Por Carlos Novoa
¿Qué tan seguro sería el mundo hoy si Estados Unidos no habría derrocado a la dictadura de Saddam Hussein?
El contexto de la lucha contra el terrorismo, luego de los atentados del 11 de setiembre del 2001 contra Washington y Nueva York, le dio las herramientas necesarias al entonces debilitado gobierno de George W. Bush para rediseñar su doctrina de seguridad. De esta manera, la consigna se convirtió en un "ataquemos a nuestros enemigos, antes de que nos ataquen" y Estados Unidos apuntó directamente hacia el régimen de Bagdad --al que ubicó junto con Irán y Corea del Norte en el llamado 'eje del mal'-- con el pretexto de que el mundo será un lugar más seguro sin Saddam Hussein y, además, se liberará al pueblo iraquí de una dictadura.
Washington pasó por alto una serie de elementos para lanzar el ataque a Iraq. El pretexto que justificó la invasión fue que el régimen de Bagdad cobijaba en algún lugar de su territorio armas de destrucción masiva, lo que después descartó el propio Senado estadounidense en un informe de su Comisión de Inteligencia.
Además, Estados Unidos soslayó el rechazo al ataque a Iraq que se produjo en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ante la oposición de Francia, Rusia y China.
El problema para los estrategas de Washington empezó en la lectura que se vislumbró, antes de la invasión, sobre el Iraq supuestamente liberado.
EE.UU., en su intento de democratizar el Medio Oriente, pretendió escrupulosamente aplicar conceptos que pueden funcionar en Occidente, pero que están fuera del lugar en el complejo ajedrez geopolítico, social, étnico y hasta económico que es el mundo árabe.
Al ocupar Iraq, Estados Unidos no tuvo en cuenta o tal vez no supo cómo lidiar con los desesperados anhelos de los kurdos (musulmanes sunitas, pero no árabes) y los chiitas (árabes y musulmanes pero no sunitas), quienes habían sufrido años de opresión durante la dictadura de Saddam Hussein.
De esta forma, cada grupo étnico lanzó por su lado su propia guerra de venganza ante los remanentes sunitas, otrora aliados de Saddam.
Lejos de aglutinar fuerzas y aprovechar la coyuntura política, los soldados estadounidenses pasaron en pocos meses de salvadores a ocupantes. Esto originó movimientos de insurgencia, alimentados por el odio visceral de Al Qaeda, muy activo en diferentes regiones de Iraq.
Y esa es la gran factura que hoy en día paga el gobierno de Bush, con una fuerte corriente de oposición interna, es decir dentro de EE.UU., a la guerra en Iraq. Las cifras lo dicen todo: 600 mil muertos en cinco años de guerra, de los que cuatro mil son soldados estadounidenses, sin contar los 400.000 millones de dólares que le ha significado hasta ahora el costo de la guerra a la administración Bush.
El sentimiento antibélico en EE.UU. se traduce en una fuerte caída de la popularidad de Bush. Según una encuesta de la firma Zogby, el presidente tiene una aceptación de solo 26%.
Bush, como no podía ser de otra manera, en un reciente discurso por el quinto aniversario, defendió la guerra en Iraq porque, según dice, es una lucha contra el terror.
El futuro de Iraq depende del resultado de las elecciones de noviembre en EE.UU. Si gana el republicano John McCain, lo más probable es que la política en Iraq siga tal cual. Si el triunfo se lo llevan los demócratas, sea Barack Obama o Hillary Clinton, tal vez exista algún atisbo de cambio. Mientras, solo queda seguir viendo el oscuro panorama iraquí.