Solo ha habido seis expediciones oficiales desde que se descubrió en 1999. El Gran Saposoa es el mayor y más oculto complejo arquitectónico chachapoya
Por Miguel Ángel Cárdenas M. Enviado especial
Camino a El Gran Saposoa uno encuentra dos singularidades incitantes que revelan y desvelan. La primera es de fondo, al llegar a la meta: Nunca se ha encontrado una ciudadela prehispánica en cuya capital sus muros de piedra en bajorrelieve le rindan un masivo culto arquitectónico, astronómico y ritual al símbolo de la cruz; asociado en nuestras mentes al cristianismo.
Este centro de élite de los chachapoyas llamado Cerro Las Cruces habría controlado la parte administrativa, política y religiosa --según los primeros estudios arqueológicos desde el año 2000--, en más de 400 edificaciones circulares, ubicadas en 8 hectáreas recubiertas por la maleza y la lluvia imperecedera.
En la ahora enmarañada plaza pública: en un extremo, se encuentran dos paredes contiguas con tres cruces en cada muro y en el lado opuesto, un torreón circular de tres metros de alto con los íconos de cruces altas, grandes y en serie, cumpliendo un fin aparentemente ceremonial.
En realidad, la desbordante mañana en que llegamos allí, todas las subidas rocosas y lodosas resbalaban hacia Las Cruces como a un corazón imantado. Llegar allí era sentir corrientes eléctricas en lugar de venas. (El Gran Saposoa en su totalidad se extiende a lo largo y alto de mil hectáreas, "lo que lo hace más grande que Machu Picchu", según datos del INC, pero poseído por el bosque en un 70%, por lo que nadie ha podido hacer mapas panorámicos totales en detalle).
Sin embargo, antes de hollar esta maravilla y su capital había una segunda particularidad, de forma, al partir: Para llegar al Gran Saposoa es todavía materialmente imposible hacerlo desde el propio distrito de Saposoa, porque en medio hay una selva indomable. Hace poco hubo una expedición que quiso hacerlo y llegó, pero se perdió por más de dos meses. Por tanto, hay que bordear el territorio en un hercúleo viaje de ocho horas en auto hacia Chachapoyas, luego tres horas para Leymebamba, y después continuar cuatro horas hasta Balsas, a un costado de Celendín, serpenteando luego una cabecera del río Marañón.
El borrascoso camino de ocho horas más a San Vicente y luego a Bolívar, el pueblo más extremo de la sierra de La Libertad, se hace menos huracanado leyendo las descripciones de Ciro Alegría en "La serpiente de oro": Por donde el Marañón rompe las cordilleras en un voluntarioso afán de avance, la sierra peruana tiene una bravura de puma acosado. Con ella en torno, no es cosa de estar al descuido. Desde Bolívar, comienza el camino --mitad a mula, mitad a pie-- por dos días y medio hasta el bosque de niebla en que se estaca el cerro Las Cruces, a 2.700 m.s.n.m. Y se cruzan los símbolos.
CAMINO DE FONDO
Era pasar de la puna más gélida al pómulo de selva boscosa. Como si el nombre llamara: el abra Dos Cruces marcaría la ascensión al nevado Cajamarquilla que estaba totalmente pelado y seco: solo tenía tres bloques de hielo extraviados. Pese a esto, atravesando su congelante garganta enhiesta a más de 5.000 m.s.n.m., cualquiera entendería por qué Túpac Yupanqui perdió cientos de guerreros incas cuando quiso conquistar a los 'chachas'; quienes, según Garcilaso de la Vega : estavan apercebidos para las armas y para morir en la defensa de su libertad; que el inca hiziese lo que quisiesse, que ellos no querian ser sus vassallos.
Las lagunas gemelas de Yonán, a 3.500 m.s.n.m., son la divisoria de aguas entre la cuenca del Huallaga (al este) y la del Marañón (oeste). Por aquí hay restos de caminos incas, que todavía no figuran en el Qhapaq Ñan. Una vez en el pajonal se llega a Inkapirca, un tambo inca que según el arqueólogo Luis Chuquipoma fue ocupado por el mismo Túpac Yupanqui. En plena jalca, tiene un cuarto con hornacinas que solo utilizaban las altas jerarquías incas, pero muchas de sus piedras han sido vulneradas: una casa y un potrero se han levantado con sus restos y hasta los bebederos de los animales han reutilizado sus piedras labradas. Era un anticipo de lo que vendría al día siguiente: restos de saqueos demenciales.
El viento es el límite: el aire se volvía más caliente al día siguiente. Era pasar por el ecotono: el límite entre la puna y la yunga o bosque montano. Por la margen derecha del río Huabayacu llegaríamos a Pampa Hermosa, un centro administrativo inca de construcciones rectangulares esparcidas, desde donde se habría concretado la conquista de El Gran Saposoa y donde hay un cementerio atroz de árboles depredados y terrazas inmensas, la mayoría destruida para que unas cinco familias le ganen pasto al ganado. En sus alturas hay una ciudadela todavía no explorada.
Continúa un descorazonador rastro de mausoleos saqueados en los farallones, donde la lluvia ha hecho caer al río cráneos y esqueletos tirados por los huaqueros. El INC, que carece de presupuesto para realizar estudios por sí mismo, menos tiene fondos para pagar guardabosques en una zona tan apartada y procelosa. (La situación se agrava por los petitorios mineros incontrolables pese al riesgo cultural y ecológico. Aunque la nueva directora del INC-San Martín, quizá por ser nieta del gran arqueólogo Augusto Cardich, por fin hace las gestiones para que le incluyan recursos en el presupuesto participativo de la alcaldía de Saposoa y con el gobierno regional que, gracias a la bióloga Karina Pinasco, organizó esta expedición. (¿Y el Estado?).
Desde esta planicie conviene avanzar en zigzag hasta una cabaña lejana, al anochecer. En la madrugada, los nubarrones y la neblina densa parecían sombras y sombreros. No en vano fue el territorio de los chachapoyas: palabra que viene de 'sacha puyos': los hombres de las nubes.
EL ENIGMA DE LAS CRUCES
El cansancio nos dejaba entre la espada y el paredón. Seguirían seis horas inflexibles con el lodo en los muslos hasta la cima de El Gran Saposoa. Sus linderos estaban marcados por paredones increíbles de 5 metros, con sinuosas pinturas rupestres. La selva sigue la espiral de la existencia: cuando más golpea, luego más consuela. Cuando nos quedamos sin agua, las huacanqui o las lágrimas de las rocas que los mitos atribuyen propiedades eróticas nos reanimaría el instinto de vida hasta coronar el centro ceremonial y la plaza de 30 por 40 metros cuadrados de Las Cruces. Desde allí, una hora más, tres torreones militares de 10 metros mostrarían la escondida monumentalidad chachapoya, ya más parecida a una fortaleza.
Ubicadas entre las coordenadas 6°59'15" y 77°36'28", en la confluencia de los ríos Huabayacu y Bravo, no se tienen estudios sobre la función de las cruces, confiesa el arqueólogo Cristhian Hidalgo. Aunque los 'chachas' utilizaban signos geométricos siempre: el zigzag, el rombo y las grecas. La cruz es uno de los símbolos más viejos de la humanidad y de muchas religiones. Las chachapoyas no son las cruces latinas del cristianismo (en las que el vertical es más grande que el horizontal), sino son análogas a las "cruces griegas": con los cuatro brazos en equitativa longitud. Si se revisan los libros, en la costa norte se hayan vestigios de cruces en la hacienda Monte Carmelo de la cultura Virú, con una antigüedad de 2.000 años. Y hay un motivo cruciforme en Chavín de Huántar. Pero es con los chachapoyas que se tiene una simbología manifiesta.
Existen tres indicios 'chachas', aunque no en la magnitud de El Gran Saposoa: 1. En los mausoleos de Révash, en Luya, Amazonas, existe una cruz estucada en un barranco inexpugnable entre símbolos funerarios en forma de "T".
2. En un muro de la iglesia de la Jalca, levantada sobre una vieja pared con cruces empastadas en arcilla colorada. Según Peter Lerche en su estudio "Los chachapoya y los símbolos de su historia" en el templo más antiguo en el departamento de Amazonas. La identidad del proto-símbolo cruz de ambos mundos ideológicos, de los chachapoya y de los europeos, explica, por qué los frailes permitían su aplicación en los muros de una iglesia cristiana. Federico Kauffman Doig agrega en su último libro: los religiosos transfirieron al cristianismo el simbolismo que detectaba el emblema cruciforme entre los chachapoya. El sector prehispánico en el que se conservaba por centurias el signo ha sido calcado en los años 80-90 al efectuarse obras de restauración de la antigua iglesia... la cruz al igual que la chacana podría ser uno de los símbolos de la Diosa Tierra.
3. Se encontraron emblemas de cruz en la Laguna de los Cóndores, donde se rescataron más de 200 momias. Había una vasija ceremonial con tres cruces repetidas (igual que en los muros de El Gran Saposoa), pero con la técnica de vidriado, desconocida en el antiguo Perú y que solo pudo ser asimilada en el período de la conquista. Kauffman conjetura: podrían indicar que la evangelización estaba en marcha; y que a través del uso de este emblema el difunto no agredía ni al cristianismo ni a las tradiciones de sus pasados ya que por ambas culturas, por igual, este emblema era reverenciado. Adriana Von Hagen publicó en un libro la foto de un crucifijo colonial (ya con la cruz latina) encontrado entre las momias y que es expresión de esta simbiosis religiosa.
Mirando las fotos de Las Cruces, el arquitecto Mario Osorio, experto en simbología prehispánica, aproxima una hipótesis: Todos los complejos arquitectónicos de la civilización andina cumplen la función de observatorios astronómicos, tanto solares y cósmicos... si las cruces se encuentran orientadas con un rango hacia el Este u Oeste, cumplen la función de relojes. De acuerdo a las sombras que proyectan en su interior y a la luz que ingresa, van generando figuras, las mismas que permiten determinar con exactitud las horas y fechas.
LA FAMA DE SAVOY
La lluvia nos impediría recorrer los lugares latentes. Mientras en todo el país se registraban huaicos e inundaciones, en la selva nosotros solo padecimos la inclemencia del camino. Sin embargo, saliendo de Las Cruces, como una prueba de trueno, se rebelaron los elementos.
La historia del descubrimiento de El Gran Saposoa está asociada a la imagen del ya fallecido Gene Savoy: inspirador de Indiana Jones en el cine y descubridor oficial --no el primero-- de El Gran Pajatén, El Gran Vilaya, la ciudadela de Vilcabamba y El Gran Saposoa; un mediático visionario que en una embarcación de caña, "La serpiente emplumada", salió en travesía para probar el contacto entre incas y aztecas. Él siempre ha tenido permisos del INC en la selva y ha estado acompañado de arqueólogos peruanos como Miguel Cornejo, de la Universidad de Trujillo. Lo que exige una investigación más honda es que si uno recorre los pueblos más alejados de Leymebamba, Chuquibamba, La Joya, Cochabamba, Uchumarca, etc.: poblaciones enteras lo han declarado persona no grata, acusándolo de ser el principal "diablo" saqueador de riquezas.
Para empezar, al igual que El Gran Pajatén (que antes de Savoy fue descubierto en 1963 por campesinos de la sierra de Pataz, quienes anhelaban nuevas tierras para la agricultura), El Gran Saposoa fue hallado por los Burgos. Esta es una familia de Bolívar, que hastiada de la pobreza, se internó buscando pastos para su ganado. Hilmer Burgos tiene hoy 30 años y recuerda cuando a los 17 la curiosidad lo hizo internarse y perderse entre torreones inmensos. Yo le avisé en Bolívar en 1999 a Vicente Durango, un ex policía que era el contacto con los gringos. Primero nos dio cámaras fotográficas a mí y a mis tíos Hernán y Hilmer, luego vino él primero y nos pagaba diez soles diarios por abrir trocha. Después vino Savoy con gente de La Morada y Bolívar, con 80 mulas y 50 peones, alpinistas y cámaras.
Gene publicitó el descubrimiento y emprendió viajes consecutivos hasta su muerte. Según su página web: su Andean Explorers Foundation invirtió 800 mil dólares en cinco años de viajes y prospecciones. Hace dos años las expediciones las ha dirigido su treintañero hijo Sean (quien regresa este agosto y tendría que dar una entrevista de descargos).
¿Profanadores? Lucio Burgos, su guía, recuerda: Cuando le preguntábamos por lo que ponían en las cajas nos decían que hacían estudios, no eran turistas, que lo darían a conocer al mundo. El viejito Savoy nos decía: 'cuiden sus ruinas, es por ustedes', él lloraba cuando encontraba saqueos. Y decía que venía para rejuvenecer, que en Estados Unidos dormía en oro y no lo necesitaba.
Esteban García, el arqueólogo del INC que supervisó el viaje de Sean Savoy en el 2005, también defiende al hijo: Al menos desde ese año no se llevó nada, antes no lo puedo corroborar. Él no tomaba ni un fragmento de cerámica. Fui yo quien pidió recogerlos para que no siguieran huaqueados. La causa del odio con ellos es que venían con la tecnología más alta que te puedas imaginar, GPS, equipos electrónicos y hasta con 70 cucharas solo para que coma su personal; y no se mezclaban con la gente, solo hablaban en inglés. Eso generó recelos... Hernán Burgos, otro de los guías-descubridores, precisa: Fueron los peones de Savoy de La Morada y Bolívar quienes aprendieron cómo se descolgaban los alpinistas que volvieron para saquear cuando él se fue, por más que los hemos denunciado...
LA ESPERA Y LA ESPERANZA
La dejadez con las profanaciones ha sido perniciosa. No existe ningún plan maestro en El Gran Saposoa y --a diferencia de El Gran Pajatén-- ni siquiera ha sido declarado Patrimonio Cultural de la Nación, pese a ser el complejo arqueológico más grande de una cultura superior, que efectuó una simbiosis cultural y arquitectónica sin precedentes con su agreste medio ambiente. Los estudios de los 'chachas' todavía están en las bases (no se enseñan mucho en los colegios, aunque destaquen los trabajos efectuados por Kauffman e Inge Schjellerup). Pero con el tiempo, quizá sean --analizando también el sincretismo con los incas-- la cultura más fascinante por su monumentalidad y cosmovisión social y religiosa. Las cruces son el plexo solar de lo que sería un corredor 'chacha', según arqueólogos y biólogos más acuciosos, que empezaría en el Parque Nacional del Río Abiseo con El Gran Pajatén, continuaría en el centro por El Gran Saposoa hasta llegar a Kuélap y de ahí más al norte, hasta La Joya (cuyos hallazgos ahí reportó este Diario el 2 de diciembre del 2007).
El anhelo de Savoy era encontrar la Gran Cajamarquilla --una de las siete ciudades perdidas de los 'chachas' según Garcilaso de la Vega-- y las primeras pruebas sustentan que El Gran Saposoa lo era. De regreso, el nevado Cajamarquilla ya no estaba seco. Por la granizada y la helada, lucía más portentoso que nunca. Y nos cruzaba de frío.