Por Eduardo Morón. Economista
Este domingo, el diario "El Peruano", fuente inagotable de sorpresas, trajo entre sus normas una que aprueba la transferencia de 16 millones y medio de soles al Programa Nacional de Asistencia Alimentaria (Pronaa) para la repartición de víveres por seis meses a 100 mil familias en extrema pobreza. Lo primero que pensé fue que no me había enterado de alguna emergencia o desgracia natural que había ocurrido el fin de semana. Preguntando, me comentaron que esta era la respuesta del Gobierno frente al alza de precios de los alimentos. Preguntando más, me dijeron que solo las familias limeñas en extrema pobreza iban a recibir esta ayuda. Preguntando aun más, no me pudieron decir de qué manera el Pronaa iba a encontrar a estos 100 mil beneficiarios. Preguntando más y más, nadie tenía idea por qué se había establecido que esta ayuda llegaría por 6 meses y no 2 meses o un año.
Después de tantos años de discutir la eficacia de los programas sociales, resulta increíble que este Gobierno --que dice estar en pleno proceso de mejorar la eficacia de los mismos-- sucumba ante la presión de la inflación de estos meses y responda de esta manera. Para nadie es una novedad que los más pobres entre los pobres de nuestro país no están precisamente en Lima. Es cierto que hay pobres extremos en Lima, pero ¿por qué los de otras partes del país no califican? ¿Dónde queda la equidad? Además, hay cientos de estudios que muestran los enormes problemas de focalización de los programas sociales ligados al Pronaa.
Comparto y entiendo la preocupación del Gobierno por el tema inflacionario, pero es absolutamente impensable que la inflación se desborde a dos dígitos o cosas por el estilo. Es cierto que hay bienes individuales que han tenido alzas de dos dígitos, pero eso no significa que ese sea el camino que va a tener el resto de bienes y servicios. Tal como lo hemos señalado en esta columna, los pobres son quienes gastan una mayor proporción de sus ingresos en alimentos, por lo que sufren el impacto de manera más fuerte. Sin embargo, el problema no tiene la magnitud que amerita la repartición de alimentos. Esta medida, lejos de calmar las expectativas, las exacerba, pues genera la sensación de caos y emergencia.
El Banco Central de Reserva mira con optimismo los meses siguientes, pues confía en que luego de que la inflación supere el 6% el próximo mes esta empiece a cambiar su tendencia. Durante los meses de mayo a julio, la inflación estuvo en 0,5% y, por lo tanto, el BCR apuesta a que la tendencia empiece a cambiar. Yo no soy tan optimista, pero no hay fundamento para pensar en una inflación desbocada en el 2008 o 2009. Los precios de los 'commodities' agrícolas ya han empezado a ceder.
En mi opinión, esta decisión de política económica no aplacará las críticas al Gobierno por el tema inflacionario. La gente que reciba las canastas criticará mientras las recibe porque estas no tienen más cosas, o por la calidad de los alimentos entregados. Cuando el festival de ayuda se acabe (si se acaba), criticarán que aún los precios están al alza y que el Gobierno los está condenando a la pobreza. Mientras todo esto ocurra, quienes no reciban este beneficio protestarán con justa razón porque ellos no han sido incluidos. Para complicar aun más las cosas, el periodismo se encargará de mostrar algún escándalo para coronar el despropósito. Bien dice el dicho, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.
*INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD DEL PACÍFICO