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En nuestras manos

Rincón del autor. El factor clave para esa transición es la competitividad. En un país pobre, todo la impide. Las habilidades y el capital humano se crean con el tiempo y la práctica

Por Richard Webb

Desarrollarte es aprender a hacer tu propio destino. Al infante todo le llega del cielo y en el país primitivo todo es avatar de la fortuna, sean los recursos naturales, el ciclo económico, la vecindad o un buen gobernante. Del azar nunca nos libramos, pero sí podemos aumentar la capacidad para decidir nuestra propia suerte. El niño prescinde de su coche y se independiza de las manos adultas. El país se independiza cuando aprende a producir con sus manos, sus habilidades, su imaginación y sus ahorros, agregando valor a lo que Dios le dio y construyendo una economía que no es esclava de los vaivenes de la naturaleza y los ciclos mundiales. Con esa idea, Basadre caracterizó la bonanza del guano como una "prosperidad falaz", mientras que otros proponían convertir el guano en fábricas. En Venezuela se hablaba sin parar de "sembrar el petróleo", pero fue en Sao Paulo donde se supo transformar su bonanza cafetera en un gran polo industrial. Así también, convirtiendo las rentas producidas por haciendas y minas en nuevas industrias lograron desarrollarse Estados Unidos, los países escandinavos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Argentina.

El factor clave para esa transición es la competitividad. En un país pobre, todo la impide. Las habilidades y el capital humano se crean con el tiempo y la práctica. Cómo bajar los costos, qué exactamente quieren los clientes y dónde están los mejores mercados se va aprendiendo poco a poco. El ser pobres nos hace tolerar las deficiencias de infraestructura y de servicios, pero estas se vuelven críticas cuando buscamos competir con otros países. También faltan organizaciones e instituciones, como los clústeres o agrupaciones de productores y las cadenas productivas que vinculen a productores con los proveedores de materiales y de servicios. Otro avance indispensable es la reforma de las ineficiencias y corruptelas del estado primitivo. Al final, la competitividad se logra no mediante un brinco sino trabajosamente, paso a paso y solo con el concurso de un amplio frente de sectores empresariales y del Estado.

Pero la odisea no acaba cuando se logra la habilidad productiva; la competitividad también depende de los precios que se consiguen. De poco sirve producir el doble si los precios se caen a la mitad, como puede ocurrir cuando se abarata mucho el tipo de cambio. No sorprende que los países más exitosos de las últimas décadas hayan sido los que elevaron su competitividad productiva pero además la protegieron contra un abaratamiento excesivo del tipo de cambio. Ha sido la historia de casi todas las estrellas del crecimiento del último medio siglo, Japón, en los años posguerra, luego Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Singapur y otros tigres asiáticos. Hoy, China e India se esfuerzan notoriamente para evitar el abaratamiento de la moneda extranjera. El profesor Rodrik de la Universidad de Harvard analizó la experiencia de 184 países desde el año 1950, y su conclusión es tajante: el abaratamiento de la moneda extranjera reduce el crecimiento de los países pobres.

Muchos afirman que el tipo de cambio es, simplemente, otro avatar del destino. El presidente García ha declarado que "sostener artificialmente el dólar sería un acto de demagogia". Sin embargo, esa 'demagogia' es exactamente lo que viene haciendo nuestro BCR, cuyas compras masivas de moneda extranjera moderan la caída del dólar. De la misma forma, China y otros países intervienen para protegerse de la inestabilidad cambiaria y del abaratamiento del dólar. En materia cambiaria, la intervención es la ortodoxia. La competitividad tiene dos manos, la productiva y la cambiaria; no dejemos que una borre lo que la otra ha construido.

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