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Contracorriente

Buscando un pequeño inca

IMAGINARIOS. El artista plástico y profesor Martín Moratillo ha logrado condensar ambas pasiones sin perder el pulso. Ahora las aplica en su debut literario, un cuento para niños ambientado en el Tahuantinsuyo. Tras un largo camino, se ha dado el lujo de escribir e ilustrar su propia obra

Por David Hidalgo Vega

Hasta hace poco tiempo, Martín Moratillo era conocido por sus grabados lacerantes. Eran imágenes oníricas de personajes dulces en situaciones o gestos patéticos. "Veo la sociedad como un gran circo y mis personajes son los actores, payasos, acróbatas, bailarinas, enfermos, moribundos y deformes que lo pueblan", escribió el artista a propósito de una muestra a fines de los años noventa. Tal registro de pesadilla sugiere una fe demolida, pero Moratillo, por el contrario, ha llevado una carrera en paralelo como profesor escolar de arte. El trabajo con niños y jóvenes ha mantenido activa en él una dimensión artística que ahora, años y recorridos después, lo empuja a la literatura. Acaba de publicar "El pequeño inca", un cuento escrito y dibujado por mano propia, acerca de un príncipe del Tahuantinsuyo y sus riesgosas aventuras. Allí se concentran varias líneas de su vida.

¿Por qué le interesó el grabado?
Bueno, yo hago grabado desde los 11 años. Aprendí con José Huerto Wong, en el Museo de Arte. Siempre me interesó el dibujo, pero no me inclinaba hacia la pintura, sino hacia lo gráfico. Cuando me entrevistaron para entrar a la Facultad de Arte me preguntaron para qué iba y yo dije: "Quiero ser ilustrador". Pero me dijeron que esa carrera no existía. Entonces busqué lo que más se parecía, que era diseño gráfico. Meses después me desanimé y decidí volver al grabado.

¿Tiene antecedentes artísticos en la familia?
No, lo único es que mis padres trabajan en una institución pública y siempre nos dejaban un millar de papel para entretenernos con mis hermanos haciendo dibujos. Luego aprendí en talleres.

¿Alguien lo inspiró?
Creo que Doré y sus grabados para el Quijote o los grabados de tauromaquia de Goya. Ese tipo de ilustraciones muy trabajadas me atraparon incluso antes de la universidad. Ya durante mis estudios descubrí a los mexicanos José Guadalupe Posada con sus calaveras y Leopoldo Méndez con cierta destreza y acidez política. Para mí el camino estaba claro desde hacía mucho y, de hecho, una de mis metas era ilustrar mi propio cuento.

¿Siempre quiso escribir?
Siempre lo tuve presente, aunque antes de esto solo escribí cosas para mis hijos, de 10 y 8 años.

Su carrera como profesor es una buena base.
Sí, yo enseñé en Lima durante diez años, hasta el 2003. Pero llegó un momento en que decidí desarrollar mis proyectos personales que el ritmo del colegio donde estaba no me permitía. Al año siguiente, postulo al Davy College, en Cajamarca, donde sigo. Ahora estoy llevando una maestría, tengo certificaciones y mejores condiciones. Es un colegio internacional en el que hay hijos de funcionarios extranjeros y nacionales. Hemos tenido filipinos, indonesios, canadienses, australianos, ingleses, estadounidenses y latinoamericanos. Hay mucha variedad. Lo que me interesa es desarrollar el dibujo, la pintura, además de la apreciación artística. Balanceo mi actividad de artista con la de profesor. Enseñar me apasiona tanto como el grabado. He logrado ese equilibrio. Es más, uno de mis proyectos es hacer un libro sobre educación artística.

Ahora, usted también ha tenido una importante experiencia fuera.
Sí. Yo postulé a una beca que era de artista y profesor invitado. Estuve en Pakistán en el 98. Era un país distinto al de ahora, fue antes del golpe de Estado de Musharraf. Recuerdo que había mucha migración afgana en Islamabad y fuerte presencia de los talibanes. Los guerrilleros caminaban libremente por la ciudad. Un día me encontré con un grupo de talibanes que estaban pidiendo colaboración económica a los transeúntes, con sus ametralladoras y fajas de municiones. Era como si ahora viéramos a gente de Sendero o del MRTA pidiendo colaboración en plena avenida Larco. Esa era la situación.

¿Corrió algún riesgo?
Hubo un asesinato de unos alumnos por la época en que llegué. Habían puesto una bomba. Pero luego ya no hubo mayor riesgo. Ahora, en lo artístico, el viaje me sirvió mucho. El mundo musulmán tiene una identidad muy sólida, muy marcada, y conocer eso me ayudó a valorar lo que tenemos acá, culturalmente hablando. Recuerdo que hice un grabado de un toro --elemento sagrado para la cultura hindú-- con una mezquita; mi idea fue vincularlo con los toritos de Pucará, que siempre van con una iglesia. Fue interesante.

Luego tuvo una experiencia similar en Londres. ¿Qué le dejó un ambiente tan distinto?
Me hizo reaccionar. Tuve la posibilidad de visitar muchas bibliotecas y veía el material que se hacía, sobre todo lo que publica la Universidad de Oxford, que apoya a sus cuentistas y narradores. Por ejemplo, hay un cuento que se llama "La bruja Winnie", de Korky Paul y Valerie Thomas, una suerte de cómic con narrativa infantil. Pero una narrativa muy rica a pesar de ser un tema tan trillado. Si ellos logran eso, ¿por qué nosotros no podemos tomar parte de nuestra cultura y recrear una historia? Esa es la idea de "El pequeño inca".

¿Cómo concibió la historia?
El proceso fue peculiar. Yo no manejo mucho el texto, lo mío son las imágenes. Entonces lo que hago es dibujar primero y luego escribir. No quería que la imagen fuera copia fiel del texto. Me interesaba contar algo y que la imagen mostrara otras cosas. Ambas dimensiones se complementan. Muchos piensan que las ilustraciones infantiles son caritas redonditas, dos puntitos y apenas tres dedos. Eso es subestimar a los chicos. Cuando el ser humano nace no se encuentra con una caricatura al frente, sino con una realidad completa: el rostro de la madre, un ambiente lleno de detalles. Está preparado para asimilar visualmente lo que tiene alrededor. Mi idea era ofrecer a los chicos un material rico en elementos, trabajado correctamente, muy cuidado académicamente, para que ellos pudieran tener otra lectura.

Con un mensaje constructivo.
Se trata de recuperar identidad. Muchas veces, cuando leemos un cuento para niños, sobre todo los cuentos ilustrados, no vemos los valores que representa. No nos preguntamos qué mensaje deja. El mensaje de esta historia es valorar nuestro pasado y, de paso, proteger la fauna.

¿Revisó algún ejemplo para encontrar la clave narrativa?
Lo que pasa es que yo les leo muchos cuentos a mis hijos. Ellos ya son lectores empedernidos. Por eso no tuve que partir de un personaje modelo, me sirvió haber leído cuentos para saber cómo empezar. Lo que sí hice fue un trabajo de investigación a través de libros de historia, tomé fotos de animales, de plantas. He estado en museos de Lima, Lambayeque, en los zoológicos de San Miguel y Huachipa. Revisé enciclopedias. Por eso en el libro hay animales que están en extinción: el mono aullador, el jaguar. El cuento también tiene un mensaje de conservación. Esa es mi parte de profesor.

Después de esta experiencia, ¿cómo se considera?
Un artista plástico que está empezando una nueva etapa solamente. Esta es una inquietud que siempre tuve y que se ha cumplido. Ya estoy trabajando en el segundo número. La idea es que sea una saga, siempre de temas peruanos, pero no temas acartonados, sin valor emocional. Lo que quiero es una aproximación mucho más fresca.

Habrá probado con sus hijos...
A veces, a manera de juego, les preguntaba qué podía hacer y ellos me decían una u otra cosa. De alguna manera iba tanteando qué cosas podían interesar a un chico. Y, por ejemplo, en el segundo cuento El Pequeño Inca ve a uno de sus soldados tocando un pututu, se pregunta qué es eso, de dónde viene, y se decide a conocer el océano. En el camino se va a encontrar con lobos de mar, cangrejos araña, pulpos, que están representados en las paredes de Chan Chan, en los ornamentos del Señor de Sipán. La idea es representar esos referentes de una manera que los chicos se sientan enganchados. El objetivo de un profesor de arte no es formar un Picasso. La idea es formar gente creativa. Porque la creatividad es una condición de liderazgo, una actitud, capacidad para afrontar problemas. Y para descubrirlos donde aparentemente no los hay.

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