Por José Quezada Macchiavello
La decisión del Gobierno Regional del Callao, en alianza con Romanza y Amigos Peruanos de la Ópera, plasmada en la producción del Primer Festival Internacional de Ópera Alejandro Granda del Callao, es digna de los mayores elogios, ya que además de los logros artísticos contribuye a descentralizar la difusión de la música en nuestro medio, donde, salvo excepciones, se concentra en pocos distritos limeños.
Tanto en el Callao como en el balneario de La Punta residía una extensa colonia italiana desde la segunda mitad del siglo XIX. Era época de efervescencia política en Italia, en plena gesta por la unidad nacional. Y al lado de Garibaldi o Cavour estaba la figura grandiosa de Giuseppe Verdi sentando a través de su arte las bases sentimentales de esa unidad ansiada por siglos por los italianos. Sus óperas se montaron en el Perú a pocos años de sus estrenos absolutos en Italia.
Si para quienes descendemos de italianos en aún cercanas generaciones la ópera es un ancla poderosa y sentimental con una tradición, me imagino que para los italianos emigrantes del siglo XIX las frases emotivas de la música de Verdi y sus textos exaltados que rememoraban a veces la patria perdida y distante tenían un poder singular de cohesión. Justamente las óperas de Verdi están siempre llenas de mensajes patrióticos. Recordemos por ejemplo cómo en "Rigoletto", que es precisamente del mismo año en que Garibaldi anduvo por el Perú, 1851, el bufón recuerda que lo que lo sustenta es la patria, la familia y el culto.
El festival es un merecido homenaje para Alejandro Granda, y es más interesante aun que involucre a un tenor que está siendo reconocido en el mundo y en su tierra, como es Juan Diego Flórez, a quien es un privilegio apreciar en la plenitud de su carrera en ascenso.
Justamente, el teatro municipal Alejandro Granda Relayza del Callao luce impecable en su presentación, posee un foso cómodo, un buen escenario y un aforo si bien no muy extenso bastante aceptable. Hay que mejorar la mezzanine, que tiene diseño de cine. Quizá retirar algo de alfombras, ya que en las primeras filas de esa zona se escucha muy velado el sonido. Por otro lado, el trajín de personas que llegan tarde a la mezzanine es detestable. En la platea la acústica es mucho mejor.
En este montaje inaugural del festival, Juan Diego Flórez estuvo cerca de la altura de su prestigio ostentando sus estupendas cualidades vocales, hermosa voz y técnica, así como su muy buena capacidad actoral. El rol del Duca di Mantova, sin embargo, no parece lo más adecuado para este notable tenor peruano, aunque esto no significa en absoluto que haya estado ausente el buen resultado y el nivel que Juan Diego Flórez ha evidenciado en todo el mundo. Pero Flórez no debería arriesgar en aquello donde no remonta las cimas insuperables a las que ha accedido con las óperas de Rossini o de los bel-cantistas anteriores a Verdi. Para qué tentar títulos donde aunque está bien, hay quienes están mejor. En "Rigoletto" la densidad orquestal en ciertos momentos, particularmente en los conjuntos como el dúo con la soprano en el primer acto, sobreexigen en potencia a nuestro tenor, al menos demandan un cuidado en el balance percibido por el director de orquesta. A partir del segundo acto estuvo más cómodo y empezó a dar lo mejor de sí.
El grandioso cuarteto del último acto fue quizás uno de los momentos mejor logrados. La voz de Flórez estuvo estupenda guiando ese conjunto que fue, por primera vez en la historia del teatro, un milagro en el arte escénico con cuatro textos, cuatro 'frenias' que fluyen simultáneamente en un contrapunto que las transparenta excepcionalmente.
El "Rigoletto" del barítono Roberto Frontali fue estupendo en todo orden: dúctil y poderoso, con la gama de colores y expresiones justas para este rol, que es insuperable por su dramatismo, y las transformaciones de carácter y sentimiento que Verdi logra en apenas unos pocos compases.
Estupenda la Gilda de la joven soprano Alessandra Marianelli, quien, no obstante su juventud, posee un extenso repertorio y se ha situado en una expectante posición en el ámbito internacional, en mérito a su excelente preparación y a sus brillantes dotes vocales y escénicas. El Sparafucile del también aún joven bajo Carlo Malinverno fue igualmente notable vocal y escénicamente. La mezzosoprano peruana Josefina Brivio ofreció una Maddalena convincente, concordante con el alto nivel de las primeras figuras. Todos los roles secundarios y primarios alcanzaron un nivel estándar, así como el coro preparado por Andrés Santa María.
La orquesta, dirigida por Michele Mariotti, estuvo precisa en lo referente a 'tempo' y oportunidad de entradas, aunque en ciertos pasajes se descontrolaba un poco en la dinámica y el balance y se descuidaron los finales de frase. La Regie de Máximo Gasparon, sobria, acertada en los colores y la iluminación en armonía con el escenario. Hay que destacar que el vestuario, muy bueno y suntuoso sin exageraciones, fue realizado en Lima.
Esta primera jornada operística en el Callao alcanza un alto nivel y, cuidando más detalles en el futuro, se puede situar el festival en un estándar internacional y remarcar el prestigio que tanto Alejandro Granda como el Callao y nuestra urbe en general merecen.