Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador*
Yo tenía dieciséis cuando vivías a tres cuadras de mi casa.
Fíjate que de esta cercanía me he venido a enterar hace poco. Porque, en la época en que ambos vivíamos en esa zona, tú y yo estábamos en otra. Al contrario de lo que me pasó a mí, tú ya sabías lo que serías de grande. Ibas a ser un artista, sí o sí. Ocurriera lo que ocurriera, aquella iba a ser la palabra destinada a ser puesta en esos formatos que te dan en migraciones y en esas solicitudes de préstamos en los bancos. Pocas personas saben de verdad cuánto te ha costado ser el artista que eres hoy. ¿Por qué me ha provocado escribir ahora sobre tu esfuerzo enorme? Porque antes de conocerte, yo también lo ignoraba. Solo me causaba inquietud el que fueras el símbolo nacional más curioso con que contamos: San Borja tiene muchísimas calles con nombres de compositores, pero podría apostar que ninguno de sus vecinos ha escuchado completamente una ópera en la que has participado. En el Perú, donde la mayoría de chicos ha crecido escuchando historias nacionales de derrota, tu carrera es uno de esos raros símbolos de campeonato posible, de territorio no perdido, de historia no repetida para una población que ha vivido resignada a conocer de mártires de gestos póstumos más que sobre héroes con laureles en vida. Sin embargo, Juan Diego, fue al conocerte cuando descubrí que más apasionante que las consecuencias sociales de tu carrera ha sido la forma en que la construiste. Quien piense que tu historia es la de esos niños genios predestinados a la grandeza, se equivoca. Las crónicas antiguas nos hablan de un pequeño Mozart que encandilaba a las cortes europeas, y las más recientes nos muestran a un Ronaldinho con dientes de leche asombrando a la Vía Láctea. La historia de tu carrera no tiene ese halo mágico, pero sí guarda uno épico. Tú fuiste alguna vez aquel chico que suele cantar bonito en los campamentos juveniles. Aquel mismo que canta trova cubana en los bares de Barranco mientras los parroquianos están más atentos a escuchar el último chisme de oficina que las notas que salen de su voz. Nada verdaderamente especial, la verdad. ¿Qué ocurrió entre aquellas presentaciones intrascendentes y el monstruo que, como resortes, hace saltar las ovaciones en los más grandes teatros líricos del mundo?
Debido a las horas que pasamos juntos en Nueva York --gracias a aquel encargo que me dio la UPC para el libro que cuenta tu vida-- más gente sabe ahora que, aún siendo un chiquillo en el colegio, asistías en las tardes a innumerables clases de guitarra, canto, y armonía que tenías que complementar con las de tus clases de la mañana. Que fuiste un funcionario público de la música a los 18 años con un sueldo que todos los peruanos, felizmente, pagamos en su momento. Que estuviste al borde de la tragedia --y también de la comedia-- cuando ibas en un auto a trabajar como cantante de bodas para ganar algo más de plata. Conocen cómo tu familia se deshizo de casi un miembro de la familia para que pudieras tentar suerte en algún conservatorio de Estados Unidos. Y saben cómo estando allá, entre anécdotas de inmigrantes, te labraste el camino a ese punto en el que no hay retorno: aquella función decisiva en la que, o la haces linda, o te arrepientes de por vida. Gracias por no haberte guardado nada de eso, Juan Diego. Gracias, también, por haber preparado aquella sopa orgánica mientras conversábamos. Por aquella cena donde Bryan Adams nos confesó que su famosa canción "El verano del 69" no tiene nada que ver con el año, sino con la pose. Por la maravillosa imagen que me regalaste de Julia y tú felices, enamorados como si estuvieran saliendo recién desde ayer. Y gracias, también, porque sé que por más que te haya puesto adjetivos superlativos en esta carta, encontrarás la forma de no subir a los aires hinchado de vanidad.