron al comité de huelga. Poco después fui nombrado presidente del Banco Central y me tocó presidir un seminario para congresistas en Cieneguilla donde asistió el barbudo y afectuoso diputado Zeballos, aunque pasamos un susto cuando un pisco sour que ofrecimos como anfitriones le produjo una severa reacción diabética. Tomando el incidente con buen humor, Zeballos me invitó a debatir sobre la política económica con el senador Enrique Bernales en un local del sindicato, donde se vio obligado a protegerme del hostigamiento de los participantes. El año siguiente viajamos los dos a Moquegua para asistir a un seminario regional, donde me llevó a almorzar en su restaurante campestre favorito y conversamos largamente sobre la poesía, sus años mozos en Moquegua y la situación del país. Murió un año después, y fui el único funcionario público que asistió a su sepelio.
La frase más recordada de Zeballos dice: no traicionar es un mandamiento. Paradójicamente, su obra se encuentra signada por traiciones, aunque no suyas. Primero fue la promesa incumplida del Estado, causa directa de la justificada reacción sindical que lideró Zeballos en los años 70. El Estado indujo a una masiva incorporación al magisterio ofreciendo sueldos dignos, pero después procedió a reducir el sueldo a la mitad entre 1965 y 1970. Encima, prácticas estatales corruptas e ineficaces corroían el estimulo al mérito y a los valores, bases de una carrera digna. La desvalorización del sueldo y de la ética estatal se ahondó en los años siguientes, agravando el incumplimiento estatal. La segunda traición fue la del maestro hacia el alumno, cuando el maestro burlado tuvo que optar por defender su presupuesto familiar buscando trabajos complementarios, los que hacían imposible cumplir cabalmente con las obligaciones docentes, como son dictar con atención y energía, preparar clases, capacitarse y coordinar con los colegas. Finalmente, la tercera traición fue la del sindicato hacia el mismo maestro; los dirigentes priorizan objetivos políticos, y se deslizan desde el sindicalismo desinteresado hacia el aprovechamiento personal de sus cargos. Caridad Montes, ex secretaria general de Sutep, reconoció que: "sí, nos sentimos con una cuota de responsabilidad por la baja calidad de la educación".