Edición impresa

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook

Anticipo exclusivo de Chiquita

La novela ganadora del Premio Alfaguara 2008.

Un anticipo de Chiquita, la novela ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2008, que estará en vitrina a mediados de abril. Su autor: el escritor cubano Antonio Orlando Rodríguez

Donde Cándido Olazábal relata cómo conoció a Chiquita

Para empezar, déjame aclararte tres cosas.

La primera: que Chiquita era bastante fantasiosa. Si creías todo lo que te contaba, estabas frito. A ella le gustaba mezclar las verdades con las mentiras y sazonarlas con exageraciones.

Lo segundo que quería decirte es que, como buena Sagitario con ascendente en Capricornio, era muy obstinada. Incluso sabiendo que no tenía la razón en algo, le costaba dar su brazo a torcer. ¿Decir ella "me equivoqué"? Olvida eso. Además, era muy dominante. Si alguna vez fue una mansa paloma, cosa que dudo, la Chiquita que yo conocí tenía mucho carácter, era arrogante y estaba acostumbrada a mandar. Cuando alguien le llevaba la contraria, se volvía un basilisco. A lo mejor por dentro esa forma suya de ser la hacía sufrir, pero delante de mí nunca lo demostró.

Y lo tercero es que era putísima. Aunque en las fotos quedara con una carita que parecía incapaz de matar una mosca, era muy coqueta y siempre estaba tratando de seducir, de envolver a la gente con sus encantos. Ese era un juego que disfrutaba mucho. Quizás te cueste creerlo, pero ella tenía un qué sé yo que volvía locos a los hombres. Y a algunas mujeres también. Oyéndola hablar de sus amoríos llegué a la conclusión de que en este mundo hay más gente morbosa de la que uno se imagina.

En 1930 yo tenía veintitrés añitos y era capaz de escribir a máquina cincuenta palabras por minuto. Era delgado y bastante bien parecido, y aunque te extrañe tenía tremenda mata de pelo. Dos años atrás había llegado a Tampa para trabajar con un tío que vivía allí desde antes de que yo naciera. Mi madre le contó que en Matanzas estábamos comiéndonos un cable y le habló de mí; le dijo que era un muchacho con aspiraciones, que me había graduado de dactilógrafo y tenía facilidad para hacer rimas. La carta debió ser muy conmovedora, pues mi tío me pagó el pasaje para que fuera a darle una mano en su negocio, que resultó ser una fonda cerca de las tabaquerías de Ybor City.

Freía pescados mañana, tarde y noche pero cada vez que mi tío me daba la espalda, dejaba lo que estuviera haciendo y me ponía a escribir mis versos o a leer. En esa época tenía un cuaderno lleno de poesías hechas por mí. Espantosas, creo recordar, aunque quizás algún soneto no fuera tan malo. Conmigo trabajaba un negro de Bahamas que era una fiera descamando. Como nos pasábamos todo el día metidos en la cocina, yo le enseñaba a hablar español y él me enseñaba inglés. Cada vez que lo oía tratando de conversar con los clientes, que eran todos cubanos, pensaba: "Si mi inglés es como su español, qué jodido estoy".

Un día que se me achicharraron unos pargos por estar buscando una rima, mi tío me echó una bronca y me puso de patitas en la calle. Aquello me pareció una bendición. No había dejando a mi madre sola en Matanzas para pasarme el resto de mi vida en una fonducha. Yo quería ser alguien. Necesitaba prosperar. Además, ni enamorada tenía por culpa de la peste del pescado.

Hice el intento de trabajar como torcedor, pero los cigarros me salían jorobados y al segundo día me botaron. A mí me hubiera gustado ser lector de alguna tabaquería y que me pagaran por leer en voz alta Crimen y castigo o Los miserables, pero ni soñarlo, ese era un puesto muy codiciado. Entonces alguien me habló de un periódico en español que publicaban unos matanceros en Brooklyn y hacia allí me dirigí, como un perfecto cretino, con la ilusión de que, gracias a mi habilidad para escribir a máquina, me darían un empleo. Cuando llegué, me enteré de que el periódico lo habían cerrado hacía un año y de que conseguir trabajo de cualquier cosa en Nueva York era más difícil que sacarse el premio gordo de la lotería. Durante el tiempo que me había pasado friendo pescados, la economía de Estados Unidos se había ido a pique, y yo ajeno a todo.

En una pensión alquilé un cuarto compartido con dos italianos. ¡Cómo roncaban aquellos desgraciados! Por el día, deambulábamos de aquí para allá con los desempleados que pululaban por todos lados y comíamos la sopa que repartían gratis en la calle. La Gran Depresión le pusieron luego a esa época, pero cuando nosotros empezamos a vivirla ni nombre tenía. Cuando mis ahorritos se acabaron, tuve que irme a dormir al banco de un parque. Los italianos no tardaron en hacerme compañía.

Para protegernos del frío de la madrugada, estrujábamos papeles y nos los metíamos entre la ropa y la piel. Una noche los italianos trataron de robarme el cuaderno de poesías para arrancarle las hojas y calentarse con ellas. Tuve que entrarles a golpes y ese fue el fin de nuestra amistad. El otoño se estaba terminando y en cualquier momento empezaría el invierno. ¿Dónde diablos dormiría entonces? Hasta ese momento, me las había arreglado para sobrevivir sin robar, pero mi suerte no cambiaba, quizás tuviera que hacerlo. Entonces, como si Dios quisiera demostrarme que Él aprieta, pero no ahoga, sucedió algo inesperado. Estaba registrando un latón de basura en busca de periódicos viejos y, por qué no confesarlo, de algo a lo que se le pudiera hincar el diente, cuando vi un clasificado con el siguiente encabezamiento:

Typist Needed - Spanish and English
Se necesita dactilógrafo - Español e inglés

"Ese soy yo", dije, tratando de darme ánimos, y así fue como Chiquita, quien por entonces tendría sesenta años y vivía en Far Rockaway, entró en mi vida.

Pasé las de Caín para llegar a ese pueblito, que es un lugar de verano que queda en la península de Long Island, y después de dar más vueltas que un trompo encontré por fin la Empire Avenue, donde estaba la dirección que buscaba. Era una casa de dos pisos rodeada por una cerca: un bungalow de ladrillo y de madera, con un portal enorme, muchas ventanas de cristal y una chimenea.

Una negra muy prieta, caderona y seria me abrió la puerta y, cuando empecé a explicarle, en inglés, que estaba allí por el anuncio, me interrumpió diciendo: "A mí puede hablarme en cubano" y me miró de arriba abajo con disgusto. Aunque me había lavado la cara y me había peinado con esmero, mi ropa estaba sucia y me temo que apestaba.

Déjeme ver si la señora puede atenderlo -dijo, y me cerró la puerta en las narices. Al rato volvió a aparecer y, sin pronunciar palabra, me hizo pasar.

Perdóname la expresión, pero al ver a la dueña de la casa casi me caigo de culo. Nunca se me había ocurrido que pudiera existir una mujer de ese tamañito. No sé si fue culpa de los nervios o que tenía el estómago pegado al espinazo, lo cierto es que me dio una fatiga, trastabillé y tuve que sentarme en un sofá.

-Tráele un vaso de agua, Rústica -dijo Chiquita, pero lo que su sirvienta me puso delante fue un café con leche y un pan con mantequilla, porque se había dado cuenta de que estaba muerto de hambre.

Chiquita me preguntó si tenía referencias y tuve que decirle que no, pero aproveché para hablarle de mi afición por la literatura y de mis dotes de versificador.

Como no se me escapó que al mencionar que era de Matanzas las dos mujeres habían cruzado una mirada, les pregunté si conocían esa ciudad. "Algo", contestó Chiquita, sin entrar en detalles, y enseguida me explicó que tenía la intención de escribir un libro. Como a menudo amanecía con las manos hinchadas por la artritis, poder dictarle a un dactilógrafo le iba a facilitar mucho el trabajo. La persona que se quedara con el puesto debería vivir bajo su mismo techo; de hecho, el hospedaje, la alimentación y el lavado y el planchado de su ropa serían parte del pago por sus servicios.

-Si está interesado, puedo hacerle una prueba ahora mismo -dijo. Me sentaron delante de una Underwood último modelo y, sin dar tiempo para familiarizarme con ella, Chiquita comenzó a caminar a mi alrededor y a hilvanar una frase con otra con su vocecita, que por entonces era un poco áspera, como el graznido de un cuervo. No tengo la menor idea de lo que me dictó, solo recuerdo que, a pesar del tiempo que llevaba sin poner los dedos sobre una máquina de escribir, empecé a aporrear el teclado a gran velocidad, como si me estuviera jugando la vida. Y es que me la estaba jugando, ¿no? Cuando saqué el papel del rodillo, Chiquita lo estudió cuidadosamente.

 -Su ortografía es buena y no le falta velocidad -reconoció-. Pero, ¿qué tal es su inglés? -inquirió, pasando a hablarme en esa lengua. Me esmeré por no hacer quedar mal a mi maestro de idiomas, el cocinero de Bahamas, pero tenía tanto miedo de perder el empleo que el resultado debió ser patético. Al concluir, bajé la vista y esperé su veredicto. Pero el inglés no era un requisito fundamental o los aspirantes que habían acudido antes no habían dado la talla o a Chiquita le ablandó el hecho de que fuera de Matanzas. El caso es que después de tenerme en ascuas durante un minuto, exclamó que, si estaba de acuerdo con las condiciones, podíamos empezar a trabajar al día siguiente temprano. ¿Y cómo no iba a estar de acuerdo, con el montón de días que llevaba durmiendo en un parque?

EL ESCRITOR EN BREVE
Antonio Orlando Rodríguez nació en Cuba en 1956. Estudió periodismo en la Universidad de La Habana y actualmente radica en Estados Unidos. Entre sus libros figuran la novela Aprendices de brujo (2002), los conjuntos de cuentos Strip-tease (1985) y Querido Drácula (1989), así como la obra teatral El león y la domadora (1998). Del mismo modo, ha publicado numerosos libros para niños y varios ensayos dedicados al desarrollo de la literatura infantil y la enseñanza de la lectura.

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google
  • Facebook