Crónica EL OTRO LADO DE LA MONEDA Fernando Rodríguez Mondragón, hijo de uno de los capos del narcotráfico colombiano, cuenta a El Comercio cómo cambió su vida en los últimos años. Hoy solo quedan recuerdos
Por Susan Abad. Enviada especial
LA DORADA. La primera impresión es de desconcierto. El saludo es más cálido de lo esperado, pero la solitaria imagen y el deslucido Nissan modelo 2001 que conduce no corresponden al hijo del que fuera uno de los mayores narcotraficantes del mundo y, por ende, uno de los hombres más ricos del planeta.
A Fernando Rodríguez Mondragón, primogénito de Gilberto Rodríguez Orejuela, otrora jefe del poderoso cártel de Cali, parecen pesarle los 49 años. El cabello entrecano lo asemeja más a su padre, curiosamente el último hombre al que quisiera parecerse.
El Comercio ha llegado hasta él para conversar sobre su segundo libro, en el que afirma que Argentina pagó miles de dólares para que el Perú se dejara golear y allanara el camino que llevó a los gauchos a coronarse campeones mundiales de fútbol en 1978; pero nos encontramos con otra historia, la de 78 hijos, hermanos, primos, sobrinos y tíos que llevan a cuestas la maldición de descender de Gilberto o de Miguel Rodríguez Orejuela.
EL CÁRTEL DE CALI
La trama de un imperio del delito, que alcanzó la cima de la opulencia y cayó cual torre de naipes, se inicia en Cali, cuando un joven Gilberto que despuntaba los 18 años, mensajero de una farmacia, cansado de la pobreza, decide unirse a una banda de atracadores y secuestradores.
"Yo nací en el barrio Embarcadero, uno de los más pobres de Cali, y estudié primaria en un colegio público", cuenta Fernando Rodríguez con voz cansada y mirando el humo que se desprende del cigarrillo, único vicio que no ha podido dejar.
"El jefe de la banda era Chepe Santa Cruz, que ya en 1970 hacía envíos de droga a Estados Unidos. Mi padre entra a la organización y es el encargado de traer la pasta básica desde el Perú. Lo hace tan bien que Chepe lo manda a Estados Unidos para que le organice el recibo de la droga. Mi padre no solo le arregla la recepción de la droga, sino que le crea una completa red de distribución y se convierte en socio de Chepe. Por esas épocas mi tío Miguel, que trabajaba en una lavandería, se une al grupo", relata.
Por su inteligencia, su capacidad de organización y astucia, que le permitían predecir los pasos a seguir, Gilberto se gana el mote de 'El Ajedrecista'. En pocos años, los 30 o 50 kilos de droga que el naciente cártel de Cali, liderado por Gilberto y Miguel, enviaba a Estados Unidos se convirtieron en toneladas.
Corría 1978 y mientras Pablo Escobar compraba inmensas haciendas y animales exóticos -- para que sus hijos tuvieran su propio zoológico-- y organizaba bacanales con políticos, artistas y reinas de belleza, los Rodríguez, sin dejar de divertirse, invertían los millones de dólares del narcotráfico en crear empresas que algún día, según soñaban, serían manejadas por sus hijos y nietos, que esperaban estarían limpios y fuera del negocio inicial.
"Todos hemos estudiado y hemos hecho especialidades en el extranjero", dice Fernando, refiriéndose a sus hermanos y primos. Él estudió inglés en Londres, se recibió de Administrador de Negocios en Estados Unidos e hizo una especialización en Francia. Su hermano Humberto es ingeniero industrial con un posgrado en Stanford, su hermano Jaime también es ingeniero industrial con un máster en la Universidad de Columbia, María Alexandra es ingeniera de sistemas, su primo Juan Miguel es economista.
El negocio iba viento en popa. Según las autoridades de Estados Unidos, los Rodríguez Orejuela exportaron el 80% de la cocaína que se consumió en ese país entre 1982 y 1995 y lavaron millones de dólares por año.
Paralelamente, los otros negocios de los Rodríguez se multiplicaban. La cadena de farmacias Drogas la Rebaja, el negocio consentido de Gilberto, crecía hasta llegar a 432 locales de venta al público ubicados en toda Colombia. Dos bancos, dos laboratorios farmacéuticos, 150 empresas y una innumerable cantidad de inmuebles, no solo en Colombia sino en otros países, le aportaban más dinero a la incalculable fortuna de los hermanos.
"Yo mismo manejé en 1996, por cuatro meses en Lima, una fábrica de harina de pescado que se llamaba San Antonio. Pero cuando los organismos de seguridad de Estados Unidos están tras la pesquera me tengo que salir para Ecuador", recuerda.
"Mi padre y mi tío no eran de excentricidades como Pablo (Escobar), pero sí eran de tener 300 pares de zapatos, 50 blue jeans Versace, 30 carros en el parqueadero y, claro, inmensas casas con piscina. Yo por ahí todavía tengo un vestido (terno) de Ferre, que le costó a mi padre 30 mil dólares", cuenta Fernando evocando esas épocas de opulencia que contrastan con la modestia del apartamento de 60 metros cuadrados, en un barrio que se parece a Breña, donde habita hoy.
Como todo narcotraficante que se respete no podían faltar las fiestas en la vida de los Rodríguez. El Gran Combo de Puerto Rico, el grupo Niche, Albita Rodríguez, Vicente Fernández, Juan Gabriel, fueron algunos de los artistas que animaban sus celebraciones. "Para el matrimonio de mi hermano Jaime en 1992 estuvieron Oscar de León, Ricarena y el grupo Niche. Los invitados llegaron en aviones fletados y todos fueron hospedados en el Intercontinental de Cali", cuenta Fernando.
JAQUE MATE
Pero Estados Unidos y las autoridades colombianas los tienen en la mira y los acorralan. Fernando recuerda las épocas de persecución con una triste anécdota: "Mi hermana María Fernanda tuvo que casarse en un pueblito para que mi padre pudiera asistir. A los 20 minutos de ceremonia una llamada le advirtió la llegada de la policía y tuvo que irse. A la recepción llegaron unos helicópteros y la policía armada se descolgó por cuerdas apuntando a los invitados, que huyeron despavoridos".
En diciembre del 2004, Gilberto y Miguel, meses antes capturados y recluidos en una cárcel de máxima seguridad de Colombia, son extraditados a Estados Unidos. Negociantes hasta el final, los hermanos acuerdan con la justicia de ese país entregar 2.100 millones de dólares en efectivo, propiedades y activos, a cambio de que no se investigue al resto de la familia.
Recibieron 30 años de condena. Si sobreviven, Gilberto saldrá libre a los 97 años y Miguel a los 92. En la cárcel de La Florida, el mayor de los hermanos se ocupa de limpiar los baños mientras Miguel, en irónica retrospección, maneja la lavandería.
"Durante 30 años no vivimos como personas normales. Teníamos los mejores carros, las mejores casas, aviones privados. Hoy, con títulos académicos y hablando tres idiomas nadie nos da trabajo. Caro estamos pagando el apellido Rodríguez", asegura Fernando, con los ojos enrojecidos, no sé si por el humo del cigarrillo.
"Yo me rebelaba y lo desafiaba"
Fernando Rodríguez asegura que su padre fue siempre un hombre autoritario que no sabía ser un buen padre, que nunca tuvo un detalle cariñoso con sus hijos y que jamás admitió que lo contradijeran o desobedecieran.
"Mis hermanos Jaime, Humberto y Alexandra le temían. Yo me rebelaba y lo desafiaba".
"Un día --recuerda-- cuando tenia 15 años, le saqué 500 dólares de la caja fuerte y fui a gastármelos con amigos y mujeres. Alguien le contó a mi padre que me había visto derrochando el dinero. Al otro día llegó borracho, me puso un revólver en la cabeza, me pegó y me obligó a jurarle que nunca más le robaría. Yo tenía el pelo largo, como se usaba en esa época, y me llevó a 'calvear' (cortar el pelo) para que todo el mundo se burlara de mí. No contento con eso, me puso un vestido de mujer, me sacó amarrado a un carro y me paseó por la cuadra donde vivíamos".
"Otro fuerte enfrentamiento lo tuvimos cinco años después, cuando me casé en Estados Unidos. Mi padre se opuso a la boda y ordenó que nadie asistiera. Solo mi abuela lo desobedeció y me acompañó en el matrimonio".
"Años después, en 1986, cuando logramos traerlo a Colombia desde España, donde lo habían detenido y estuvo a punto de ser extraditado a Estados Unidos, le dije que debía retirarse. Se enojó terriblemente cuando le dije que hasta Al Capone había caído y que él no se salvaría de pagar sus fechorías".
"Pero el peor abandono lo sentí el 22 de noviembre del 2002, cuando la policía allanó el departamento de mi novia y me encontró con kilo y medio de heroína en las manos. Mi padre puso a todos sus abogados y colaboradores a indagar si mi captura era un montaje. Cuando le confirmaron que me habían cogido en un procedimiento legal, su orden fue contundente: déjenlo solo, que nadie lo ayude".