Por Gonzalo Galarza Cerf
--¡Cierra los codos, Berenice! ¡Estás parada como un pollo!
El grito del profesor Juan Carlos Valladares irrumpe en la Bombonera, atraviesa los cuerpos sudorosos que se mueven en círculos y golpea como un recto en la oreja de Berenice Villegas. Desde la entrada, Valladares da indicaciones y observa a sus pupilos: una veintena de jóvenes habituados a la exigencia del deporte de los puños y a sus alaridos. Berenice corrige su postura y sigue descargando furia contra el saco con su derecha. Su otra mano apenas acompaña las combinaciones de golpes: tiene un dedo dislocado.
Esta mañana, las palabras de Valladares son como un aliciente en la carrera de Berenice. Ella sabe que tiene que pulir la técnica y aprender a pegar. También sabe que lo principal en el boxeo es tener una buena postura de combate. "Lo bueno del profesor es que dice las cosas de frente. De lo contrario, uno no sabría cómo mejorar", dice Berenice. Ser boxeadora es aprender a recibir y a sobrellevar golpes y descargas verbales.
Los diez meses de entrenamiento que lleva han hecho que se sienta cómoda entre jóvenes apenas vestidos con pantalones cortos o con el dorso desnudo. Berenice recuerda la primera vez que llegó hasta la puerta once del Estadio Nacional: se sentía intimidada por la presencia de tantos chicos. Se matriculó en la academia y a los tres meses estaba corriendo con los boxeadores de la preselección nacional, haciendo abdominales y sparring. "La verdad nunca he tenido vergüenza de que me estén mirando o que se me suba el polo", confiesa.
Cuenta Berenice que la gente siempre le pregunta por qué le gusta un deporte tan rudo, que discrepan de ella cuando revela que es boxeadora. Otras veces, opta por mentir y solo dice que va al gimnasio. Decidir ser pugilista significó también enfrentarse con su madre, quien le increpaba por qué no jugaba vóley cada vez que llegaba lesionada. Probó con los mates, pero se aburrió. "Con el box, en cambio, no tengo ni un año, pero siento una pasión. No es que sea masculina, como a toda chica también me gusta maquillarme e ir a fiestas", aclara. Berenice sueña con pelear en un torneo internacional. Hasta el momento solo ha participado en exhibiciones donde el resultado siempre es empate. "Si hay una oportunidad de entrar al ring, entraré, me arriesgaré. Uno corre riesgos y hay que saber sobrellevarlos", dice. Ser boxeadora no es solo enfrentarse con el rival en el cuadrilátero, sino también con los prejuicios y el machismo de la sociedad.
SECRETARIA DE ACERO
Unos metros más allá, Liz Aróstegui está descargando ganchos contra Luiggi. Su mirada acerada contrasta con las flores de colores de sus medias.
--¿Tienes algún daño cerebral, te han golpeado los ojos? ¡No! Sigue pegando hasta que aprendas-- guapea el profesor Valladares a Luiggi.
En ese momento, Liz pierde la guardia y sonríe. Sus tres años como pugilista le permiten tomarse ciertas licencias al momento del sparring. Liz prefiere enfrentarse a sus compañeros: "Con ellos me puedo desarrollar mejor porque tienen técnica y potencia en el golpe". Ella extraña los entrenamientos con destacadas boxeadoras como María Mur, Ivonne Godos, Yelka Torres. Cuando empezó deseaba pelear con ellas para aprender. Con Yelka llegó a fajarse en exhibiciones, pero ella optó por dedicarse al kung fu. "Yelka es muy buena, hubiera llegado muy lejos si existiera apoyo en el boxeo femenino", se lamenta.
En la bombonera los nombres de esas boxeadoras aún no sucumben al olvido. Se mantienen vigentes en los recuerdos de los entrenadores y las pugilistas como Liz. Ella quiere seguir en el deporte de los puños: "A pesar de los golpes; porque he perdido, de la falta de apoyo, porque solo nos dan un vaso de quáker, quiero competir, traer trofeos para el país, ser conocida y tener apoyo". Calzarse los guantes le ha dado lo que no tuvo en su adolescencia: disciplina, amigos y un orden en su vida que --asegura-- la han llevado a acercarse a Dios.
Antes de llegar a la Bombonera, Liz era una joven rebelde, que huía de su casa por problemas familiares y tenía desórdenes alimenticios. Hoy, sueña con ser campeona nacional. Sin embargo, así como cuida su guardia, también protege su puesto de trabajo: es secretaria en una academia preuniversitaria. Por eso no pudo ir al Campeonato Panamericano celebrado el año pasado en Ecuador. Por eso, antes de irse, especula cómo hubiera quedado en ese certamen: "Quizá me hubiera ganado la de bronce, como Pamela".
LA CHICA DE BRONCE
Pamela Quispe habla con la misma intensidad con la que golpea un saco: "El deporte te eleva la autoestima, te da disciplina, te vuelve centrada, te equilibra", repite. Ser hiperactiva hizo que el psicólogo les recomendara a sus padres que la inscribieran en alguna academia deportiva. De pequeña hizo karate, fútbol y kickboxing. Fue precisamente una lesión en este arte marcial lo que la llevó al boxeo. Se fracturó la tibia y estuvo enyesada por tres meses, en cama. "Cuando estás acostumbrada a algo y te cortan eso, sientes un vacío. Me rehabilité y nunca desistí de seguir con el deporte", cuenta.
Mal de la pierna, pero con los brazos y puños fortalecidos, Pamela aceptó la invitación de Liz Aróstegui para entrenar en la Bombonera. Ambas se habían conocido haciendo kickboxing. Lo que siguió después se dio de forma tan acelerada como su voz. Está por cumplir dos años como pugilista, pero ya carga una medalla de bronce del Campeonato Panamericano. Esa competencia fue la vuelta de las mujeres al boxeo amateur después de una década de estar ausentes en los torneos internacionales.
Según Miguel Masías, jefe del comando técnico de la selección peruana de boxeo, ese viaje a Ecuador significó enfrentarse con algunos miembros del Instituto Peruano del Deporte (IPD). "Había un técnico que se oponía, decía que no tenían nivel, que les iban a sacar la cabeza", cuenta. "Pamela tiene mucho para dar. Llegó a los cuartos de final y no sé cómo la brasileña no se cayó cuando le metió un recto".
Al igual que Masías y las otras chicas de la Bombonera, Pamela también demanda competencias internacionales. Es como si estuvieran cansadas de golpear el saco, medirse en el ring entre ellas y escuchar de la falta de apoyo al boxeo femenino. Es como si estuvieran esperando que suene la campana, calzarse los guantes y demostrar lo que es ser una boxeadora de la Bombonera.