Por Robby Ralston. Publicista*
Se podría decir que soy feminista, aunque no me gusta el término por ser opuesto a machista: si uno piensa que el hombre es superior, pues apoyar lo opuesto sería como cambiar habas por babas.
Pero soy un admirador de las mujeres. Será porque me tocó en suerte una mamá de lujo. O porque me casé con una esposa que en muchos temas es mucho más hábil que yo. O porque me ha tocado trabajar con mujeres ante las que no queda otra que sacarse el sombrero.
Además, como chancletero ilustre, padre de dos hijas bellas, inteligentes y talentosas a las que creo capaces de lograr todo lo que se propongan en esta vida, no hay en mi cerebro un espacio para el machismo.
Me río de los chistes machistas, como me río de los chistes racistas, porque al final son eso: chistes. Pero me enerva cuando se habla en serio del tema. No sé qué hubiera sido de mí viviendo en las épocas en las que las mujeres eran tratadas como taradas. Afortunadamente, me tocó crecer en el final de la liberación.
Desde los años 60 a la fecha, el rol de la mujer ha cambiado dramáticamente. Lo he visto suceder y es admirable cómo sin desprenderse de sus roles de mujer, de mamá y de esposa, la mujer ha sido capaz de abordar simultáneamente su rol profesional.
Hoy, como segmento, las mujeres son responsables de la decisión de compra en la mayoría de categorías que se anuncian. Y si está pensando en detergentes y carteras, se quedó en el milenio pasado: desde gaseosas hasta electrónica, desde celulares hasta créditos hipotecarios, desde el colegio hasta el aceite que se le pone al carro, el rol decisor de la mujer sobrepasa su 50% natural en cada vez más categorías.
Entenderlo es crucial en la labor del marketero y el comunicador. Cuando trabajamos en campañas dirigidas a ellas, hablamos de la "multimujer" y tratamos de entenderlas en todas las facetas para ver en cuál (es) de ella (s) calza lo que le estamos ofreciendo. No es fácil: ¡quién pudiera ser Mel Gibson!
Me alegra que Alan García haya promulgado el decreto que obliga a los clubes y asociaciones a aceptar a las mujeres como socias. Creo que me alegra más que a algunas amigas que siendo socias del Regatas y sabiendo que la posición de su club era anacrónica y estúpida, preferían que se mantuviese el statu quo con tal de no tener que pagar su incorporación y sus cuotas. Ahora tendrán sus derechos, y también sus deberes.
Pero mientras el país avanzaba por un lado, en una cancha de fútbol un episodio me hacía recordar que el machismo de la más baja ralea sobrevive.
Pobre Leguizamón, digo yo.
Primero, por pensar de esa manera. Luego por no tener ni el talento ni la inteligencia de Beckham, que vive como un rey con base en la adoración de millones de fanáticas alrededor del mundo. Por último, porque en el planeta interconectado de hoy sus frases célebres lo perseguirán donde quiera que se vaya a vivir.