Por: Juan Paredes Castro |
Luis Gonzales Posada sueña todos los días con un Congreso decente.
Sin embargo, no hay día en que él no descienda a la terrible contemplación del infierno parlamentario, donde el clientelismo, la negligencia y la impunidad reinan a sus anchas.
Contra sus buenos deseos de cambiar las cosas, el presidente del Congreso se parece cada vez más al mitológico Sísifo, condenado a cargar una enorme piedra a la cima de una montaña, desde la cual volvía a caer y subir una y otra vez.
Así lo vemos a Gonzales Posada, subiendo y bajando, con sudores fríos y calientes, entre juntas de portavoces y compromisos de bancadas, entre coordinaciones de comisiones y acuerdos de mesa directiva, entre plenarios esperados y presiones del Ejecutivo. ¿Todo ello para qué? ¿Para seguir subiendo y bajando con el mismo peso de votaciones frustradas como la de la carrera judicial y de proyectos de reforma constitucional sometidos a intereses partidarios y caudillistas realmente incomprensibles y antipatrióticos?
El solo peso rocoso de la bancada aprista sobre sus espaldas hace de este Sísifo del siglo XXI un mártir del ejercicio parlamentario más improductivo y desvergonzado que hayamos conocido en los últimos tiempos, con todas sus honrosas excepciones, por supuesto.
Justamente ayer, en que el Perú tenía un motivo extraordinario que celebrar por la alta calificación obtenida como receptor y generador de inversiones, el Congreso, con votos de su plenario, montó su propia fiesta de irresponsabilidad, en dos escenarios:
De un lado, no le importó avalar las comisiones de delito penal del parlamentario fujimorista Ricardo Pando, salvándolo de los tribunales, como ya antes lo había hecho con la humalista Yaneth Cajahuanca; las mismas comisiones de delitos por las que fueron desaforadas la pepecista Elsa Canchaya, luego de una intensa resistencia parlamentaria, y también, aunque con gran presión de la prensa, la aprista Tula Benites. De otro lado, permitió que parlamentarios irresponsables abandonaran la votación de una ley orgánica tan importante como la de la carrera judicial, porque sus compromisos sociales y personales (en horas de trabajo) parecían tener mayor urgencia y prioridad.
A la cara de confianza económica que la calificación de inversión premia en el Perú, se opone con sus solas actitudes, la cara de desconfianza que proyecta hacia adentro y afuera el Congreso, pudiendo ello representar el peligro de hacernos perder a futuro lo que con muchísimo esfuerzo hemos conseguido hoy.