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LA MÚSICA EN PAÍS DE JAUJA

Ir y venir por dos orillas musicales

Por Antonio Muñoz Monge

A quince años de la primera edición de la novela País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez, considerada como la más importante de la última década del siglo pasado, deseamos recrear una de las lecturas, de las muchas que nos brinda el libro: el riquísimo panorama de la música del valle del Mantaro en particular, de la música andina en general y del encuentro con la cultura occidental.

Claudio el adolescente protagonista de la novela se encuentra entre dos mundos. " No es bueno entreverar la música clásica con la popular y la folclórica", le dice su profesora de música Mercedes Chavarri. Y a él no le gustó esta observación, recordando con cariño las palabras de su madre, "bajo la extraña quietud del ramaje, la noche en que por primera vez ella te llamó al piano, cuando tu tenías unos nueve o diez años (.) Lo nuestro es la música de los huaynos, de los yaravíes, de los pasacalles, pero hay otras formas de música que también pueden ser nuestras".

Cuando el ciudadano rumano Georgiu Radulescu después de escuchar a Claudio al piano varias composiciones europeas, le pidió que tocara algo andino, y él abordó los pasos de la jija. Luego le pidió que repitiera la parte final y dijo: "¡Vaya qué curioso!.¿ Sabes que la giga era un antiguo aire de danza inglés, que se incorporó luego a las suites barrocas?"

UN SOLO ABRAZO
Esa hermosa y sencilla correspondencia de la pluralidad cultural la encontramos en Jauja, que desde fines del siglo XIX y hasta postrimerías de la década delos años cincuenta del siglo pasado, fue un singular, pequeño y cosmopolita centro urbano en el corazón de los Andes, con una valiosísima riqueza musical, producto de un mestizaje bastante integrado. País de Jauja recoge esta riqueza musical en un universo compartido, como producto de la vertiente nativa y la occidental, en una suerte de feliz sincretismo.

En este tiempo Jauja recibió y hospedó a viajeros de muchas latitudes, que llegaban buscando curarse de la tuberculosis, gracias a su inmejorable clima y la bondad del medio ambiente. No olvidemos que la palabra Jauja, es sinónimo de "país maravilloso", significado que le viene desde la Colonia. Fue necesaria la construcción de un hospital especializado en la cura de este mal, así se levantó el Hospital Olavegoya. Pero los enfermos de todo el mundo no se enclaustraron dentro del hospital, sino hicieron vida social.

En esta remota ciudad andina, recordaron con nostalgia sus lejanos orígenes. Entonces para distraer y aligerar las penas, desempacaron sus cantos y bailes que bien pronto congeniaron con los nuestros.

Jauja venía viviendo este privilegio gracias al particular sistema socioeconómico de la región. Los Xauxas y Huancas al aliarse con los españoles para librarse de la dominación Inca - Quechua, exigieron respeto a sus comunidades. Fruto de esta alianza, es que no conocieron el sistema injusto de las "encomiendas" ni el de las haciendas, ni el gamonalismo despiadado como en otros pueblos andinos.

Jauja fue y sigue siendo de pequeños propietarios y de comunidades indígenas.

VIAJEROS DE TODAS PARTES
Por los años en que está ambientada la novela, infancia y adolescencia del autor, (Rivera Martínez nace en 1933), Jauja era visitada por numerosos intelectuales interesados en el conocimiento del Perú. El autor tiene especial cuidado en subrayar las visitas de los músicos y compositores, quienes muchas veces dejaban y desde luego recogían partituras de óperas, zarzuelas, huaynos, marineras, yaravíes, valses.

Gracias a este inquieto itinerario pasan por Jauja músicos como José Valle Riestra, limeño, autor de las óperas, Ollanta, Atahualpa. El huanuqueño Daniel Alomía Robles, autor de la mundialmente conocida melodía El cóndor pasa, Carlos Valderrama, trujillano de La Pampa y la Puna, el matrimonio francés de Raoul y Marguerite D'Harcourt, autores del valioso libro La música de los Incas y sus supervivencias.

Estos encuentros y visitas de importantes músicos y compositores, provocan desde luego veladas literario- musicales en algunas casas jaujinas, donde se escuchaba por igual a Beethoven, Mozart, Schubert, así como música de la una huaylijía, de la jija, la tunantada, la majtada, matizadas por las voces, quizás de una muliza, un huayno o un yaraví, que resultaban verdaderos himnos al recuerdo y a los viajeros peregrinos por los pueblos.

La Tunantada se baila cada 20 de enero, con pasos de minué, con sus jocosos huatrilas, el chonguino tunante, el jamile boliviano, el arriero tucumano, entre cuernos de plata de los príncipes, las libras de oro de las chupaquinas, sus llicllas de seda y terciopelo y orquestas típicas con saxos, arpas, violines y la prosa de las parejas en el tumbamonte con esa elegancia y señoría que más parece un baile de salón.

Personajes y ambientes con los cuales Rivera Martínez camina feliz su niñez y adolescencia, subrayando con su firma personalísima el recuerdo de este encuentro histórico: "Pensabas en ello, de modo intuitivo y quizás adivinabas que se repetirá muchas veces, a lo largo de tu vida, esa asimétrica dualidad de tu adolescencia, que en buena cuenta era la de tu situación familiar y social, y aun quizás la de tu destino. Dualidad comparable, desde otro punto de vista, a la de la música andina de la música europea, de los cantos de puna y las sonatas de Mozart. Y en ella se alternaban y entretejían la melodía pura y límpida, de la jovencita andina, flor de rocío y de la escarcha, y la otra, el deslumbrante desarrollo, de la hermosa enferma del sanatorio Olavegoya".

"O a esa particular conjunción, habla Abelardo, hermano mayor de Claudio, que en nuestra casa vivimos con amor a lo nuestro, lo andino, pero estamos abiertos también a lo que nos viene de otros países."

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