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DEL EDITOR

Algún día todos seremos tibetanos

Por Virginia Rosas

Difícil no politizar estos Juegos Olímpicos. Seamos sinceros, aunque no lo deseáramos, era lógico que la llama olímpica tuviera el accidentado recorrido que ha tenido hasta ahora. Y esto es solo el comienzo, porque todo indica que la inauguración de las Olimpiadas Beijing 2008 será boicoteada por un gran número de países. Por lo pronto, el primer ministro británico Gordon Brown ya anunció que no compartirá la tribuna con Hu Jintao el 8 de agosto próximo, Polonia lo dijo hace tiempo y la Unión Europea espera poder presionar tanto que el presidente chino se vea obligado a recibir al Dalai Lama antes de agosto.

Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional, tenía un aire un tanto ingenuo el miércoles pasado, cuando les recordó a los chinos que antes de la atribución de Beijing como sede olímpica, su país se comprometió a respetar sus compromisos en favor de los derechos humanos. Rogge citó de memoria la promesa que entre guiños y requiebros le hizo el dragón al COI: "Atribuirle los Juegos Olímpicos a China hará avanzar el tema social, especialmente los DD.HH.", habían dicho en aquella ocasión. Hoy el espíritu olímpico está en crisis, confesó afligido Rogge.

Recordando aquella promesa fue que el alcalde de París, Bertrand Delanoë, desplegó al paso de la llama olímpica una banderola que proclamaba el compromiso de la Ciudad Luz con los derechos humanos en el mundo entero. Las manifestaciones en París, Londres y San Francisco han convertido a la pobre antorcha, símbolo de la hermandad entre los pueblos, en un objeto que hay que transportar casi clandestinamente para evitar la furia popular.

Cuando los chinos pugnaron por convertirse en sede de las Olimpiadas, reclamaban un reconocimiento a los inmensos progresos hechos por su país en estos últimos años, pero sabían también que los ojos del mundo estarían puestos sobre ellos. Hubiera sido ingenuo que creyeran que la bonanza económica que ostentan podría cubrir los atentados a las libertades fundamentales que se cometen a diario en China.

Porque no se trata solo del Tíbet --territorio ocupado desde hace 50 años por China, que mantiene sojuzgados y en calidad de ciudadanos de segunda clase a sus 2, 5 millones de habitantes--, sino del desprecio absoluto por los DD.HH que demuestran y que se traduce en la represión absoluta que ejercen sobre sus ciudadanos, impedidos de informarse, expresarse y circular libremente so pena de cárcel.

El gobierno de Beijing contraataca ahora diciendo que en Xinjiang (territorio chino donde habitan los uygures, una etnia de religión musulmana) se preparan atentados mortales perpetrados por terroristas suicidas. Es posible, aunque más parezca un pretexto para desatar una represión aun mayor que la que vive el ciudadano corriente todos los días.

Recordemos que cuando empezaron las protestas en el Tíbet, hace un mes, el Gobierno decidió expulsar a los extranjeros, que fueron los únicos en dar testimonio de lo que allí pasaba, y cerrar simple y llanamente el territorio hasta nuevo aviso.

Si China creyó que sus progresos se medirían solo por su poder adquisitivo, se equivocó de palmo a palmo. Y nosotros también lo haríamos si nos adhiriéramos a esa teoría.

No solo es inmoral sino absurdo pretender que porque hacemos negocios con el dragón debemos cerrar los ojos ante su desprecio por los derechos humanos.

Porque cuando dentro de poco tiempo --gracias a su crecimiento económico acelerado-- los chinos tengan la hegemonía mundial y sean ellos quienes impongan las reglas de juego, todos seremos tratados como esos tibetanos que hoy nos parecen tan distantes y exóticos. Entonces ya será demasiado tarde.

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